Reírse de, o despreciar a los soldados federales que se habían hecho dueños de Winchester, era fácil, sobre todo, como ya hemos dicho, cuando estos no podían permitirse (o raras veces), devolver el desplante; otras consecuencias de la guerra iban a resultar mucho más difíciles de superar.

Los confederados defendiendo el muro, en la primera batalla de Kernstown, 23 de marzo de 1862.

Tras la primera batalla de Kernstown, acontecida el 23 de marzo de 1862 y que podría ser considerada como el primer encuentro de la campaña del valle de Shenandoah de “Stonewall” Jackson, y la única derrota táctica de su carrera, los federales, que habían quedado dueños del campo de batalla, fueron los encargados de recoger a los heridos. Muchos de ellos, azules y grises y sin distinción de bando, fueron trasladados a Winchester por las ambulancias e instalados en sendos hospitales ubicados en los juzgados y en el Union Hotel.

La llegada de aquellos desgraciados supuso la inmediata movilización de las mujeres de la localidad, que no tardaron en personarse con cestas llenas de comida y bebida y para ofrecer sus servicios como enfermeras. Pero solo para los soldados confederados.  “Pidieron entrar en nuestros hospitales para cuidar las heridas y cumplir los deseos de sus hermanos y vecinos; y mientras no hubo tratamiento, cuidado o servicio que no estuvieran dispuestas a hacer para los pacientes rebeldes con la mayor de las devociones, no hubo necesidad, carencia o sufrimiento de los soldados de azul que redujera lo más mínimo su rencor o se abriera camino hasta sus corazones”, diría un testigo. “La gente de Winchester ha perdido toda nuestra simpatía, y más de uno está a favor de quemar toda la localidad”, añadirá un sargento furriel del ejército de Banks.

Un hospital federal, similar a muchos otros de su época. Fotografía de Matthew T. Brady.

Sin duda fue una actitud mezquina por parte de gente que, hasta hacía poco, se había considerado compatriota tanto de los soldados de gris como de los de azul. La rapidez con la que se llega a odiar al vecino de ayer es uno de los peores males de las guerras civiles. Por otro lado, no resulta del todo incomprensible que quisieran cuidar primero de sus familiares, de sus conocidos, y no de unos extraños provenientes de Massachusetts, o de Illinois.

Instrumental quirúrgico de la época. Con esto se amputaban los miembros de los heridos.

Además, no siempre era fácil. Así nos lo muestra la historia de Cornelia McDonald, que llegó hasta el hospital que se hallaba en el Juzgado sorteando las filas de cadáveres instaladas bajo el porche antes de entrar en el edificio. “Quería ser útil, e hice todo lo posible para conseguirlo –escribirá en su diario– pero al ver la cara que me mostró uno de los médicos, diciéndome que había que lavarla, pensé que me iba a desmayar. Una bala había alcanzado a aquel hombre en un lado del rostro, llevándose ambos ojos y el puente de la nariz. El médico tuvo que explicar a la dama sureña cómo y porque había que salvar a ese hombre, pero ella se había quedado como hipnotizada por aquella herida terrible, aún fresca y sangrante. Lo peor, fue cuando el hombre alzó la mano, se tocó la sien izquierda y aquella cara sin rostro ni ojos empezó a hablar “ojalá me hubieran dado aquí, así no habría sido una molestia para nadie”. Entonces el médico insistió en que ella limpiara la herida. “Traté de decir que sí, pero solo de pensarlo me sentí tan mareada que solo pude tambalearme hasta la puerta”. Mientras abandonaba la habitación, la falda de Cornelia McDonald rozó un montón de miembros amputados, fue la gota que colmó el vaso y tuvo que apoyarse contra la pared para no desplomarse allí mismo.

Por muy dura que fuera la historia que acabamos de contar, hubo mujeres que si superaron la situación, y llegaron incluso más allá, contando y apuntando los nombres de los sureños muertos y heridos para pasar la información a las tropas confederadas.

Prisioneros confederados, marchando hacia el norte.

Y no solo de estos, sino también de los prisioneros. A las 14.00 horas del 24 de marzo, 234 prisioneros confederados abandonaron Winchester con destino al norte. A ambos lados de la calle había decenas de mujeres y niñas agitando pañuelos y entregándoles ropa y comida, a lo que los cautivos respondían gritando vivas a Jefferson Davis y a la confederación. Allí también hubo quien apuntó nombres y cifras, y pudo haber sido mucho peor, pues la situación llegó a ponerse tan tensa que uno de los capitanes de la escolta acabaría escribiendo a un amigo que “llegó a pensar que las mujeres acabarían por hacerle pedazos. Lo insultaron de todas las maneras que supieron, como si estuvieran seguras de que Jackson acabaría reconquistando Winchester”.

Esa, sin duda, es otra historia.

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