Martínez fue el primero de los 13 Hispanos que obtuvieron la Medalla de Honor del Congreso durante la Segunda Guerra Mundial y el único soldado norteamericano en obtener esta distinción luchando en suelo estadounidense.
Nació en Taos, Nuevo Méjico el 27 de julio de 1920 en el seno de una familia de inmigrantes mejicanos con ocho hermanos. En 1927 la familia de José Pantillion Martínez se mudó a Ault, en el estado de Colorado. Fue llamado a filas en agosto de 1942 y enviado a Camp Roberts en California para realizar la instrucción.
No cabe duda que Sobel no había sido el capitán ideal para la compañía Easy, sin embargo, bajo su mando había sido la mejor del batallón, lo que nos lleva a pensar que sin duda tenía cualidades, al menos a la hora de formar a los hombres si no a la de dirigirlos en los ejercicios. Dicho esto, cabe una última razón para explicar la caída del oficial, y su traslado hacia otros horizontes: que no fuera capaz de entrar a formar parte de la “hermandad de sangre” que estaban formando, poco a poco, los paracaidistas, hombres que, como sucedía en todas las demás formaciones de todos los demás ejércitos de cualquier contienda, en realidad y llegados al punto más básico, luchaban por sus compañeros.
Winston Churchill visita a los hombres de la compañía Easy
En todo caso, el invierno de 1943-44 fue testigo de dos acontecimientos fundamentales: la llegada de nuevos oficiales a la unidad y el inicio de un nuevo programa de entrenamiento.
Les llamaban carreteras y como tales venían reflejadas en los mapas alemanes de operaciones de Barbarroja en 1941. La sorpresa fue mayúscula.
Durante el verano las densas nubes de polvo, sumadas a la precariedad logística alemana, sobre todo de lubricante, dispararon las tasas de averías de vehículos alemanes. Con las primeras lluvias a comienzos de septiembre, aquellos caminos se convirtieron en lodazales inmensos e intransitables. Su efecto fue devastador para la blitzkrieg alemana. Era la Rasputitsa o la estación del barro, de la que hacemos un album fotográfico para nuestra sección de imágenes.
En medio del verde de la campiña inglesa, y tras haber superado las prefabricadas incomodidades de Toccoa, Benning, Mackall o Bragg, los paracaidistas de la 101.ª aerotransportada pensaron que, aquel 16 de septiembre de1944, habían llegado al paraíso. Sin embargo Aldbourne, en el condado inglés de Wiltshire, no era tal, sino una sociedad organizada y con costumbres propias que los “primos” llegados de allende el Atlántico no iban a tardar en quebrantar.
Aldbourne
Los paracaidistas eran tipos duros, turbulentos, amigos del conflicto y de las peleas, que bebían con escasa moderación y no tardaron en causar daños importantes, materiales y físicos, cada vez que salían de permiso. Y esto no fue lo peor. Según historiadores como Mark Bando, sus relaciones con el sexo femenino, ya fueran prostitutas o jóvenes de buena familia, iban a tener como consecuencia un importante aumento de las enfermedades venéreas y de las acusaciones por violación de las buenas costumbres, si no directamente por agresión sexual, a secas.
En pasadas entradas iniciamos el relato de la operación japonesa con tres mini submarinos en el puerto de Sidney. Uno había sido destruido y el otro estaba desaparecido.
Recuperación del Ha 21 del fondo de la bahía
Todavía quedaba un mini submarino en el interior del puerto de Sidney, el Ha 21 del teniente Keiyus. Fue detectado en su trayecto de entrada al puerto a eso de las 22:50 horas, antes de llegar al cable magnético, por el bote de patrulla desarmado Lauriana y el buque anti submarino Yandra.
El campamento Mackall, en Carolina del Norte, era un lugar enorme, una base militar de 25 000 hectáreas de superficie construida en apenas cuatro meses para acoger a una ingente cantidad de tropas. Inaugurado a finales de febrero de 1943, el campamento no tarda en acoger, entre sus primeros residentes permanentes, una delegación proveniente del Cuartel General de las tropas aerotransportadas (situado en Fort Benning, Georgia), encargada de instalar un centro de mando e instrucción.
Compañía A, 2.º Batallón, 506.º Regimiento paracaidista, fotografiados en camp Mackall.
Los paracaidistas de nuestro batallón, el segundo del 506.º Regimiento, cuyas aventuras hemos podido seguir en Camp Toccoa primero y en Fort Benning después, van a estar en este lugar durante cuatro meses, de abril a julio de 1943. En esta fase el entrenamiento se intensifica de nuevo, y a la vez se hace más específico. Una de las “pruebas” más habituales será llevar a los hombres para que efectúen un salto con el equipo completo, en condiciones de combate, tras el cual siguen tres días de maniobras que simulan una acción tras las líneas enemigas, lo que será su misión cuando partan a la guerra. Además de esto, los hombres serán sometidos a nuevas pruebas físicas, cada vez más duras, para atestiguar su capacidad y sus competencias. Aunque las fuentes parecen indicar que la unidad pasó por estos test con magníficos resultados, es imposible pensar que lo consiguieron todos, y no cabe duda que más de un soldado acabó por marcharse de vuelta a su unidad de origen.
Son las 16.20 del 26 de diciembre, hace 72 años de aquel invierno en que los defensores de Bastogne aguantaban desesperadamente el perímetro en que estaban cercados por las tropas alemanas durante la batalla de las Ardenas. “Nuts!” había dicho el general McAuliffe, su jefe, el 22 de diciembre, y la situación derivó en una serie de enconados combates, tanto por la necesidad germana de hacerse con el cruce como por la resistencia estadounidense, cuyos suministros habían llegado a estar en una situación crítica hasta que la fuerza aérea pudo empezar a trasladar lo necesario hasta los asediados defensores, un beneficio que podía cambiar en el momento en que el mal tiempo volviera a enseñorearse de la región. Había que romper el perímetro.
Un carro destruido durante las operaciones en las Ardenas
La ofensiva de Patton, comenzada a las 6.00 horas del día 22 de diciembre, no había avanzado mucho a pesar de los constantes ataques, bloqueada al sur de Bastogne por tres regimientos de Fallschirmjäger alemanes formados por un durísimo núcleo de veteranos, hombres que habían combatido en los peores escenarios y que conocían a la perfección el mejor modo de tender emboscadas a sus enemigos aprovechando cada casa, cada muro, cada ametralladora y cada pieza contracarro para convertir una calle, un prado o una loma en un matadero infernal.
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