En medio del verde de la campiña inglesa, y tras haber superado las prefabricadas incomodidades de Toccoa, Benning, Mackall o Bragg, los paracaidistas de la 101.ª aerotransportada pensaron que, aquel 16 de septiembre de1944, habían llegado al paraíso. Sin embargo Aldbourne, en el condado inglés de Wiltshire, no era tal, sino una sociedad organizada y con costumbres propias que los “primos” llegados de allende el Atlántico no iban a tardar en quebrantar.

Aldbourne

Los paracaidistas eran tipos duros, turbulentos, amigos del conflicto y de las peleas, que bebían con escasa moderación y no tardaron en causar daños importantes, materiales y físicos, cada vez que salían de permiso. Y esto no fue lo peor. Según historiadores como Mark Bando, sus relaciones con el sexo femenino, ya fueran prostitutas o jóvenes de buena familia, iban a tener como consecuencia un importante aumento de las enfermedades venéreas y de las acusaciones por violación de las buenas costumbres, si no directamente por agresión sexual, a secas.

Y eso a pesar de que el entrenamiento seguía siendo intensivo. Mientras se planificaba el desembarco y se definía cuál será su misión en él, los paracaidistas tuvieron que mantenerse en perfectas condiciones para cumplir la tarea que se les asignara. Así, los ejercicios duraban de 8 a 10 horas al día seis días a la semana (se exceptuaban los domingos), casi siempre sobre los terrenos de entrenamiento pero al menos una vez por semana los paracaidistas tenían “derecho” a participar en un wargame muy activo en el que tenían que poner en práctica lo aprendido “en condiciones de combate reales”, lo que implicaba que las balas ya no eran de mentira, sino de las que hieren y matan, y los saltos con todo el equipo, diurnos y nocturnos, menudearon.

¿Un compañero en apuros?

Durante los meses de estancia en Aldbourne también se desarrolló un conflicto que todos aquellos que hayan visto la serie Hermanos de sangre reconocerán en los renglones que siguen. Poco a poco había ido emergiendo un odio latente entre los hombres de la Compañía Easy y su jefe, el capitán Sobel, al que consideraban un tirano y un incompetente, especialmente dos de sus subordinados, los sargentos primeros Harris (del 3.er Pelotón) y Ranney (del 1.º). Si bien estos fueron los más destacados y los que más hicieron para deshacerse del capitán, toda la unidad era reacia a llevar a cabo el gran salto bajo su mando, y los soldados estaban dispuestos a hacer lo que fuera para deshacerse de él, olvidando un detalle importante: su compañía, de la que tanto se enorgullecían, era la mejor del regimiento, razón de peso para mantenerla como está y para pensar que, tal vez, Sobel no fue tan mal oficial. Finalmente, un conflicto nacido de la inspección de las letrinas va enfrentó al capitán Sobel con Dick Winters, oficial ejecutivo de la misma, provocando que el teniente coronel Strayer, jefe del batallón, a fin de no dejar en evidencia al capitán, decidiera trasladar al segundo nombrándolo responsable de la cantina.

El capitán Sobel

Lo que siguió fue un motín en toda regla cuando todos los suboficiales de la compañía, liderados por Harris y Ranney, decidieron arrancarse los galones y negarse a obedecer a su capitán. Finalmente tuvo que intervenir el coronel Sink, jefe del regimiento, para imponer la paz y tomar las decisiones ejecutivas pertinentes: Sobel fue enviado a dirigir la escuela de paracaidismo de Chilton Foliat, donde se entrenaba a médicos, capellanes, especialistas en transmisiones y observadores de artillería que se habían presentado voluntarios para saltar sobre Francia; Winters volvió a la compañía, pero no recuperó su puesto de segundo al mando por mucho que protestó; y Harris y Ranney fueron arrestados y degradados a simples soldados, y el primero, además, fue trasladado a la Compañía A, 1.er Batallón del 501.er Regimiento paracaidista.

Y el coronel Sink

Así volvió la paz a la unidad.

 

 

  1. Dani says:

    Y la pregunta es. ¿Era realmente un incompetente peligroso? A veces hay militares que son muy buenos instructores pero que luego es peligroso darles un mando en combate.

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