Ediciones Salamina acaba de publicar una nueva edición y traducción del clásico de Herbert A. Werner sobre la guerra submarina en el Atlántico y el Mediterráneo durante la Segunda Guerra Mundial. Os dejamos en primicia la Introducción que hace el propio Werner a su libro.

Este libro, que relata mis experiencias personales en la Fuerza de Submarinos alemana durante la Segunda Guerra Mundial, cumple con un antiguo compromiso. Desde el final de esa devastadora guerra, el papel de la Fuerza de Submarinos ha sido distorsionado y subestimado en algunas ocasiones, incluso por historiadores militares que deberían de haberlo conocido mejor. Como yo fui uno de los pocos comandantes de submarino que luchó durante la mayor parte de la guerra y que logró sobrevivir, sentí que era mi deber para con mis camaradas caídos poner las cosas en su debido lugar. Yendo al grano, el deber era la primera y la última palabra en el léxico de los hombres de los U-Boote y, pese a las afirmaciones en sentido contrario, cumplimos con nuestro deber con una gallardía y corrección no superadas por ninguna otra arma en servicio en los bandos en liza. Éramos soldados y patriotas, ni más ni menos, y en la consagración a nuestra causa perdida morimos alcanzando cifras aterradoras. Pero la gran tragedia de la Fuerza de Submarinos no fue solo que pereciesen tantos buenos hombres, sino que nuestras vidas fueron despilfarradas a causa de un material inadecuado y unas políticas inadmisibles del Cuartel General del Arma Submarina.

En retrospectiva, la importancia crucial de la Fuerza de Submarinos resulta evidente a todas luces. Con independencia de que Alemania pudiese haber ganado o no la guerra, la había de perder con toda certeza si la gigantesca producción de las fábricas norteamericanas llegaba al Reino Unido en la cantidad suficiente. Sobre esta premisa se trazaron las líneas para la épica «Batalla del Atlántico», en la que los submarinos fueron la vanguardia de la defensa de Alemania. Nada menos que una autoridad de la talla de Winston Churchill declaró, «la batalla del Atlántico fue el factor dominante durante toda la guerra. Nunca, ni por un momento, podemos olvidar que todo lo que pasaba en otras partes, en tierra, en el mar, o en el aire, dependía en última instancia de su resultado y, por encima de todas las demás preocupaciones, seguíamos día a día sus fortunas cambiantes con temor». Resulta significativo que Churchill, que conocía muy bien los estragos de la Luftwaffe y los cohetes V-1 y V-2 alemanes, escribiese también: «Lo único que realmente me asustó durante la guerra fue la amenaza de los U-Boote». Visto desde el otro lado de la colina, la fortuna de Alemania en la guerra discurrió estrechamente en paralelo al auge y la caída de la Fuerza de Submarinos. Para mí, la relación se hacía más obvia cada vez que llegaba a puerto después de una larga patrulla.

El desencadenamiento de las hostilidades en septiembre de 1939 cogió por sorpresa a la Marina de Guerra alemana; la Fuerza de Submarinos, en particular, no estaba preparada en absoluto para el conflicto. El motivo venía impuesto por un tratado firmado por Alemania y Gran Bretaña en 1935 que limitaba la fuerza naval germana al 35 por ciento de la británica con el fin de mantener el frágil equilibrio de poder existente en ese tiempo. En 1939, Alemania tenía 57 submarinos en servicio, de los que 52 eran de pequeño desplazamiento, capaces únicamente de llevar a cabo pequeñas misiones costeras. Los otros cinco U-Boote eran sumergibles más grandes diseñados para realizar patrullas de largo alcance de ocho semanas de duración. Sin embargo, del total de 57 unidades, 18 fueron asignadas a los programas de entrenamiento de nuevas tripulaciones. Por tanto, solo había 39 submarinos operativos disponibles para hacer frente a la Marina de Guerra británica, a su gigantesca flota mercante, a las marinas y flotas mercantes de los aliados de Gran Bretaña y a una cantidad inagotable de buques neutrales que surcaban los mares contratados por los Aliados.

En cualquier caso, el primer año de guerra submarina fue extremadamente exitoso para Alemania. Aunque la Fuerza de Submarinos perdió 28 unidades, destruyó un portaaviones británico, un acorazado, cinco cruceros, tres destructores, dos submarinos y 438 buques mercantes, sumando un total de 2,3 millones de toneladas brutas. Además, en el verano de 1940, tras la rendición de Francia, nuestros submarinos fueron desplegados gradualmente hacia el sur, a los puertos franceses del golfo de Vizcaya. Esta reubicación acortó nuestras rutas de ida y vuelta al Atlántico y señaló el comienzo una nueva fase de la guerra en el mar –las grandes batallas de convoyes.

De forma simultánea, el almirante Karl Dönitz, comandante en jefe de la Fuerza de Submarinos desde 1935, lanzó un ambicioso programa para construir la mayor flota de sumergibles de la historia. El U-Boot más avanzado de su tiempo, el Type VII, se convirtió en el submarino estándar del Atlántico; tenía un desplazamiento de 770 toneladas y una autonomía de 9.000 millas náuticas. En el transcurso de la guerra se construyeron 694 submarinos de este tipo, siendo actualizados periódicamente con la incorporación de nuevas mejoras; fueron los responsables de alrededor de un 90 por ciento de las pérdidas de buques aliados. Además, se construyeron más de 200 submarinos de mayor tamaño para el sembrado de minas, el transporte de materiales de guerra esenciales y, lo más importante, el reabastecimiento de los submarinos de combate en el mar con gasoil, torpedos y provisiones.

Gran Bretaña sintió pronto el aguijón del impulso de este programa de construcción. La guerra submarina sin restricciones contra las rutas de convoyes del Atlántico Norte resultó en la destrucción de 310.000 toneladas de buques en un periodo de cuatro semanas en el otoño de 1940. Las pérdidas aliadas se elevaron a 142 buques, con un total de 815.000 toneladas, en un periodo de dos meses en la primavera de 1941, y un año y medio de operaciones submarinas costó a los Aliados más de 700 barcos, con un total de 3,4 millones de toneladas hundidas. Churchill escribió en la hora más oscura de Gran Bretaña: «La presión se intensificó cada vez más y nuestras pérdidas de barcos superaban aterradoramente nuestra capacidad de construcción… Entre tanto, las nuevas tácticas de “manadas de lobos” … fueron aplicadas rigurosamente por el temible Prien y otros excelentes comandantes».

En mayo de 1941, cuando presencié la primera de mis batallas de submarinos, nuestros ataques contra las rutas de navegación resultaban en triunfos abrumadores; las contramedidas aliadas –el uso del radar, la vigilancia aérea y un nuevo tipo de destructores y escoltas de convoy- estaban todavía en su infancia y no suponían una amenaza seria para nuestros incursores. Esta situación no cambió con la incorporación de los 50 destructores norteamericanos cedidos a la Marina británica como parte del Programa de Préstamo y Arriendo anglo-norteamericano. Para finales de 1941, nuestra confiada asunción de la obtención de una victoria total parecía estar al alcance de la mano: las pérdidas aliadas de ese año ascendieron a 750 buques mercantes que totalizaban casi 3 millones de toneladas.

Mapa de cuadrantes de un U-boot. Incluido como tríptico en el libro. Además, versión facsimil de regalo a escala 60x42cm comprando en la tienda online

Poco después de que Estados Unidos entrase en la guerra, los U-Boote extendieron sus teatros de operaciones a la costa este norteamericana y atacaron allí al tráfico mercante con resultados devastadores. Durante los primeros seis meses de hostilidades contra Estados Unidos, nuestros submarinos hundieron 495 buques que ascendían a un total de 2,5 millones de toneladas. Aparte de patrullar nuestras áreas de caza del Atlántico Norte y el mar Caribe, los U-Boote merodearon por el Atlántico Sur, el Mediterráneo y el mar Negro, y unos pocos aparecieron incluso en el Pacífico. En 1942, el año más exitoso de la historia del arma submarina alemana, fueron enviados al fondo más de 1.200 buques aliados, casi 7 millones de toneladas.

Pero marzo de 1943, que elevó los éxitos de la guerra submarina a su punto álgido, trajo también consigo el desastre. Ese mes, la Fuerza de Submarinos hundió alrededor de 750.000 toneladas de buques aliados, pero sufrió un desconcertante y abrupto incremento de sus pérdidas. Este giro inesperado de acontecimientos fue el pistoletazo de salida de una contraofensiva aliada cuidadosamente preparada. Los Aliados habían desarrollado muchas armas nuevas, entre las que se incluían los buques rápidos de escolta, pequeños portaaviones y un dispositivo de radar muy mejorado. Habían producido y ensamblado una gran cantidad de escoltas, aviones de ataque basados en portaaviones y bombarderos de largo alcance basados en tierra. Poniendo en liza todos estos elementos en abril, los Aliados contraatacaron con una superioridad numérica y técnica tan abrumadora que nada menos que un 40 por ciento de nuestra fuerza de submarinos fue destruida en unos pocos meses. La contraofensiva aliada revirtió para siempre las tornas de la batalla. Casi de la noche a la mañana, los cazadores se habían convertido en los cazados y, durante el resto de la guerra, nuestros submarinos fueron masacrados a un ritmo terrorífico.

La Fuerza de Submarinos trató desesperadamente de hacer frente a la contraofensiva, pero fue en vano. En 1943, cuando era primer oficial del U-230, perdíamos submarinos más rápido de lo que podíamos reemplazarlos. Para el verano de 1943, nuestras cifras de hundimientos de buques aliados se habían reducido a una media mensual de 150.000 toneladas –en un tiempo en el que la capacidad de construcción aliada era de un millón de toneladas al mes.

La cruda y evidente realidad era que los U-Boote se habían quedado obsoletos. En esencia, habían sido durante demasiado tiempo buques de superficie que solo se sumergían de forma ocasional para permanecer ocultos mientras lanzaban un ataque o escapaban de un perseguidor. La Marina desarrolló el esnórquel, un dispositivo que permitía que el submarino recibiese un influjo de aire y pudiese recargar las baterías estando sumergido durante su patrulla. Pero el esnórquel no comenzó a utilizarse de forma generalizada hasta marzo de 1944, diez meses fatales después de la contraofensiva aliada; y pasaron otros cinco meses antes de que este dispositivo salvavidas se instalase en submarinos más antiguos. Tendría que esperar a agosto de 1944, cuando zarpé en mi quinto submarino, el segundo de mi mando, a que el esnórquel nos evitase el constante juego de emerger a por aire a vida o muerte para tener que efectuar una inmersión de emergencia minutos más tarde ante los sofisticados ataques de los aviones y los destructores aliados. Además, el esnórquel por sí solo distaba de ser la respuesta adecuada a los grupos aliados de aviones y destructores. El U-Boot era todavía peligrosamente lento y altamente vulnerable en general, y sordo e indefenso en particular, cuando utilizaba el esnórquel.

La única solución viable era la de un submarino radicalmente nuevo. Varios de estos tipos habían estado en las mesas de diseño alemanas durante años: fueron diseñados para navegar sumergidos durante horas a mayores velocidades que un destructor, disparar desde una profundidad segura y llevar el doble de torpedos que los submarinos convencionales. Estas maravillas submarinas fueron la eterna promesa a la Fuerza de Submarinos. Pero no comenzaron a producirse hasta el colapso de la guerra submarina y muy pocas unidades lograron ponerse en servicio a tiempo de entrar en acción.

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De este modo, la Fuerza de Submarinos se vio obligada a luchar con lo que tenía, consiguiendo en el último año de la guerra apenas algo más que su destrucción. Una tras otra, nuestras tripulaciones zarparon obedientemente, incluso con optimismo, en pos de ridículas misiones que terminaban con su muerte. Los pocos comandantes veteranos que aún operaban fueron diezmados a pesar de su experiencia en el arte de la supervivencia. Los capitanes nuevos, incluso con tripulaciones veteranas, no tenían prácticamente ninguna posibilidad de regresar de sus primeras patrullas.

Cuando finalmente cesaron las hostilidades en mayo de 1945, el fondo del océano estaba atestado con los restos de la guerra submarina. Nuestros U-Boote habían destruido 2.882 buques mercantes que totalizaban 14,4 millones de toneladas brutas; además, los submarinos habían hundido 175 navíos de guerra aliados y dañado 264 buques mercantes que comprendían otros 1,9 millones de toneladas. A cambio, habíamos pagado un precio increíble: de los 1.150 submarinos alemanes que entraron en servicio, 779 resultaron hundidos, dos fueron capturados, y el resto fueron barrenados o se rindieron tal y como se ordenó al final de la guerra. De un total de 39.000 hombres en filas, la Fuerza de Submarinos perdió a 28.000 tripulantes y otros 5.000 fueron hechos prisioneros. Esto representa un 85 por ciento de bajas. Sin embargo, ni siquiera estas cifras revelan toda la magnitud del desastre sufrido por la fuerza de submarinos. Debido a que solo 842 U-Boote entraron en combate y a que se perdieron 781, podemos concluir que el 93 por ciento de la fuerza operativa de submarinos fue aniquilada. En términos concretos, el peaje parece incluso más impactante. Nuestra enorme Fuerza de Submarinos en el Frente del Atlántico quedó reducida a unas meras 68 unidades operativas al tiempo que los Aliados invadían Francia en junio de 1944 y, de éstas, solo quedaban tres submarinos a flote al final de la guerra. Uno de los tres supervivientes era el U-953, del que yo era Capitán.

Mi relato de la lucha submarina ha sido escrito con la ayuda de notas que tomé durante la guerra y de fotografías y cartas que logré salvar de la hecatombe en el continente y del desastre en el mar. Aunque me he valido en buena parte de la memoria, mis recuerdos son todavía desagradablemente vívidos y así seguirán, me temo, hasta que su perseverancia se vea neutralizada con mi muerte. Además, me aseguré de la secuencia apropiada de los acontecimientos basándome en una guía publicada por Heidenheimer Druckerei und Verlag GMBH que recoge el destino de cada submarino. Todos los U-Boote son mencionados con su numeral U. Las fechas y las horas de los acontecimientos son muy próximas a las correctas y en algunas ocasiones precisas al minuto. Los mensajes de radio, incluidos los transmitidos por el Cuartel General y por los submarinos, han sido cuidadosamente reconstruidos. Las tres largas transmisiones del almirante Dönitz son transcripciones exactas.

No menos auténticos son ciertos hechos sorprendentes del libro –episodios que son poco conocidos o que llevan largo tiempo olvidados. Más de un oficial de la Marina norteamericana puede dar fe del hecho de que los navíos de guerra estadounidenses, incluidos los destructores Greer, Reuben, James y Kearney, efectuaron ataques contra submarinos en fecha tan temprana como el verano de 1941, librando así una guerra no declarada contra Alemania. Todavía no he visto publicada ninguna referencia a una sorprendente orden cursada por el Mando de Submarinos justo antes de la invasión aliada de Normandía. Ordenaba que los comandantes de quince submarinos atacasen a la vasta flota de invasión y, una vez que hubiesen agotado sus torpedos, destruyesen un barco embistiéndolo –esto es, cometiendo suicidio.

Cada persona nombrada en el libro es real. Los dos comandantes bajo los que tuve el inmenso honor de servir son llamados por sus verdaderos nombres. También lo son otros capitanes de submarinos y oficiales de flotilla distinguidos, muchos de los cuales fueron mis amigos. También lo serán mis camaradas más cercanos en las batallas en el mar y en las escapadas en puerto; tristemente, casi todos ellos están muertos. Para proteger a los vivos, he cambiado algunos nombres; no hubiese sido nada caballeroso revelar el nombre de mujeres a las que conocí y que hace mucho tiempo que son fieles esposas de otros hombres. Pero este libro pertenece a mis camaradas caídos, fulminados al por mayor en la flor de la juventud. Espero honrarlos como se merecen. Si he logrado transmitir al lector la antigua lección que cada generación parece olvidar –que la guerra es el mal, que siembra la muerte entre los hombres-, entonces consideraré que esta es mi obra más constructiva.

Herbert A. Werner

Además, si estás suscrito y eres miembro del Club Salamina, te llevas de REGALO también el cuarto número de la colección exclusiva Boletín Salamina, La Guerra Submarina hasta 1945. Un estudio que recorre desde la Primera Guerra Mundial hasta 1945 el desarrollo de la guerra submarina en las dos contiendas mundiales y todos los avances tecnológicos que fueron apareciendo para contrarestar el potencial de los submarinos. Un excelente estudio que viene muy bien para complementar técnicamente las memorias de Werner.

FICHA DEL LIBRO:

Traductor: Hugo A. Cañete
Tamaño: 15×23 cm.
Nº de páginas: 432
Incluye 36 páginas de fotografías, 8 de ellas a color.
Incluye un tríptico desplegable a color.
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda con solapas y cosido con hilo.
ISBN: 9788412192346
Año edición: febrero 2021
Precio: 24€

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