Vaya por delante que las guerras son un asunto cruel. En ellas, los mejores soldados no son gente poco inclinada a la violencia, como recuerdo haber leído en una ocasión, y en otro idioma, “uno no se lleva a la guerra a los niños del coro parroquial”. Llegados a este punto, y entrando en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que si bien tenemos la idea de que esta se fue radicalizando, incluso campañas “limpias” como la de 1940 dejaron su estela de barbarie, tal y como relata el testimonio que publicaremos esta semana.

“El domingo 26 de mayo –relata el artillero Brian Fahey, de la 208.ª Batería del 52.º Regimiento contracarro de la Artillería Real– dejamos nuestro camión, con su conductor, en una granja y fuimos a establecer la posición de nuestra pieza en la esquina de una pradera. Estábamos en Wormhout y nuestro trabajo era cubrir la linde de unos bosques hasta que otra pieza viniera a relevarnos. Obviamente, no había peligro alguno de que llegara algún carro de combate cruzando el bosque. Aquel domingo todo estuvo muy tranquilo. El día siguiente también fue un día pacífico, por lo que pudimos acercarnos a la granja, por turnos, y preparar nuestra comida, así como dormir un poco, cosa que casi no habíamos podido hacer en las dos semanas anteriores. Pudimos dormir toda la noche, y al amanecer volvimos con nuestro cañón, alertas, hasta que llegó un infante, atravesando el seto que nos ocultaba, y nos advirtió: ‘¡Vienen por la carretera!’





