A pesar de que durante la Segunda Guerra Mundial la aviación embarcada iba a adquirir un protagonismo fundamental, provocando en las flotas del mundo entero una revolución aún más profunda que la que supuso la aparición del acorazado monocalibre, ya que convirtió en obsoletos a los grandes buques artillados, en el periodo de entreguerras no estaba demasiado claro que las cosas fueran a suceder como efectivamente lo hicieron.

El HMS Argus en 1918

El primero que propuso la construcción de un portaviones desde el que pudieran operar aviones con ruedas (y no hidroaviones) fue el teniente británico Hugh Williamson. Como suele suceder con este tipo de ideas, por supuesto, la marina la rechazó. Estamos en el año 1912, posteriormente, el oficial escribiría: “Antes de la Primera Guerra Mundial, la Marina llevaba mucho, mucho tiempo, sin haber entrado en guerra, y una larga paz hace que se desarrollen, en los oficiales superiores, el conservadurismo y la hostilidad al cambio. Así, ideas revolucionarias que fueron aceptadas de buen grado cuando llegó la guerra, eran impensables en la pacífica atmósfera de 1912.”

Así sucedió, y tras observar una exhibición aérea, el día del armisticio de 1918, el almirante William F. Fulman, de la Marina estadounidenses, escribiría: “Llegaron en oleadas, hasta que se extendieron de un extremo al otro del horizonte, hilera tras hilera de aquellas máquinas voladoras. ¿Qué posibilidades, pensé, tendría cualquier barco, cualquier flota, contra una fuerza como esa? Podrías derribarlos del cielo como palomas torcaces, y seguiría habiendo más que suficientes para hundirte. Me gustaban los acorazados, les había dedicado toda mi carrera, pero en aquel momento entendí que su tiempo había pasado.”

De la idea genial a la revelación, la aviación naval iba a tener que recorrer, sin embargo, un largo camino, lleno de obstáculos, uno de ellos fue el presupuesto de las diferentes marinas, de las que tenía que depender, en principio, la nueva modalidad de arma aérea; otro fue la inmediatez del pensamiento: ¿por qué preocuparse en exceso por eventuales problemas futuros en vez de trabajar en el mundo de lo ya conocido? Esta actitud, en parte considerada inmovilismo, no siempre lo era y, de hecho, la idea de Williamson no había sido rechazada en virtud de los prejuicios de una panda de viejos almirantes, sino por el informe de otro joven pionero de la aviación naval, el teniente C. R. Samson, que consideraba que, por entonces, los hidroaviones eran una apuesta más segura.

El Short Admiralty Type 184 fue el único hidroavión que participó en la batalla de Jutlandia, y el primero en hundir un buque, un mercante turco, el 17 de agosto de 1915

Si en algo tenía razón Williamson, por otro lado, es que la guerra aguza el ingenio y despierta el interés por la innovación. En el caso concreto del Royal Naval Air Service, empezó la contienda con 100 oficiales y 550 suboficiales y clases de tropa para encargarse de una variopinta colección de 93 hidroaviones; y la terminó con 5000 oficiales, 55 000 suboficiales y clases de tropa y 2949 aparatos, algunos de los cuales operaban ya despegando y aterrizando sobre portaaviones.

Sobre estos últimos, durante la contienda la Royal Navy desarrolló 12 portaviones, de los que el más importante fue el HMS Argus, el primero, que fue capaz de poner aviones en el aire y recogerlos después, y el que llevó a que se plantearan muchos de los dilemas que tendrían estos buques: ¿Cómo almacenar los aviones y subirlos a cubierta? ¿Cómo frenarlos en las maniobras de aterrizaje? (el Argus incorporó tanto ascensores como equipo de apontaje) ¿Había que colocar el puente en una isla o en el interior del casco? ¿Cuál debía ser la proporción entre aparatos de ruedas e hidros?

El primer avión embarcado diseñado como tal

Mientras se tomaban las decisiones, durante la guerra, ya fuera desde bases terrestres, buques artillados o portaviones, los pilotos de la Marina británica iban a ejecutar todos los tipos de misión que serían propias de las fuerzas aeronavales en el futuro: cobertura aérea, reconocimiento naval, observación del fuego artillero propio y ataques a los buques enemigos. En 1918 se empezó incluso a pensar en ejecutar ataques masivos con aviones torpederos contra los buques enemigos estacionados en sus bases. Tarento y Pearl Harbor ya no estaban tan lejos.

  1. David says:

    Me pregunto si ha llegado ya la hora del ocaso portaaviones. Los eeuu están dando los últimos toques a sus nuevos e impresionantes portaaviones de la clase Gerald Ford, que van a sustituir a los de la clase Nimitz. Cada uno de estos nuevos portaaviones cuesta la friolera de 11.000 millones de dólares (según la wikipedia), y este precio es sin incluir el grupo de combate asociado al portaaviones.

    Los EEUU necesitan estas herramientas de guerra para seguir siendo líderes mundiales y poder proyectar su fuerza en cualquier lugar del planeta. Sin embargo, también les covierte en un objetivo muy goloso. Hundir uno de estos gigantescos barcos causaría un grave perjuicio al poderío estadounidense.

    Lei un artículo en el que se explicaba que no es tan fácil hundirlo, ya que están muy bien protegidos contra todo tipo de amenazas. Pero lo cierto es que tanto los rusos, como los chinos y otros enemigos, están desarrollando misiles antibuque cada vez más rápidos y capaces. Y me hace dudar de la verdera capacidad de sus sistemas aegis phalanx etc… contra un ataque de varios misiles acercandose a mach 3 desde distintos flancos.

  2. Dani says:

    Hombre David, como se suele decir: “algo tendrá el agua cunado la vendicen”. Los mismos chinos están fabricando sus propios portas y cada vez más grandes. Los indios andan fabricando uno cuando justo ha entrado en servicio uno. Los rusos van a modernizar el que tienen. Los franceses cada x tiempo hablan de un segundo porta. Los británicos van a tener dos. Brasil está loca por encontrar la forma de tener su propio porta aunque sea mini.
    A los portas aún les quedan unas décadas de servicio.

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