Blomberg contra Rohm. La pugna por el poder y la fuerza militar en Alemania. 1933-34.

 

El 30 de enero de 1933, un agitador político, ex golpista fracasado y líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, fue nombrado canciller de Alemania por el Presidente Paul von Hindemburg, finiquitando la república de Weimar y abriéndose una nueva y oscura etapa de la historia alemana contemporánea, la era del nacismo, que solo duraría doce años, pero dejaría al país arrasado.

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Hitler y von Hindemburg, poco después de las eleeciones.

Si bien la ideología nazi fue el paradigma del ultranacionalismo, la violencia y la agresividad militar, hay que dejar claro que estas tendencias eran más comunes de lo que se piensa en la sociedad alemana de entreguerras. Asociaciones de veteranos, grupos paramilitares, como el Stahlhelm, y organizaciones de diversas orientaciones políticas, llevaban cultivando la necesidad de que Alemania volviera a ser una nación fuerte, que había que borrar la vergüenza del “diktat” de Versalles y el mito de la “puñalada en la espalda” desde 1918. Una de estas agrupaciones, muy institucionalizada, era la Reichswehr, el ejército alemán surgido del tratado de Versalles. Reducido a no más de 100 000 efectivos, que sin derecho a tener aviones, submarinos u otras armas modernas, llevaba clamando y trabajando por la necesidad de que Alemania se rearmara desde 1919, y aunque los diversos gobiernos de la era de Weimar permitieron que sus jefes implementaran políticas de rearme en secreto, los años transcurridos hasta 1933 habían sido bastante estériles. Ninguno de los cancilleres democráticos de Alemania estaba dispuesto a arriesgar la posición internacional del país favoreciendo públicamente un rearme en contra de las estipulaciones del tratado de Versalles, sino que esperaban, mediante la colaboración con las demás naciones firmantes, lograr una revisión del mismo que les permitiera ocupar nuevamente su lugar en la política internacional.

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La batalla del Atlántico, en Desperta Ferro Contemporánea N.º 12

Es difícil no pensar, cuando uno habla de submarinos alemanes, en el intrépido kaleu apoyado contra su periscopio, midiendo la distancia y el rumbo del panzudo carguero que surca el océano para dar la orden de disparar el torpedo que sembrará el Atlántico de llamas y gritos; en la inmersión precipitada ante la llegada de los destructores y en la espera, tensa y silenciosa, de los sudorosos marinos, deseando que las sordas explosiones que desplazan el agua al otro lado de su ataúd de acero se vayan alejando poco a poco para poder escapar de las cargas de profundidad, tal vez con rumbo a casa, o tal vez hacia una nueva batalla.

U-36. Hay varias pistas que nos indican que nos indican que el navío no está en situación de combate, por ejemplo la tranquilidad de los tripulantes, en lo alto de la vela.

            Sin embargo, hay mucho más en la historia de la flota submarina alemana de la segunda guerra mundial. Para empezar, las terribles consecuencias de la derrota de 1918 y el autohundimiento de la flota germana en las frías aguas de Scapa Flow, que llevó a los estrategas alemanes de postguerra a repensar su estrategia naval: ¿grandes buques? ¿Ágiles cruceros para el corso? ¿Submarinos? Fue una decisión difícil que dio lugar a agrios debates y a conclusiones que no siempre se implementaron con decisión. Por otro lado, para el Reino Unido, las operaciones submarinas alemanas de esta nueva guerra mundial fueron como el revivir de una pesadilla que creían superada. Cuando cargueros y convoyes empezaron a sumergirse bajo las aguas, fue necesario volver a actuar, primero desde el estrato político de la nación, y luego desde el punto de vista militar y tecnológico. Maravillas como el ASDIC y el FIDO iban a convertirse en bazas fundamentales de la batalla bajo el mar.

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1918: La Ceguera del cabo Hitler (y II)

Como comentábamos en la primera parte de este reportaje, poco antes de que finalizara la primera guerra mundial el valiente cabo Hitler, que había sido condecorado con la Cruz de Hierro de segunda, y luego de primera clase, se quedó ciego a causa de un ataque con gases. Sin embargo, según los médicos que lo trataron y evacuaron hacia el hospital de Passewalk, el daño causado por el gas no era irreversible. Irritación sin duda, tal vez lesiones superficiales, sin duda incómodos lavados y posiblemente un vendaje, pero a fin de cuentas, Hitler recuperaría la vista. Pero no fue así. Según el mismo atestigua, la noticia de la derrota de Alemania, habría empeorado su lesión y se quedó ciego del todo.

Hitler, en el putsch de Munich de 1923. En esta ocasión, la fuerza de voluntad no fue suficiente.
Hitler, en el putsch de Munich de 1923. En esta ocasión, la fuerza de voluntad no fue suficiente.

Por supuesto, estamos hablando de una ceguera psicosomática, como indicó en su momento el neuropsiquiatra doctor Edmund Forster. Hitler no estaba ciego, solo quería estarlo; y en el futuro iba a achacar su ceguera a causas físicas porque ello lo convertía en un auténtico herido de guerra, en una época en que las “heridas” psicológicas no eran, para el común, nada más que una muestra de debilidad y cobardía. ¿Podemos imaginarnos un führer cuya leyenda hubiera estado teñida con semejante mancha?

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Neutrales ocupados por neutrales, Islandia en la 2.ª GM.

Islandia, situada entre las costas noruegas, o el norte de las islas británicas, y la gran isla helada de Groenlandia, se convirtió en un lugar sumamente importante para las operaciones marítimas durante la segunda guerra mundial. Aquella isla privilegiada podía servir para dos cosas: cerrar el acceso de las fuerzas navales alemanas hacia el Atlántico norte desde sus bases en Alemania primero, y en las costas noruegas después, o servir de base a aquellas mismas fuerzas si la isla pasaba a ser controlada por el eje.

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Tropas finlandesas entrenándose en el tiro, antes de la guerra.

Nada más estallar la guerra, Islandia dio una de cal y una de arena. Por un lado se declaró neutral, limitando la estancia de los buques de guerra beligerantes en sus aguas y prohibiendo la actividad militar aérea sobre su territorio. Esa fue la de cal. Por otro fue incapaz de hacer cumplir estas normas, e incluso redujo el presupuesto de su fuerza de guardacostas, aunque a partir de 1940 sus fuerzas de defensa empezaron a entrenarse. Esa fue la de arena. Cuando, el 9 de abril, Dinamarca fue ocupada por Alemania, el gobierno de la isla abrió una legación en Nueva York, pero también reafirmó su neutralidad y se negó a convertirse en cobeligerante con los aliados a pesar de que sus monarcas, que eran también los de Dinamarca, habían caído en manos de los nazis. La actuación de la legación germana en la isla y la importancia estratégica del pequeño país, que ya hemos comentado, llevaron a los británicos a invadir Islandia el 10 de mayo.

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1918: La Ceguera del cabo Hitler (I)

«Como mensajero, su frialdad y valentía, tanto en las trincheras como en los combates en campo abierto, han sido ejemplares e, invariablemente, se ha presentado voluntario para ejecutar tareas en las condiciones más difíciles y peligrosas. Cada vez que las comunicaciones han sido completamente eliminadas en un momento crítico de la batalla, los mensajes importantes han llegado a su destino, a través de todo tipo de dificultades, gracias a los incasables y devotos esfuerzos de Hitler. Recibió la Cruz de Hierro de segunda clase por su valentía el 1 de diciembre de 1914. Merece enteramente la Cruz de Hierro de primera clase».

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Adolf Hitler, durante la Primera Guerra Mundial

Así rezaba la citación del teniente Hugo Gutmann, judío y superior de Hitler en aquel momento, proponiéndolo para que se le entregara la preciada condecoración. Aquella citación, valentía, todas estas virtudes, servirían al cabo austríaco, una vez convertido en Führer, para amilanar a muchos de sus generales. Sin embargo, las cosas no eran tan evidentes. Creemos saber que, casi finalizando la primera guerra mundial, Hitler sufrió un ataque de gases que lo dejó ciego, sin embargo, hay autores, como Joachim Fest, que consideran que dicha ceguera fue autoinducida, y tuvo mucho que ver con el repentino cambio sufrido por la guerra.

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Desperta Ferro Moderna N.º 18: Zumalacárregui y la Primera Guerra Carlista

Cuando uno pregunta, un poco, sobre la Primera Guerra Carlista, la respuesta más habitual, he tenido ocasión de comprobarlo, es que suena, que tiene que ver con el siglo XIX y con una monarquía alternativa, la rama borbónica que parte de la figura de Carlos María Isidro, hermano menor de Fernando VII y pretendiente al trono como Carlos V, quien se enfrentó con su sobrina Isabel II por la corona de España. Luego, los hechos se desvanecen en le bruma, la misma de la que surge, por cierto, Tomás de Zumalacárregui e Imaz, líder principal de los carlistas durante los primeros años de guerra, un personaje tan fugaz como singular.

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Ni que decir tiene que, hasta que tuve la ocasión de empezar a trabajar en este tema para la revista Desperta Ferro, cuyo número de Historia Moderna sobre Zumalacárregui y la Primera Guerra Carlista acaba de salir a la venta, yo también hubiera dado estas respuestas de las que hablaba anteriormente.

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La directiva secreta 1601/41 y el destino de Leningrado.

 

La participación del Ejército alemán en los crímenes del nazismo es, sin duda, una de las cuestiones que más tinta han vertido con respecto a la Segunda Guerra Mundial. Si bien inicialmente la Wehrmacht quedó libre de toda culpa, y muchos de sus miembros acabarían formando parte de las fuerzas armadas de la nueva Bundeswehr, e incluso alcanzarían posiciones de mando en la OTAN, con el tiempo este punto de vista se ha ido matizando, hasta llegarse al convencimiento de que las fuerzas armadas alemanas tuvieron mucho que ver con los crímenes cometidos bajo la égida de Hitler, sobre todo en el este.

 

Russian men and women rescue their humble belongings from their burning homes, said to have been set on fire by the Russians, in a Leningrad suburb on Oct. 21, 1941. (AP Photo)
Incendios en Leningrado, fueron uno de los elementos fundamentales del terror hitleriano. Luego, con el invierno, vendría el frío.

La directiva a la que hoy nos referiremos es tan solo un ejemplo, un ladrillo más, si se quiere, de la intervención de algunos oficiales alemanes en crímenes de guerra. El 21 de septiembre de 1941, una vez cercada la ciudad de Leningrado por los alemanes, el Major Walter Warlimont, de la Wehrmacht, presentó un memorando titulado: “del bloqueo de Leningrado”. En él se presentaban diferentes soluciones al problema de cercar una ciudad tan grande, y se ofrecían diversas soluciones, con sus pros y sus contras.

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