OPERACIONES PANZER – Las Memorias del Frente del Este del general Raus 1941-45 Ya a la venta

Erhard Raus fue uno de los generales de tropas blindadas y de grandes unidades más capaces de la Wehrmacht. Si Erich von Manstein es bien conocido por los conceptos de movilidad y defensa elástica, Raus debiera serlo por su concepto de «tácticas de defensa de zona».

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Heinz Guderian, siendo Jefe del Estado Mayor del Ejército, lo consideró «uno de nuestros mejores generales de blindados» y a menudo contó con Raus en las situaciones críticas. Ediciones Salamina [antigua Platea] sigue con su buen hacer, poniendo al alcance del público español documentos históricos de primera clase, como son estas memorias de campaña de Erhard Raus en el Frente Oriental. Raus era austríaco y había luchando en la I Guerra Mundial con el Ejercito Austrohúngaro. En 1941, a pesar de haber desempeñado hasta entonces funciones de estado mayor, le asignaron el mando de una brigada de la 6ª División Panzer. El buen ojo del austriaco para el terreno, su comprensión innata de la guerra de armas combinadas, y su instinto en la utilización de tácticas poco ortodoxas lo llevaron dirigir la 6ª División Panzer poco después de comenzada Barbarroja. Cuando en enero de 1942 la llegada del invierno, las largas líneas de aprovisionamiento y el marcado agotamiento de hombres y máquinas convirtieron a la 6 División Panzer en poco más que una sombra a las afueras de Moscú, el coronel general Walther Model (recién nombrado comandante del Noveno Ejército) mostró una notable clarividencia al ceder el control de toda su área de retaguardia y líneas de suministros al cuartel general de Raus.

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Historias de Stalingrado – El cabo Arthur Krüger, del 120 Regimiento de Infantería motorizada (I)

Este es el resumen del crudo testimonio de Arthur Krüger, un soldado del 120 Regimiento de Infantería motorizada (60 División de Infantería) que logró sobrevivir milagrosamente  al cerco de Stalingrado, recopilado en el libro de testimonios de Reinhold Busch Supervivientes de Stalingrado.

Nuestras compañías solo tenían entre treinta y cincuenta hombres. Nuestra línea de frente presentaba huecos; estábamos esperando refuerzos. Nos aproximamos a los rusos tanto como nos fue posible, a menudo a una distancia de 100 metros, para evitar los órganos de Stalin, que eran efectivos en un radio de impacto de 250 metros. Si nos disparaban tocarían a su propia gente.

Además, disponían de buenos francotiradores. Andar por ahí de día era suicida. Por la noche cavábamos como locos para ampliar nuestras trincheras. La tierra se sacaba con lona y se esparcía detrás de nuestra posición. La munición y las raciones nos llegaban de la retaguardia. También recibíamos algún reemplazo de vez en cuando, conductores y gente de las unidades de servicios de retaguardia, la mayoría sin experiencia y pobremente adiestrados.

Debido a la escasez de infantería, cubrí un hueco de la línea del frente con mi grupo de diez hombres de morteros pesados. Delante de nosotros había un campo de minas y luego los rusos. Tenía en mi grupo cuatro cabos, veteranos con los que había luchado durante desde hacía bastante tiempo. Calibramos los morteros con precisión y podíamos hacer blanco sobre los enemigos detectados dentro de la distancia de tiro.

A nuestra izquierda estaba el puesto de mando de la 5 Compañía. A la derecha se desplegaba un grupo de ametralladoras pesadas. La compañía de fusileros tenía escasez de hombres debido a los que los hombres estaban recibiendo disparos en la cabeza. Tenían fusiles con miras telescópicas pero no estaban entrenados. Le ordené a uno que me pasara el rifle y maté al francotirador.

Algunos hombres volvieron de la convalecencia del hospital militar. Llegaron hasta nuestra posición con los de intendencia. Mentalmente debían estar todavía en Alemania y no prestaron atención a nuestros gritos de “¡cuidado, francotiradores, agachad la cabeza!”. Fue demasiado tarde. Nos volvimos supersticiosos: quien se iba con permiso de convalecencia moría.

No tuvimos que preocuparnos más por eso porque a partir de ese momento ya no hubo más permisos. Los rusos probaron la fortaleza de nuestras defensas mediante pequeños ataques. Generalmente acabábamos barriéndolos. Luego oíamos los débiles gritos de los moribundos pidiendo ayuda. Tres desertores llegaron hasta nuestras posiciones. Les pregunté: “¿por qué no ayudáis a vuestros heridos!”. Ellos me replicaron: “Solo atienden a los que pueden seguir luchando. Los que regresan son atendidos, los que no mueren donde están”.

A lo lejos detrás de las líneas rusas oíamos el sonido de las orugas de los carros de combate cada noche. Sospechamos que se estaba cociendo algo. Entonces nos enteramos: los rusos habían roto el frente en el sector rumano, y la línea italiana se estaba tambaleando. Habían llegado al Don en Kalach, y estábamos rodeados. Al principio no nos preocupó demasiado. Había ocurrido a menudo en nuestra división antes pero siempre habíamos logrado salir del cerco. Creo que sin este pensamiento de esperanza, sin esa fe, la batalla hasta las últimas consecuencias en Stalingrado no hubiera sido posible.

Entonces comenzaron a escasear las raciones y las municiones. Estábamos débiles y agotados. El gran esfuerzo y el inhumano estilo de vida nos hizo parecer ancianos. Hasta el 27 de noviembre no fuimos oficialmente informados del cerco a través de una orden de la división. Comenzaban entonces los días amargos.

El prometido socorro nunca llegó y fuimos abandonados a nuestra suerte. Teníamos una cólera contenida; nos sentíamos traicionados y vendidos. Nuestros enemigos nos prometían la muerte y la destrucción. Los altavoces rusos decían: “Perros, ¿queréis vivir para siempre?” y cosas por el estilo. Si no hubieran cumplido con lo que prometían muchos de nosotros en esa desesperada situación hubiera preferido el cautiverio y no una muerte heroica.

Los jóvenes de veinte años morían de agotamiento, y el tifus y los piojos se instalaron en nosotros. Solo los heridos tenían todavía una posibilidad de escapar de este infierno. Solo se deseaba una muerte sin dolor. Algunos se provocaban heridas con la esperanza de ser evacuados como heridos, otros saltaban de sus posiciones y se exponían hasta que eran segados por los francotiradores. Solo los que poseían nervios de acero podrían sobrevivir. Algunos desertaron por pánico, hambre o mera desesperación. Quizá pensaban que podrían escapar de la bolsa de esta forma. Pero eran prendidos y ejecutados, o puestos a despejar campos de minas en una compañía de castigo.

Por Dios, ya no pensábamos en la victoria y nos conformábamos con sobrevivir. Hasta ahora había sido posible que el que lo necesitara podía retirarse con las cocinas de campaña, dormir toda una noche y asearse de la acumulación se suciedad de una semana de lucha. En el frío el mal olor no era tan malo aunque persistía la sensación estar como un cerdo en la cochiquera. Cambiarse de ropa interior y escribir tranquilamente una carta a casa eran actividades de gran importancia, que al menos nos hacían parecer un poco más civilizados. Luego por la tarde volvíamos con las cocinas de campaña y traíamos las últimas noticias.

Ahora totalmente sucios y hacinados vivíamos como ratas en nuestros agujeros, peor que la gente en la Edad de Piedra. Nuestra principal ocupación era intentar aplastar al piojo más grande. Tras aplastar a cien en la manga de mi casaca dejé de contarlos. Una tarde, cuando nos traían las raciones un par de rusos entraron en la trinchera y se comieron el contenido de una cazuela, se cagaron en ella y luego se fueron a sus líneas. Aparte de robar comida no hubo bajas; también esto era la guerra.

Obviamente en los puestos de mando había búnkeres con calefacción, agua y letrinas. Si no estuviéramos bajo el fuego de la artillería uno podría estirar un poco las piernas por aquella zona. Los hombres de las unidades de servicios lo pasaban mejor. Sufrían menos hambre, lo que podría explicar que hubiera más de ellos entre los que contaron la historia de Stalingrado.

Una noche un T-34 penetró en nuestras líneas y se detuvo. Nuestro sargento Wiartalla hizo salir a la tripulación con humo y los capturó. Con sus hombres, antiguos conductores de panzer, se dirigió a las posiciones rusas y destruyó tres carros de combate antes de volver al puesto de mando del batallón. Por este acto de heroísmo se le concedió la Cruz de Caballero. No se volvió a repetir.

Creo que fue a últimas horas de la tarde del 30 de noviembre cuando oímos orugas de blindados. Conté 10 T-34 dirigiéndose hacia nosotros. Atravesaron nuestras trincheras y entonces nuestros cañones contracarro les dispararon en la parte trasera. Un batallón de infantería les seguía a alguna distancia, tratando de romper nuestro frente. Les dejamos que se acercaran hasta distancia de tiro de fusil y luego desatamos el infierno. El ataque se desmoronó ante nuestro fuego cruzado: nuestros panzer atacaron con infantería y eso nos provocó bajas.

Continuará el próximo día en la 2ª parte de esta entrada….

Sigue en Historias de Stalingrado – El cabo Arthur Krüger, del 120 Regimiento de Infantería motorizada (II)

Kilroy estuvo aquí – Uno de los iconos de la Segunda Guerra Mundial

Hoy hablaremos de un fenómeno de la cultura pop que prodigó por todos los frentes de la segunda guerra mundial.

En mitad del horror de la guerra, de su tedio y de sus mortíferos combates, hubo un misterioso nombre que siempre parecía preceder a las fuerzas aliadas: Kilroy. Muros derribados, cajas de municiones, señales de tráfico, casi cualquier objeto que se cruzara con los soldados norteamericanos en el mundo entero ya incluía una marca: «Kilroy estuvo aquí».

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Medalla de Honor – Russell E Dunham

Dunham participó en las campañas del Norte de África (1942), Sicilia (1943), y Francia (1944-45) en las que fue condecorado con la Medalla de Honor del Congreso, la Estrella de Plata, la Estrella de Bronce, la Cruz de Guerra (Croix de Guerre), el Corazón Púrpura y el pasador de infantería de combate.

Russell E. Dunham nació en East Carondelet, Illinois, el 23 de febrero de 1920. Siendo un adolescente se mudó a San Luis a vivir con su hermano Ralph, donde los dos vendían sopa y tamales para sobrevivir en una región afectada todavía por la Gran Depresión. Se alistó en el ejército en 1941 y fue destinado a la I Compañía del 30º Regimiento de Infantería de la 3ª División de Infantería.

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El Corsario Alemán Stier y el Buque Liberty Stephen Hopkins

Esta es la historia de dos barcos, enfrentados a quemarropa en aguas del Atlántico sur frente a las costas de Brasil. Un corsario alemán y un buque Liberty norteamericano.

Corsario Stier

Empezamos esta historia con la conversión de un buque mercante de 4.500 toneladas llamado Cairo, botado en los astilleros alemanes de Kiel y perteneciente a la naviera Atlas-Levant, en un corsario en la primavera de 1941. Su nuevo capitán, Horst Gerlach lo rebautizó como Stier, esto es, «toro», un guiño al horóscopo de su mujer Hildegard, que era Tauro. Los trabajos de conversión se alargaron casi un año hasta mayo de 1942, dotando al Stier con seis cañones de 150mm, dos piezas de 37mm y cuatro de 20mm, además de dos tubos lanzatorpedos, todo ello convenientemente ocultado entre la superestructura. El buque tenía 135 metros de eslora, 19 de manga y 7 de calado, y alcanzaba una velocidad de 14,5 nudos.

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SKY MEN – Historia de las Tropas Aerotransportadas

Ediciones Salamina acaba de publicar SKY MEN, una historia de los paracaidistas y tropas aerotransportadas desde su creación hasta las últimas operaciones en Afganistán, pasando por la Segunda Guerra Mundial, Indochina, Suez, Vietnam, Argelia, África y el Ulster entre otros.

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Magnífico trabajo de Robert Kershaw, ex oficial paracaidista británico y autor de la historia humana de los carros de combate TANK MEN o de Nunca Nieva en Septiembre, la historia de la Operación Market Garden desde el punto de vista alemán. La traducción de la edición castellana ha sido realizada por el Grupo de Estudios de Historia Militar. Fragmento del nacimiento de las tropas aerotransportadas norteamericanas:

Los índices de fracaso y abandono se mostraron tan implacables como los de la experiencia británica, reflejando los mismos estándares físicos y resistencia mental requeridos. “Descartaron a tantos”, recordaba Paul “Buck” Rogers del 506 PIR. “Estaban allí un día y ya no estaban al siguiente”. Durante 1942 se necesitaron 500 oficiales voluntarios para que 148 lograran superar la instrucción paracaidista, y 5,300 voluntarios para alcanzar los 1,800 soldados aerotransportados destinados a su regimiento. El 2nd Battalion hizo una marcha épica de 190 kilómetros con todo el equipo en 75 horas, abandonando solo 12 hombres de los 586.

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Jarkov 1943 – Los Héroes de Taranovka

Hoy veremos un hecho de extraordinario valor llevado a cabo por soldados soviéticos en el transcurso del famoso «golpe de revés» de von Manstein durante la tercera batalla de Jarkov, la sonada victoria alemana tras el enorme desastre de Stalingrado.

Los combates por la estación de ferrocarril de Taranovka se convirtieron en uno de los enfrentamientos más famosos de la Gran Guerra Patriótica. Todo comenzó el 2 de marzo de 1943, cuando los alemanes llevaron a cabo un resuelto ataque para capturar la villa de Taranovka y su estación de ferrocarril, situadas a unos 10 kilómetros al sur de la ciudad de Jarkov, en Ucrania.

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