El 6 de agosto de 1916, los italianos consiguieron por fin, a la sexta intentona, romper el frente austro-húngaro en el Isonzo, y llegar hasta el río. Para el general Boroevic, al mando del Quinto Ejército defensor, la situación tenía mal aspecto, ya que la ofensiva de Von Holtzendorff en el Tirol y las ofensivas rusas en Galizia habían provocado que se le retiraran muchas tropas, y no tenía con qué hacer frente a los embates italianos.

Erwin Zeidler von Görz, jefe de la 58.ª División

En lo que a la infantería se refiere, además de que buena parte de su 58.ª División había quedado atrapada al oeste del río, apenas tenía reservas, con lo que no podía llevar a cabo los violentos contraataques que tan bien le habían servido en el pasado para repeler a los italianos aprovechando el agotamiento de sus tropas una vez alcanzado el objetivo; con respecto a la artillería, le faltaba munición, pues muchos de sus depósitos habían sido destruidos por el bombardeo aliado, y además, el acertado fuego de contrabatería de Cadorna había acabado con buena parte de sus piezas. A todo esto, hay que añadir que Von Holtzendorff le había dado órdenes expresas de no retroceder, bajo ningún concepto. Iba a ser defraudado.

El 7 de agosto empezaron a llegar algunas reservas, como el 27.º Regimiento de Fusileros, formado por soldados de origen ucraniano o rumano, y seis batallones enviados desde el ejército del Archiduque José, al norte del Isonzo, que fueron empleados por Zeidler, jefe de la 58.ª División, para atacar con la intención de recuperar el monte Sabotino, que fue repelido. Un segundo intento, ejecutado por sus propias tropas dálmatas, dio igual resultado, y en consecuencia el general austríaco decidió que, en vez de perder las tropas que le quedaban bajo los asaltos italianos, era mejor retirarse definitivamente a la orilla este del río.

La operación entrañaba cierta dificultad pues la presión de la 24.ª y 45.ª divisiones era intensa, por lo que los dálmatas tuvieron que esperar hasta la madrugada del 8 de agosto para empezar a replegarse lentamente, dejando a retaguardia a los ametralladores para que con su fuego dieran la impresión de que el frente resistía. Unas horas después, terminado el proceso, Zeidler tuvo que enfrentarse a la cruda realidad: de los 18 000 hombres con que su división había comenzado la batalla, solo había recuperado 5000. Un desastre.

Conocedor de la retirada, Boroevic ordenó a sus subordinados que defendieran la orilla este del río durante unas pocas horas, pero Zeidler sabía que eso no iba a ser posible y se dispuso a aguantar tan solo unas pocas horas para desplazar sus tropas a una segunda línea, debidamente acondicionada y fortificada, al este de Gorizia. La cuestión quedó zanjada cuando, en un violento ataque, los soldados de la 12.ª División italiana cruzaron el Isonzo, a pie, pues iba muy escaso de agua en aquel momento, y, al final de la mañana, establecieron una gran cabeza de puente frente a Gorizia. Instantes después, la ciudad era conquistada.

No todos los ataques italianos tuvieron éxito, como atestiguan estos dos cadáveres, inspeccionados por dos soldados austríacos.

Incapaz de hacer nada, primero ordenó la retirada definitiva del 37.º Regimiento de fusileros desde sus posiciones al norte del monte Sabotino a la segunda posición, sita sobre el monte San Gabrielle, y poco después, al anochecer, el resto de la división también se retiró.

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