Dejamos el otro día al príncipe Borghese de la Xª Flotilla MAS intentando convencer al almirante Doenitz sobre la viabilidad de un ataque al puerto de Nueva York.

Borghese asentía rememorando todo lo sucedido en los últimos quince meses. Aparte de un crucero pesado, el HMS York, se habían hundido tres buques mercantes con un desplazamiento total de 32.000 toneladas en el ataque a la bahía de Suda. Luego en el mes de septiembre en Gibraltar, mandaron al fondo del mar al gigantesco petrolero Denby Dale, y los torpedos de la Décima habían hundido también al buque Durham y al petrolero Fiona Shell.

Además, en el brillante ataque del mes de diciembre al puerto de Alejandría seis torpedos humanos de la Décima Flotilla habían dejado fuera de combate a un petrolero de 10.000 toneladas y a los dos últimos navíos de línea de la Royal Navy basados en el Mediterráneo, el Queen Elizabeth y el Valiant, de 32.o00 toneladas cada uno.

Entonces Doenitz retomó la conversación sacando al príncipe italiano de sus pensamientos: pero hacen falta más que buenas credenciales para garantizar el éxito en un ataque contra Nueva York. Llevará, como mínimo, muchos meses de una cuidadosa planificación y de preparativos, un esfuerzo superlativo en la parte que a todos nos concierne, y una prodigiosa cantidad de buena suerte. Dígame, ¿que espera de mí desde el punto de vista de la asistencia y el apoyo?

Borghese se relajó. Por primera vez desde que había comenzado la velada con Doenitz, tuvo la sensación de que el almirante alemán mostraba un interés por cooperar. El almirante Bertoldi, agregado de la Regia Marina en Berlín había sido incapaz de lograr que el Alto Mando alemán se implicara de un modo u otro en la pretensión de atacar Nueva York.

Pero ahora, en París, parecía que Doenitz tenía al menos la intención de escuchar los pormenores de la misión, y quizá, de implicarse personalmente en lograr que se llevara a cabo. De ser así, no habría ninguna razón que impidera ejecutarla. Borghese vio el momento de curarse en salud: Naturalmente, no puede haber garantía de éxito. Está usted en lo cierto de que esta misión requiere algo más que buenas credenciales, pero como puede ver no es que estemos planteándonos el simplemente intentarlo, es que estamos ansiosos de llevarla a cabo. Y hasta ahora hemos demostrado que sabemos qué hacer y como hacerlo.

Doenitz mostró estar de acuerdo y Borghese continuó: lo que le pido es poder acceder a sus archivos en busca de informes relativos a puertos estratégicos de Norteamérica, Brasil y Sudáfrica. Y no se extrañe por estos últimos. Si tenemos éxito en Nueva York podremos planificar ataques similares contra Freetown y contra los demás enclaves. No obstante, Nueva York es el objetivo principal. Me gustaría revisar informes sobre el volumen de tráfico en el puerto, los amarraderos habituales de los navíos de guerra, las zonas de reunión de los convoyes, los sistemas defensivos, las características hidrográficas y cualquier información de este tipo que esté disponible.

Proponemos emplear uno de nuestros submarinos oceánicos, preferiblemente el Leonardo Da Vinci, que se encuentra actualmente en Burdeos, y remodelar su cubierta para que pueda llevar dos de nuestros submarinos enanos, cada uno armado con dos torpedos. El Da Vinci transportaría los submarinos y otras unidades de asalto hasta la bocana del puerto de Nueva York. Allí abandonarían el submarino y se dirigirían a sortear las redes de protección del puerto. Nuestros hombres son expertos en eso. No tendrán ningún problema en adentrarse en el río Hudson y efectuar su ataque.

Doenitz lo miró intrigado: ¿y luego? Borghese lo miró con exitación: psicológicamente supondría un gran golpe para Estados Unidos. Desde el punto de vista militar los forzaría a mandar de vuelta a algunas de sus unidades de alta mar para emplearlas en misiones de defensa costera. No sabrán donde o cuando esperar el siguiente ataque. ¿Quizá Boston? ¿Norfolk? ¿y el resultado?, en primer lugar más libertad de acción y mejores condiciones para desempeñar las operaciones de combate para usted en su guerra contra las rutas de convoyes. También el extendimiento del miedo y el pánico por Estados Unidos y una tremenda inyección de moral para todos los hombres que luchan por la causa del eje.

Doenitz quiso indagar más detalles. ¿Esta misión estara bajo su mando directo? El príncipe Borghese asintió: sí, desde que zarpemos hasta que ataquemos en Nueva York. Doenitz siguió interpelando: y ¿quién estará al mando de toda la operación? Borghese respondió: el operativo completo estará bajo la supervisión del almirante duque de Alimone di Savoia, sobrino del rey.

Ya veo, musitó Doenitz. El almirante alemán escudriñó fíjamente unos momentos a su invitado. Finalmente dijo sonriendo: Me gusta. Le apoyaré en todo lo que esté a mi alcance. Por el momento, y durante su estancia en París, considerese un oficial con privilegio de mi estado mayor. Me encargaré de los detalles esta noche.

A continuación daré orden para que pueda usted acceder a mis archivos y le asignaré oficiales para que le ayuden a organizar la información que necesite. Respecto a la utilización que haga del material, confiaré en su buen juicio y su buena fe.

Borghese asintió. Seré discreto, almirante. Y no le defraudaré. Agradezco la confianza que muestra en mí y su apoyo y colaboración.

Suena bien, dijo Doenitz con una sonrisa. De hecho suena magnífico. Así que olvidemos las restricciones que nos marcan los tiempos de guerra y bebámonos otra botella de vino para brindar por el éxito. Una última pregunta, ¿cuándo planea realizar su ataque?

Borghese respondió: Cuando menos se lo esperen. En el momento perfecto para asestar un golpe  psicológico, la Nochebuena de 1943.

Viene de Nueva York, la Xª Flotilla MAS y el Almirante Doenitz (1ª Parte)

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