Desde mi humilde punto de vista, no hay escena, por mucho que sea ficticia, que mejor refleje lo que fue la piratería caribeña desde la segunda mitad del siglo XVII hasta la segunda década del XVIII, que aquellos compases iniciales de “Piratas del Caribe” en los que Jack Sparrow, indudable protagonista de una saga que tiende a parecer infinita, llegaba navegando a Port Royal en un barquito que se hunde (la banda sonora ayuda, que duda cabe).

Desperta Ferro Moderna n.º 17, Piratas del Caribe. Todo lo que siempre quisiste saber sobre ellos pero nunca te atreviste a preguntar.

Ante todo, porque fue un modo de vida que pasó de vivir un importantísimo momento de auge, con flotas corsarias asaltando Veracruz, o Cartagena de Indias, a hundirse irremisiblemente, tal y como sucedería durante su segunda fase, la de la piratería pura y dura, en la que fueron perseguidos inmisericordemente por las potencias europeas, ya firmemente asentadas en un Caribe bien repartido. Pero también porque en esta escena a la que hacíamos referencia podemos apreciar otras muchas características de aquellos hombres y sus acciones, como la pequeñez de los barcos que utilizaron en la mayoría de los casos (aunque con más de un tripulante, claro) o el final que sufrieron muchos de ellos: la horca.

Bucaneros, corsarios, piratas o filibusteros son otros tantos términos que se emplearon y se emplean para definirlos. Los primeros fueron originariamente cazadores franceses asentados en la isla de Santo Domingo que aprovechaban la temporada buena para cazar ganado salvaje, secar y ahumar su carne (el bucán) y vendérsela a los barcos de paso; y la mala para atacarlos, escondiéndose en la costa con sus canoas a la espera de una presa. Poco a poco muchos de estos hombres se convertirían en corsarios al servicio de las guerras coloniales, es decir, en saqueadores “legales” de los barcos de las naciones enemigas de su rey, y ello merced a una patente de corso (tenía muchas denominaciones), que era el documento que les daba este estatus y los diferenciaba de los meros piratas, enemigos de toda la raza humana, sin rey ni nación, que fue en lo que muchos se convirtieron cuando la paz entre las naciones europeas los dejó sin posibilidad de seguir dedicándose al corso. Filibustero, freebooter, vrijbuiter, vagabundo del mar, en el fondo, fue cualquiera de los tres anteriores, así como nuestro amigo Jack Sparrow, qué duda cabe.

Pirata típico, que no podía faltar, el Capitán Blood jamás habría sobrevivido a la caída de llevar estas botas en lo alto de la jarcia (esta foto se la debía a alguien).

Hoy en día, tanto los piratas como los puertos en los que recalaban han pasado a formar parte de la mitología, pero ni Tortuga, ni Port Royal ni Nassau fueron, o son, lugares imaginarios. La primera se hallaba en la costa noroccidental de Santo Domingo, y fue una de las bases preferidas de los bucaneros, podemos asociar la segunda, en Jamaica, al corso, y la tercera, en las Bahamas, a la piratería pura y dura; pero en todas ellas hubo gente “honrada” que comerció y se lucró con los botines que traían, y que convivió con ellas sin sufrir ningún peligro, de modo que no hay que desdeñar su importancia como motor de unas economías incipientes, basadas en las “piezas de a ocho”, el dólar de la época.

El terrible pirata Roberts, nombre de pila Bartholomew, uno de los más eficaces de su tiempo, en realidad si hacía prisioneros.

Tampoco personajes como Edward Teach (Barbanegra), Charles Vane, Jack Rackham o Ann Bonny (para el que quiera ver la serie Black Sails), y Henry Morgan o Lorencillo son mitos. Sabemos de la existencia de algunos de ellos por las actas de sus juicios y los escritos de sus contemporáneos, y de otros por los saqueos que cometieron. Morgan es sin duda un caso paradigmático, pues su expedición de 1671 contra Panamá terminó con la destrucción completa de la ciudad, hasta tal punto que cuando fue reconstruida, no fue en su solar original sino a dos kilómetros al suroeste de su ubicación inicial.

Calicó Jack Rackham (el de la serie)

Pero la historia de los piratas no se refleja solo en la vida y acciones de unos cuantos personajes famosos, sino también en los complejos ritos jurídicos que organizaban sus vidas a bordo de los barcos. Los matelotages y chasse-parties, y los códigos de los piratas, que establecían las relaciones entre personas y entre tripulaciones, y las partes, recompensas e indemnizaciones que correspondían a cada uno, son tan interesantes como el asalto a Maracaibo protagonizado por el terrible Jean Nau, l’Ollonnais.

«Calico» Jack Rackham, el de verdad, mucho menos atractivo pero mucho más peligroso.

Un mundo pues por descubrir, lleno de personajes, costumbres, lugares… y tácticas, pues también es importante llamar la atención sobre cómo se las apañaron aquellos hombres para ejecutar aquellas increíbles acciones.

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