El 22 de junio de 1941, hace exactamente 75 años, el mundo contuvo el aliento. Henchida de victoria, tras haberse anexionado Austria y media Checoslovaquia, tras haber invadido y destruido Polonia, Dinamarca, Noruega, Luxemburgo, Holanda y Bélgica, y haber desmembrado Francia dejándola sumida en un armisticio lleno de preocupaciones para el futuro, Alemania era la potencia suprema sobre el continente Europeo.

Carros alemanes avanzando por la inmensidad de Rusia

Carros alemanes avanzando por la inmensidad de Rusia

No era así en el aire. No hace mucho hablábamos de la estrategia Mediterránea de Hitler como uno de los modos de derrotar al Reino Unido, que había sido capaz de contener a los cazas y los bombarderos de la Luftwaffe en la llamada batalla de Inglaterra, otro de los medios considerados por el alto mando alemán a finales del verano de 1940 fue la destrucción de la Unión Soviética.

Que el régimen comunista era un enemigo potencial es algo que nadie podía ignorar. Hitler lo había dejado claro desde sus primeros escritos, y también había explicado, meridianamente, que el “espacio vital” de su economía, una economía orientada hacia la guerra desde la llegada a los nazis al poder en 1933, se hallaba hacia el este. Se sumaban pues el hambre y las ganas de comer: destruir a la Unión Soviética no solo sería un medio de acabar con la poca moral de combate que, se creía en Alemania, aún tenían los ingleses, además serviría para crear un bloque económico militarmente insuperable, y para convertir en realidad las aspiraciones imperialistas del Führer alemán.

Un cañón de asalto Sturmgeschütz. Que duda cabe que al principio todo parecía una gran cabalgada.

Un cañón de asalto Sturmgeschütz. Que duda cabe que al principio todo parecía una gran cabalgada.

Sin embargo, en agosto de 1939 las cosas empezaron a marchar en dirección contraria. La firma del pacto Molotov-Ribbentrop, con sus codicilos secretos referentes al reparto (otra vez) de Polonia, parecieron abrir un mundo diplomático nuevo. Para el Reino Unido y Francia, que apenas una semana después iban a declarar la guerra a Alemania en defensa del país del Vístula, quedaba imposibilitada una repetición del pacto de la Entente que había combatido, y contenido, a las potencias centrales entre 1914 y 1917. Para Winston Churchill, premier británico a partir de mayo de 1940, atraer a Stalin a la alianza contra Alemania se convirtió en una prioridad, a pesar de su ferviente anticomunismo. Los historiadores nos hablan de diversos contactos diplomáticos con la Unión Soviética, sobre todo de la misión de Sir Stafford Cripps, embajador británico en Moscú, quien hizo todo lo posible e incluso transmitió a Stalin la noticia de la inminente invasión alemana; pero una de las teorías más interesantes es la que plantea Martin Allen en su obra El enigma Hess, en la que afirma la posibilidad de que los británicos engañaran a Alemania con la posibilidad de firmar la paz para impulsar a Hitler a atacar a los soviéticos lo antes posible.

Tropas de la 57.ª División de infantería entrando en Járkov, las victorias se sucedían una tras otra.

Tropas de la 57.ª División de infantería entrando en Járkov, las victorias se sucedían una tras otra.

Finalmente, y volviendo al principio, tampoco hay que desdeñar la influencia de los nuevos métodos de guerra implementados por la Wehrmacht en el oeste, la llamada Blitzkrieg, solución operacional que había sido extraordinariamente efectiva y que, en la mentalidad de muchos líderes militares germanos de alto rango, se convirtió en la panacea con la que derrotar a todos los enemigos.

Así, son muchos los motivos que llevaron a que, en torno a la 1.00 horas de tal día como hoy, los ejércitos alemanes cruzaran la frontera soviética. Organizadas en tres grandes Heeresgruppe, las fuerzas terrestres alemanas apuntaron hacia Leningrado (H. Nord), Moscú (H. Mitte) y los campos de cereal y las minas y recursos de Ucrania (H. Süd); sin olvidar a las fuerzas del general Eduard Dietl, en el norte de Finlandia, que iniciaron el arduo camino hacia Murmansk. Más de tres millones de hombres, alrededor de 3500 carros de combate, las cifras son abrumadoras, y a ellas hay que añadir las tropas aliadas de Rumanía y las de la cobeligerante Finlandia.

Hasta que la llegada del invierno lo cambió todo. Una columna de la 1.ª Div. Panzer.

Hasta que la llegada del invierno lo cambió todo. Una columna de la 1.ª Div. Panzer.

Sin duda el mundo hizo bien en contener el aliento, pues Alemania acababa de colocarlo todo en la balanza en una apuesta que hoy, sabiendo cómo sucedieron las cosas, puede parecer descabellada, no es momento este de hablar de las posibilidades reales de una victoria alemana, pero que entonces no lo parecía en absoluto.

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