La Sección de Reconocimiento del 349.º Regimiento frente al Sexto Ejército Panzer de las SS (II)

Bouck contaba con que los norteamericanos que había en la población le advirtiesen de cualquier ataque alemán que se produjese, ya que tenían mejor visión de los accesos de la parte alemana del pasillo de Losheim, el único de tamaño apreciable en el frente de las Ardenas.

El comienzo de la preparación artillera el 16 de diciembre solo afectó a las inmediaciones de la posición de Bouck y pronto se alejó en busca de otros blancos más distantes hacia el oeste, a su retaguardia. Pero tras el alivio vino el sobresalto, al ver a loso hombres de la formación de cazacarros salir apresuradamente del pueblo de Lanzerath, que quedó desierto.

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La Sección de Reconocimiento del 349.º Regimiento frente al Sexto Ejército Panzer de las SS (I)

¿Qué pasa por la cabeza de un jefe de sección cuando se le viene encima una ofensiva a gran escala de infantería y blindados? De eso va esta historia.

Bastogne o Saint Vith son lugares que simbolizan generalmente la valentía y la defensa enconada de los norteamericanos en la batalla de Las Ardenas. Pero pocos han oído hablar de una pequeña población llamada Lanzerath, al sur del cruce de carreteras de Losheimergraben en el borde septentrional de la línea de frente del saliente.

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Otoño de 1943 – Operación paracaidista soviética en el Dniéper (II)

Y todavía no se habían acabado los problemas. Para el apoyo a la navegación se planeó la colocación de dispositivos y radiofaros en los aeródromos, en la ruta de combate y en la zona de lanzamiento.

Sin embargo, nunca se hizo. Por ejemplo, el localizador SCR, Pchela (Abeja), llegó a su destino en tren (el pueblo de Kapustinstsy) cuando el lanzamiento había terminado. Esto provocó que la mayoría de las tripulaciones no pudieran divisar las indicaciones en la zona de lanzamiento. En cuanto a la señalización de las zonas de salto, debía hacerse por una fuerza adelantada al estilo Pathfinder que debía saltar en los lugares designados. Pero no se hizo. Además, los alemanes, al descubrir a los paracaidistas comenzaron a disparar numerosas bengalas desde todas direcciones para iluminarlos en el aire, lo que confundió totalmente a las tripulaciones y a los miembros de la fuerza de asalto.

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Otoño de 1943 – Operación paracaidista soviética en el Dniéper (I)

En la noche del 25 de septiembre de 1943 tuvo lugar una de las pocas operaciones paracaidistas a gran escala soviéticas de toda la guerra. El objetivo: asegurar una cabeza de puente en la orilla occidental del Dniéper con un tamaño suficiente como para desencadenar una ofensiva blindada contra Ucrania occidental.

Concepción

Ya durante el verano de 1943 el mando del Frente del Voronezh del general Vatutin había concebido un plan para utilizar una fuerza de asalto aerotransportada sobre el Dnepr. El objetivo era desarrollar una subsiguiente acometida para capturar Ucrania occidental. Se pretendió lanzar tropas en el área de Kiev de cara a preparar el terreno para la conquista rápida de la capital ucraniana. La Stavka había aprobado la idea, pero la situación operacional forzó un cambio de prioridades, siendo urgente una operación aerotransportada en la curva que hace el Dnepr en Bukrin.

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Antes de El Alamein nunca tuvimos una victoria…

“Antes de El Alamein nunca tuvimos una victoria. Después de El Alamein nunca tuvimos una derrota”. Winston Churchill

El genial estadista británico fue, sin duda, uno de los pilares sobre los que se asentó la victoria aliada contra la Alemania Nazi en 1945, y cabe preguntarse, no sin alivio, como habría sido la Europa del presente de no haberse plantado aquel hombre frente al expansionismo de la cruz gamada. Además, Churchill, futuro premio Nobel, fue uno de los grandes redactores de frases y discursos de su época: “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, “lucharemos en los campos…” muchas de ellas son perlas que levantaron el ánimo de la población de su época y que nos ayudan a rememorar hoy el milagro que se vivió entonces. Pero llegados a este punto, la frase con la que abrimos esta entrada fue un error, y resulta sumamente injusta.

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La huída del general Model, mito y realidad.

“Model se puso en pie de un salto y dictó un torrente de órdenes para evacuar el Cuartel General. Mientras salía del comedor para recoger sus efectos personales, gritó por encima del hombro: ‘¡Vienen por mí y por este Cuartel General!’ Momentos después, llevando solo un maletín, Model cruzó a toda prisa la puerta de entrada del Tafelberg. En la acera dejó caer el maletín, que se abrió derramando su ropa interior y útiles de aseo”.

He querido iniciar esta entrada con el párrafo anterior, semblanza redactada por el célebre Cornelius Ryan en su Un puente lejano, para dejar constancia de hasta qué punto pueden ser engañosos algunos tópicos comunes de la historia militar. Estamos hablando nada menos de que de Walter Model, un general que recibió el sobrenombre de “bombero del Führer” por su frialdad y su capacidad para comandar los frentes más complejos y contener (que no derrotar) ofensivas brutales, un hombre que se había ganado las espuelas en el frente del este y que acabaría suicidándose (un acto de cobardía, pero desde luego no del estilo que narra Ryan) para no rendirse a los aliados tras haber sido cercado con sus tropas en la bolsa del Ruhr.

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La formación de los oficiales en la Reichswehr (II)

Tal y como narramos en la primera entrada de esta serie, tras dos años de formación, los candidatos a oficiales de la Reichswehr, los mismos hombres que tan eficazmente servirían en la Wehrmacht en el futuro, habían pasado por seis meses de entrenamiento en orden cerrado, un año como soldados y suboficiales de bajo rango en algún regimiento y seis meses por la escuela de formación del arma de infantería. Entonces se enfrentaban a un examen que decidía su futuro, pues los que no lo aprobaban solían acabar devueltos a sus regimientos, donde el fracaso llevaba a la mayoría a licenciarse del ejército.

Para los que seguían adelante, tras un año completo (seis meses más después del examen, con el mismo programa), los oficiales eran enviados a las escuelas correspondientes al arma elegida: caballería, artillería, cuerpo de comunicaciones, ingenieros y transporte. En ellas, el año siguiente era similar al anterior, salvo que se insistía más en la táctica. Los estudiantes aprendían también a conducir vehículos a motor, y conseguían el correspondiente permiso. Al final de este curso volvían los siempre aterradores exámenes, que esta vez duraban seis semanas e incluían algunas pruebas orales, tras las cuales una nueva tanda de candidatos era expulsada del programa de formación de oficiales. Los que aprobaban, recibían el título de Oberfähnricht y eran enviados de vuelta a sus regimientos, donde en la última fase de su instrucción como oficiales, servían como jefes de la tropa mientras recibían más clases, efectuaban reconocimientos sobre el terreno y perfeccionaban su aprendizaje de idiomas.

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