Las crónicas hablan de la marcha hacia Berlín, de cómo el periodista ruso consigue hacerse con un vehículo que lo lleve hasta la ciudad atacada, y del encontronazo con el cadáver colgado de un puente de un alemán, ahorcado por los suyos por derrotista. Sin embargo, a la hora de narrar la batalla por la ciudad, callan… hasta llegar al momento supremo.

Camino a Berlín, un T-34 cruza un canal.

“Cuando amaneció, todos los que estaban en la casa de Himmler –el ministerio del Interior–, se asomaban a las ventanas. Querían ver el Reichstag, pero un voluminoso edificio gris se interponía. Neustroyev, el comandante del batallón, estaba en pie ante una ventana del sótano, mirando hacia fuera él también. A la derecha había árboles, a la izquierda se extendía una zanja, desnuda y oscura. Olía a primavera, y a las hojas marchitas del año anterior. La niebla aún no se había levantado. El tejado goteaba. Neustroyev vio un edificio cuadrado plantado más allá de los árboles. No le pareció muy grande. Aunque es cierto que tenía una cúpula, y torreones, no parecía que fuera especial. Los soldados, mirando hacia él, estaban convencidos de que el Reichstag debía de estar allí fuera, en algún lugar, pero. ¿Dónde?

Otro jefe de batallón, Davydov, dijo que se veía muy mal desde el sótano, que la vista debía de ser mejor desde los pisos superiores. Ascendieron dos pisos y miraron al exterior. La niebla seguía alzándose desde el Spree. Allá lejos se hallaba el Tiergarten, desolado. Todo estaba quieto. Miraron hacia una plaza llena de surcos de las trincheras. Vieron carros de combate en las profundidades del parque, cañones autopropulsados y postes con avisos. Allí estaba el río. ¿O era un canal? Desde aquel punto, el edificio con la cúpula y las torretas imponía más.

Ingenieros soviéticos en la orilla del Spree, Berlín

Llegó un mensajero. Requerían a Neustroyev por teléfono. Descendió al sótano a toda prisa. Era Shatilov, el comandante de la división, que quería saber por qué no estaba atacando. ‘Camarada setenta y siete, el edificio gris está en medio’. ‘Espere un momento, ¿qué tipo de edificio?’. ‘Justo frente a nosotros, tendré que rodearlo’. Tanto Neustroyev, al teléfono en el sótano, como el comandante divisionario en su puesto de observación en Alt Moabit, se inclinan sobre sus mapas.

El comandante regimental Sintshenko entró en el sótano. Había establecido su puesto de mando junto al río, justo al lado de la embajada suiza. ‘¿Qué es lo que le cierra el camino? ¡Deme el mapa!’. Lo enrollan y se lo pasan. ‘Puente de Moltke, Spree, ministerio del Interior… Pero, Neustroyev ¡Ese es el Reichstag!’. El jefe de batallón había considerado imposible que ese edificio gris y cuadrado, tan cerca de su ventana, fuera el Reichstag. Creía que se encontraba mucho más lejos. La sorpresa de Neustroyev era comprensible. ¡El camino a Berlín ha sido largo!

El edificio gris

Samsonov, un jefe de batallón de otra división, había pensado lo mismo ‘y entonces, el edificio del Reichstag estaba justo delante de nosotros. Al principio, no nos lo creíamos’, me contó muchos años después, en un club militar de Moscú. Ese podía ser el Reichstag, pero ¿Era el correcto?  Me pregunté a mí mismo. Los prisioneros nos habían dicho que había dos edificios del Reichstag, pero no sabían cuál era cuál [N. del T.: una explicación posible para esta desconcertante noticia es que los prisioneros se refirieran, por un lado, al auténtico edificio del Reichstag, y por otro a la Ópera Kroll, donde se había reunido el parlamento alemán tras el incendio de su sede original]. Samsonov llamó al coronel Negoda. ‘Se supone que hay otro Reichstag. ¿Cuál debo conquistar?’ preguntó. El jefe divisionario se quedó pensando, y luego se rio: ‘Tome el que tiene delante, y si no es el correcto, entonces tome el otro después’. Samsonov tuvo suerte, sus soldados asaltaron el Reichstag correcto.

  1. R. says:

    Recuerdo haer leído sobre ese detalle, llegaron al centro de Berlín y un edificio les impedía la visión del objetivo, era el propio Reichstag ¡Gracias!

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