A veces, el armamento nuevo podía llegar a ser una maldición, como nos cuenta Martin McLane, suboficial del 2.º Batallón del Durham Light Infantry en Birmania, que sufrió una terrible experiencia a causa de unos subfusiles nuevos.

Martin McLane, el protagonista de nuestra historia.

Como suboficial, me tocaba recibir uno de los nuevos subfusiles Thompson, pero venían sin instrucciones. El capitán vino hasta mí y me dijo “tráigame mi Thompson, quiero probarla”. Todo el mundo quería hacerlo, eran armas extraordinarias. El capitán y yo descendimos hasta la playa, luego el cogió su subfusil y disparó. “Deténgase, señor, deténgase” grité. “¿Qué sucede?”, preguntó él. “No me gusta nada ese ruido”, le contesté. Miré hacia el mar buscando la estela de la bala… “es usted demasiado prudente –afirmó- voy a disparar”. Entonces hubo una explosión, y lo atrapé justo antes de que se derrumbara. Lo examiné para ver si estaba herido, pero no vi nada. Me sentí culpable, pero lo que había pasado no era responsabilidad mía, sino que la bala de su primer disparo se había quedado atascada en el cañón. ¡Así podía esforzarme tratando de ver la estela en el agua! Y la segunda bala había hecho estallar el arma al topar con la primera.

                Por fin decidieron enviarnos al frente, donde ocupamos las posiciones anteriormente guarnecidas por un batallón indio cuyos combatientes tenían los nervios a flor de piel, y con razón. Cuando los japoneses descubrían una posición defensiva, arrojaban explosivos contra ella con la esperanza de que los defensores empezaran a disparar para así poder localizarlos. A nosotros nos dijeron que bajo ninguna circunstancia disparáramos antes de ver el blanco de sus ojos, y así lo hicimos.

Un soldado británico, en este caso de los Royal Scots, apuntando con una Thompson. Probablemente en una foto posada.

                Unos días después se decidió lanzar un ataque contra sus cuatro posiciones más fuertes. Nosotros estábamos cerca del mar, donde el terreno es muy llano, mientras que otros estaban posicionados en la jungla, donde también estaban parcialmente al descubierto. Además, cuando llegaba el monzón el agua descendía de las crestas y abría auténticos canales en la tierra, y ahora teníamos ante nosotros tres de estos canales, ya secos, que había que cruzar para atacar. Mi compañía tenía como objetivo dos posiciones japonesas. Su sistema defensivo consistía en cavar un gran agujero en el suelo, y luego disponer troncos de árbol para obtener un bunker de dos pisos capaz de resistirlo todo. Justo antes del ataque, uno de nuestros soldados vio, desde un puesto de observación, como los japoneses trasladaban municiones a esos búnkeres, y tomamos la decisión de enviar al pelotón de guerra irregular, un grupo de soldados del batallón que habían sido entrenados como comandos con el fin de enviarlos a ejecutar operaciones especiales.

                El teniente Wilson debía ser el encargado de llevarlos al otro lado del chung (esos cauces secos), cerca de la playa, y luego de cubrirlos hasta que llegaran a Fall Point, donde podrían tender una emboscada a los soldados de suministro japoneses. Todos nuestros hombres llevaban subfusiles Thompson y granadas, estaban vestidos como los comandos y tenían el rostro pintado de negro. Yo estaba en nuestro puesto de observación justo cuando iban a atacar, esperando oír los disparos de las Thompson, pero solo pude oír las explosiones de las granadas. Entonces, de repente, vi llegar a nuestros compañeros del grupo de guerra irregular, corriendo y echando pestes; sus Thompson se habían encasquillado, o habían explotado, exactamente como la del capitán.

El emblema del Durham Light Infanty, cuyas aventuras birmanas seguiremos en algunas entradas.

                Tendría que haberse hecho una investigación para descubrir los motivos del encasquillamiento y la explosión, pero nunca sucedió. Como estábamos en guerra, primero se dedujo que el problema era que el cañón estaba sucio, pero aquel día acababa de ordenar que se limpiaran las armas. Luego se dijo que las municiones americanas no eran estancas, el fulminante estaba húmedo y no propulsaba la bala con suficiente fuerza para que llegara a salir por el cañón, y la segunda bala, que era disparada después automáticamente, hacía estallar el subfusil. Por suerte, nadie fue herido de gravedad, mi compañía fue retirada del frente y nos cambiaron las municiones.

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