Tal y como prometimos hace unos días, traducimos en esta entrada y las siguientes, el testimonio de Polimann, Teniente del 137º de Infantería y abad en la vida civil, especialmente interesante no solo por la polémica de la trinchera de las bayonetas, sino también como descripción de lo dura y confusa que llegó a ser la primera guerra mundial.

Esta foto ha sido identificada como la de la trinchera que quedó enterrada. Si no lo es, sin duda fue una muy similar

Estamos a 11 de junio de 1916.

“Un bombardeo de Verdún particularmente violento hace que los dos batallones de línea sufran pérdidas enormes. Instalados en cráteres de obús, vagamente organizados, todos tenemos la misma orden, muy clara: resistir en nuestras posiciones.

Varios alemanes se nos habían rendido ya, informándonos de que un ataque es inminente.

En torno a las cinco de la mañana, mientras el bombardeo continúa sin pausa, aprendo que mi colega y amigo el Teniente Grenier, Vicario de Bernay, acababa de ser inhumado junto con algunos de sus Tenientes y parte de sus enlaces. Es el comienzo del hundimiento.

Entonces fui designado por el coronel de mi regimiento para tomar el mando de la 3ª compañía, que como oficiales tenía, aún, tan solo un Teniente y un Subteniente.

Limpia y pulcra trinchera «de museo». Tal vez así es como las veían en los grandes cuarteles generales sitos en los castillos.

Con la noche a punto de caer, el bombardeo se hizo menos intenso. Inmediatamente aproveché este momento de calma para reorganizar mi compañía.

El enemigo, que quería encontrar las brechas abiertas en nuestras líneas por su bombardeo, desencadenó varios ataques a pequeña escala.

El bombardeo, atenuado en torno a media noche, retomó fuerza a las 03:00 horas, con una violencia inaudita. Un prisionero que hice en ese momento me certificó que nos hallábamos en presencia de fuerzas considerables, listas para atacar.

En torno a las 05:00, la artillería enemiga, concentrando su fuego, añadió proyectiles de humo y gas a los de metralla, hasta conseguir oscurecer la luz del sol naciente. El humo era tan espeso que apenas podíamos ver a diez pasos, sin embargo los hombres permanecían en sus troneras, y junto a mi tenía tres ametralladoras listas para disparar.

A las 05:30 uno de mis hombres gritó: “Vienen los boches”; miro sin poder ver nada; pero a pesar de ello ordeno a las ametralladoras que abran fuego y doy la absolución a toda mi compañía; lentamente, ordeno que se calen bayonetas y que se preparen las granadas. Ordeno también a cada uno de mis hombres que esté alerta. Pero resulta imposible ver a través de esta cortina opaca de humo y bruma, a pesar de la cual nuestras ametralladoras hacen un buen trabajo. Siegan la primera oleada de asalto, y apenas unos pocos bávaros consiguen llegar hasta nuestras trincheras; los granaderos se encargan de ellos.

Sin embargo, la realidad, durante la batalla, era mucho más desagradable.

Pensaba que el ataque enemigo había fracasado por completo, pero poco después, habiéndose disipado el humo, me pareció ver, bastante lejos por detrás de mi posición, filas de tiradores que no pude identificar. De inmediato me vino a la mente la horrible idea de que podríamos haber sido flanqueados. Me la confirmó uno de mis sargentos, que habiendo sido herido había partido hacia el puesto de socorro para hacerse curar, encontrándose con un boche, al que abatió, justo junto al puesto de mando. Un obús enterró una de nuestras ametralladoras justo cuando las oleadas enemigas se dirigían hacia nosotros.

La artillería francesa, que durante mucho tiempo nos había parecido demasiado silenciosa, empezó a mostrarse más activa, y los obuses comenzaron a llover en torno a nosotros. Estos disparos, acogidos primeramente con entusiasmo por sus maravillosos efectos sobre los atacantes, iban a causarnos, sin embargo, graves bajas, pues un obús de 155, que cayó no lejos de donde me encontraba, enterró a mi último teniente junto con una decena de hombres de su sección.

La trinchera había quedado enterrada por segunda vez.

Sigue en Verdun: la Trinchera Cercada. El Testimonio del Abad Polimann (II/3)

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