El 6 de diciembre de 1941, después de una de las campañas más duras y espectaculares de la historia militar de todos los tiempos, la Wehrmacht se hallaba a las puertas de Moscú. Iniciada en junio, la lucha había sido muy dura; las fuerzas armadas alemanas habían sufrido bajas muy importantes, y el material de sus divisiones motorizadas y blindadas había sufrido un desgaste tan elevado que estas apenas tenían ya vehículos con los que marchar al combate.
En diciembre el frío se convirtió en el enemigo más tenaz de los soldados.
A cambio, el ejército rojo se había retirado miles de kilómetros, y había perdido millones de combatientes y decenas de miles de vehículos; mientras que el estado soviético había perdido importantísimas cuencas mineras y fabriles y enormes extensiones de territorio cultivable, así como toda la población que explotaba estos recursos. La situación era catastrófica.
Mucho se ha escrito a lo largo del tiempo sobre las famosas Waffen SS: soldados del asfalto, tropa de élite, protoejército europeo, fuerza de choque del régimen, aberración política, fuerza criminal… todos estos aspectos pueden ser origen de debates interesantísimos, pero no es a ellos a lo que nos vamos a referir en esta entrada, sino a otro igualmente interesante, las condiciones que permitían ser miembro de esta tropa militar.
Waffen SS en formación. Se supone que imágenes como esta debían atraer voluntarios.
Excluyendo la unidad Leibstandarte, creada como guardia de corps de Hitler, las primeras unidades armadas de la Waffen SS fueron las SS-Verfugungstruppen; y lo primero que ha de destacarse con respecto a formar parte de estas unidades es que nunca se consideró un derecho, ni tan siquiera de aquellos que cumplieran todas las condiciones requeridas. La organización se reservó siempre la posibilidad de rechazar a los candidatos, y estos no debían sentirse en absoluto minusvalorados si no se les aceptaba.
En todo caso, los postulantes debían cumplir cuatro tipos de condiciones; de orden ciudadano, militar, ideológico y racial.
Estas Navidades os recordamos la colección de E-books de Ediciones Salamina comenzando con un libro de Javier Veramendi B, una de las grandes operaciones anfibias de la Segunda Guerra Mundial: Tarawa, Operación Galvanic flanco Sur. Una obra accesible (Precio: 3,5€), de calidad y en español.
“Las sangrientas playas de Tarawa”, rezaba un titular periodístico. “La denodada defensa de Tarawa resulta ser una sorpresa, un testigo de la batalla revela: los marines llegaron riéndose, para encontrarse con una rápida muerte en vez de con una fácil conquista” publicó el New York Times.
En la misma tienda online está disponible para la descarga de manera gratuita MAKIN, el primer volumen de la Operación Galvanic.
Hoy veremos el historial de combate de Heinz Finke veterano del frente del este, poseedor del Pasador de Combate Cuerpo a Cuerpo en Oro, y su paso posterior por el Bundeswehr, tras volver del gulag ruso en 1955.
Nació en Jauer, Silesia, el 8 de febrero de 1920. Ingresó voluntario en el Infanterie-Regiment 51 de la 18 División de Infantería en noviembre de 1938. El cabo Finke participó en la campaña polaca como enlace del puesto de mando de su compañía. Por su valentía frente al enemigo, fue uno de los primeros infantes del ejército en recibir la Cruz de Hierro de segunda clase. Fue nombrado cadete y enviado a la escuela de infantería de Berlin-Döberitz en octubre, donde llevó a cabo un curso de candidatos a oficial. Con el comienzo del Plan Amarillo, la invasión alemana de los Países Bajos y Francia, estaba de vuelta con su regimiento como fahnenjunker-feldwebel o cadete candidato a oficial. Sin embargo no participó en combates, aunque finalmente recibió su despacho de alférez el 17 de julio de 1940.
He trabajado en una empresa japonesa durante 4 años, durante este tiempo tuve la oportunidad de visitar el templo Yasukuni y su museo adyacente, que alberga los espíritus de los soldados japoneses caídos en guerras exteriores.
Allí aprendí que en la II Guerra Mundial no se llama así en Japón, sino que se denomina «La Gran Guerra Asiática»; que el ataque a Pearl Harbor fue una trampa del presidente Roosevelt; que la derrota del Japón fue un sacrificio necesario para liberar a los pueblos de Asia y demostrar el indomable espíritu japonés al mundo… Fruto de estas experiencias escribí uno de los capítulos de mi libro «Cómo Ganar una Guerra» ,la parte dedicada a la guerra en el Pacífico. He aquí un extracto que espero que os guste, ahora que las relaciones entre China y Japón están al rojo vivo por las islas Senkaku (aunque esta vez los Estados Unidos apoyan a Japón…).
“Japón es un país asombroso que descoloca a los occidentales. Por mucho que sepamos de la cultura japonesa, nos sigue pareciendo un lugar lleno de contrastes y contradicciones. De hecho, cualquiera que haya trabajado con japoneses experimenta siempre sentimientos encontrados y, normalmente, pasa de la admiración a la estupefacción más absoluta en cuestión de minutos.
A partir de 1943, tras la recuperación soviética en el frente del este y la mejora de sus emplazamientos defensivos, la Wehrmacht se vio en la necesidad de evolucionar sus tácticas blindadas, asunto que aborda el general von Mellenthin en su libro Panzer Battles.
Ni los campos de minas ni los Pakfronts [grupos de hasta 10 cañones puestos bajo el mando de un solo oficial responsable de concentrar su fuego en un solo objetivo cada vez] podían ser detectados hasta que el primer carro volaba o el primer cañón contracarro soviético abría fuego. La cuestión de la posibilidad de los blindados alemanes de abrirse camino a través de estas defensas anticarro es difícil de responder.
Dijo Winston Churchill que hasta El Alamein todo habían sido derrotas, y que a partir de El Alamein todo fueron victorias. Sin embargo el viejo prócer británico cayó, al menos en esa ocasión, víctima de su propia propaganda, pues aunque no fueron demasiado duraderas las armas británicas si habían obtenido victorias antes de la gran batalla frente a Alejandría. Una de ellas fue la Operación Compass, donde la exigua fuerza del desierto derrotó a los italianos y los expulsó de Cirenaica, embolsándose de paso una cantidad de prisioneros varias veces superior a sus propios efectivos.
Esta operación comenzó, precisamente, un 8 de diciembre, es decir, tal día como ayer, cuando la 4th Indian Division lanzó su ataque contra los reductos italianos. Fue una operación fascinante, pero para celebrar esta efemérides no vamos a referirnos a la batalla terrestre, sino a las acciones que tuvieron lugar en el aire.
Una bonita foto de un Savoia Marchetti SM-79, que fue el principal avión de bombardeo utilizado por los italianos a finales de 1940.
En honor a los italianos hay que empezar diciendo que en cuanto empezó la batalla la Regia Aeronáutica se lanzó a ella como un solo hombre, y tal fue su ímpetu que el primero en derribar un aparato enemigo fue un italiano, el Teniente Guglielmo Chiarini, de la 366ª Squadriglia, que derribó un Blenheim al sureste de Alama Rabia, obteniendo su quinta victoria. Acababa de convertirse en un as. Sin embargo se vio superado poco después por otro compañero, el Subteniente Giulio Torresi, que derribó otros dos Blenheims, uno que fue a estrellarse sobre el mar y otro que tuvo que hacer un aterrizaje forzoso; con aquellas victorias, números cinco y seis se convertía en el campeón italiano de los cielos.
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