Vasiliy Krysov, veterano carrista del Ejército Rojo, publicó unas memorias de su participación en la Segunda Guerra Mundial que publicó Salamina como «Cazador de Panzers». En el pasaje que transcribimos a continuación, Krysov narra los primeros combates por Ponyri el 7 de julio en el frente norte del saliente de Kursk.

Ponyri, 7 de julio de 1943, parte norte del saliente de Kursk

El 7 de julio por la mañana aparecieron los bombarderos enemigos y con ellos comenzó también la preparación artillera. Las tripulaciones estaban en sus puestos con las escotillas cerradas y las explosiones eran tan cercanas a veces, que no podíamos ver otra cosa que llamas a través de nuestros dispositivos ópticos –¡parecía como si el cañón autopropulsado se hubiese incendiado! Los guijarros y terrones levantados en surtidores de tierra por las explosiones que los hacían volar por los aires, caían a continuación con un sonido aterrador sobre el blindaje de la superestructura, dejándonos casi sordos.

Después de asentarse, dejaban el vehículo cubierto por una gruesa e impenetrable capa de tierra y todo quedaba oscuro como la noche en el interior del compartimento. Temiendo que pudiésemos perdernos el comienzo del ataque enemigo, abríamos con frecuencia la escotilla superior durante unos momentos para tener una mejor panorámica de lo que sucedía y poder limpiar, así, las lentes de los dispositivos ópticos. Una de las veces que miré por la escotilla presencié una escena terrible: las aldeas cercanas estaban en llamas, envueltas en densas nubes de humo negro, y justo en frente de nosotros podíamos ver las posiciones de la infantería –los hombres se afanaban frenéticamente en tratar de sacar a camaradas que habían quedado enterrados debajo de pilas de tierra y troncos, y de reparos de trinchera y búnkeres desmoronados.

«Camarada teniente, vuelve a meterte dentro». Temiendo por mi vida, Emelyan Ivanovich me tiraba hacia abajo del cinturón. A través de la escotilla semi abierta oímos el estruendo de nuestra artillería, que acababa de desatarse en la retaguardia –cientos de cañones y morteros habían abierto fuego de contrabatería sobre el enemigo. Entonces distinguimos el zumbido de aviones en vuelo rasante y nos alegramos de ver las escuadrillas de nuestros Il-2, que volaban en oleadas hacia las líneas enemigas.

Cazador de Panzers, Vasiliy Krysov. Salamina

Media hora más tarde todo quedó en calma. Solo se oía el peculiar sonido de los cañones de tiro rápido y las ametralladoras allá arriba en el cielo, donde nuestros aviadores libraban un feroz combate aéreo. El minuto de calma fue sustituido por otra preparación artillera enemiga. Vimos venir cohetes hacia nuestras líneas con su característico silbido –la artillería enemiga cubría a sus tropas a medida que éstas iniciaban el avance. ¡El ataque había comenzado! Yo examinaba el frente de la brigada a través de la mira panorámica del comandante –y vi vehículos enemigos por todas partes. En el primer escalón, saliendo de detrás de la maleza que bordeaba los nacimientos de los ríos Oka y Neruch, los carros de combate comenzaron a avanzar lentamente; tras ellos venían cañones de asalto y transportes acorazados de personal.

Avanzaban en una formación en cuña liderada, a juzgar por todos los indicios, por blindados Ferdinand, con su protección de blindaje de 200 mm. Pensé para mis adentros: «Hoy va a ser un día más duro para nosotros; no será fácil repeler un ataque tan poderoso». En el interior del vehículo reinaba el silencio; obviamente sobraban las palabras. Valeriy Korolev permanecía inmutable, pegado a su mira, moviéndose solo para limpiar de vez en cuando las lentes empañadas. El resto de los muchachos se hallaban también pegados a sus rendijas respectivas observando en silencio el amenazador avance enemigo. Quizá todos pensasen en lo mismo: ¿seríamos capaces de conservar nuestras posiciones o no?

Vasiliy Krysov

Después de todo, ese día divisábamos la presencia de varias veces más carros de combate y cañones de asalto que los que habían tomado parte en el ataque del día anterior en Zmievka. No obstante, esta vez noté que los hombres estaban menos ansiosos de lo que lo habían estado antes del primer enfrentamiento.
Alcé la voz tratando de envalentonar a mi tripulación: «Los Fritz avanzan de modo insolente hasta que reciben el primer puñetazo en el hocico. Dejaremos que el carro de cabeza se acerque a unos 500 metros, lo incendiaremos y luego nos encargaremos del resto». Al mismo tiempo pensaba angustiado: ¿qué pasará si un Ferdinand logra abrirse paso directamente? Era el cañón de asalto pesado más poderoso –después de todo, podía atravesar las líneas aplastándolo todo a su paso.

A lo largo de todo el frente de ataque comenzaron a aparecer nubes de humo negro frente a los carros de combate del primer escalón, y se veían brillantes fogonazos donde los proyectiles los alcanzaban –era el fuego defensivo de nuestra artillería. Algunos proyectiles rebotaban en el blindaje, a veces con trayectorias que los llevaban a más profundidad en la formación. Sin embargo, ningún carro de combate había sido incendiado hasta el momento. La avalancha de acero continuó aproximándose a nuestras líneas defensivas. Advertí por radio a Levanov, comandante de mi segundo SU-122, que no abriese fuego antes de nuestro primer disparo.

Su-122

Entonces, de súbito, decidí ir a comprobar el estado de los miembros de su tripulación. Agachando la cabeza para evitar las balas y los proyectiles, entre un mar de silbidos y aullidos, corrí hacia el vehículo del segundo teniente Levanov, golpeé la escotilla y me metí en el interior una vez que ésta se abrió. La tripulación me recibió con asombro, y de inmediato presentí dudas e indecisión en el ánimo de los hombres, lo cual me molestó:

«¿Por qué estáis tan tristones? ¡Vuestro obús es capaz de penetrar un Tiger y un Panther a 500 metros! Tenéis buena cobertura; ¡estáis bien atrincherados! ¡Lucharemos hasta la muerte! Lo principal es el autocontrol, ¡no quiero acciones apresuradas! ¡Disparad solo cuando tengáis la absoluta certeza! ¡Es una sugerencia y también una orden!».

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