Uno de los personajes fundamentales de esta historia se llamaba Pequeño Cuervo, Taoyateduta, Su Nación Roja, en el lenguaje de su tribu. Pequeño Cuervo había sido uno de los que habían protestado contra los tratados, como vimos en la entrada anterior, pero, aunque solo era jefe de un pueblo, era un personaje de gran prestigio por tratarse de un chamán, un hombre santo, y por su reconocida valentía. Sin embargo, no solo los colonos podían mostrar ambición. En 1858 Pequeño Cuervo fue elegido para viajar a Washington, donde se celebró otra reunión que acabó en un tratado según el cual las anualidades serían entregadas a los comerciantes para el pago de las deudas que las tribus tenían con ellos. Se dice que en estas reuniones Pequeño Cuervo fue sobornado con una carreta para que convenciera a otros jefes de que aceptaran el trato.

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Taoyateduta, Pequeño Cuervo, antes de cortarse el pelo

El resultado no gustó y en 1862 Pequeño Cuervo estaba en horas bajas, pues los ancianos de los Mdewakanton habían decidido elegir a otro jefe como su representante. Por supuesto, se trataba de otra maniobra, pues el elegido era un hombre que había tomado las costumbres de los blancos, tenía una granja y había recibido el apoyo del agente indio local. Así las cosas, nuestro protagonista decidió implementar un cambio en su persona para recuperar la posición perdida. Se cortó el pelo, se instaló en una casa de madera construida con ayuda de los empleados de la agencia india, empezó a cultivar una granja e incluso se personó en los servicios religiosos de la iglesia de la misión más cercana.

En plena lucha política por el liderazgo y la representación de las tribus, volvamos a la contienda. En 1861 había estallado la Guerra de Secesión, y los soldados regulares que se acantonaban en la región, especialmente en Fort Ridgely, habían sido enviados al este y sustituidos por voluntarios, soldados mucho menos preparados. Además, la Unión había empezado a perder batallas, un hecho que no pasó desapercibido entre los indios. La “prueba del algodón” fue el reclutamiento de los Ranville Rangers, una compañía formada por el comandante Thomas J. Galbraith, un agente indio, con soldados mestizos. Cuan mal les estará yendo la guerra, razonó entonces el jefe Gran Águila, si han tenido que llegar a reclutar a otros que no son los suyos. De boca a oído, en susurros, empezó a circular la idea de que tal vez había llegado el momento de luchar contra el hombre blanco, expulsarlo de la región y recuperar las tierras que tan mal habían vendido.

Thomas J. Galbraith, 1861
El comandante Galbraith

Que los jefes hablen de guerra y que los jóvenes se vean tentados por la lucha es una cosa, pero la peor de las calamidades es el hambre. Hasta 1861 los Dakota habían tenido dos opciones básicas de subsistencia: o bien recogían las entregas de comida y dinero que debía pagar el Estado en pago del tratado, no siempre con puntualidad y no siempre con la calidad requerida; o bien se convertían en granjeros y obtenían su propia comida. El problema es que aquel año el gusano atacó las cosechas de maíz, especialmente las de los Sisseton, que quedaron arrasadas. Unos meses después, se acabaron las reservas y en mayo de 1862 también los granjeros se vieron acosados por el hambre. La solución era comprar comida a crédito, que se pagaría en verano cuando llegara el pago del Gobierno estadounidense en cumplimiento del tratado. De nuevo la mala fe acabó con esta posibilidad. Por parte de los comerciantes porque empezaron a aprovecharse de la difícil situación de los indios elevando los precios de unos productos que sus clientes necesitaban para subsistir y no tenían más remedio que comprar. Por parte de los indios, especialmente los más jóvenes y los más tradicionalistas, aquellos que añoraban los antiguos modos de vida, porque acordaron comprar a crédito cuanto pudieran y luego negarse a pagar. Por supuesto estas intenciones llegaron a oídos de los comerciantes que, nada más conocerlas, cerraron el grifo y se negaron a vender más comida.

Las cosas iban mal, y pronto empeorarían. Dos amenazas nuevas se conjuraron para desestabilizar más la región y agudizar los problemas. Desde el oeste, los Yanktonai, una tribu de las llanuras que no pertenecía a los Dakota, llegaron a la conclusión de que parte de las tierras vendidas en los tratados les pertenecían, y acordaron, según informó a las autoridades Thomas S. Williams, un misionero de la agencia superior, presentarse a primeros de junio, que era cuando se hacían los pagos, y reclamar su parte. Si no se la entregaban, entonces matarían a todos los indios que se vestían como los blancos, y de paso a todos los blancos también. El comandante Galbraith pidió refuerzos y no tardó en llegar a Fort Ridgely una compañía de infantería, la C del 5.º de Minnesota. Mientras tanto, en el este, la Oficina de Asuntos Indios tenían un grave dilema, no sabían si pagar la anualidad debida a los indios en oro, como se había hecho hasta entonces, o en el nuevo papel moneda impreso por la Unión, y mientras se decidían, paralizaron el pago.

Photograph of Colonel Lucius Hubbard
El coronel Lucius F. Hubbard, jefe del 5.º Regimiento de Voluntarios de Minnesota.

Así, a primeros de junio el comandante Galbraith se enfrentaba a toda una batería de problemas: el hambre de los indios, que ya no podían comprar comida; la posible llegada de fuerzas hostiles desde las llanuras; la necesidad de enviar tropas al este y el retraso en la llegada del pago. Lo único disponible era la comida, acumulada en los almacenes de la agencia, pero la costumbre era entregar comida y dinero a la vez, y Galbraith, demostrando una extraordinaria falta de flexibilidad, se atuvo a ello. Anunció a los indios que los pagos se harían un mes más tarde, les animó a que se marcharan a cazar y volvieran en julio, y se marchó.

El polvorín estaba lleno, y la mecha lista para ser prendida.

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