Una bandera en el Reichstag (otra vez) (crónicas de Subbotin VIII)

Poco después, o no mucho antes, de escribir la historia sobre como Kosharbayev y Bulatov llegaron al Reichstag con su bandera, Vassili Subbotin escribió otra pieza corta, también titulada “La bandera de la victoria”, sobre los hombres que, oficialmente, izaron la bandera soviética en lo alto del Reichstag. La réplica del título llama la atención y añada confusión a la historia de la bandera. Baste una pequeña reflexión, si se izó de noche, justo antes de las doce ¿cómo es posible que las fotografías del evento nos lo muestren a plena luz del día?

El Reichstag, cuya cúpula se ve perfectamente, así como las escaleras y las ventanas tapiadas, incluidas las del segundo piso.

“La bandera, conocida como la bandera de la victoria, se exhibe en el Museo del Ejército de Moscú. Fue alzada sobre el edificio del Reichstag el 30 de abril de 1945. Antes del ataque a Berlín, el consejo de guerra del Tercer Ejército de Choque buscó banderas rojas por todas las divisiones. Había nueve, en correspondencia con el número de divisiones que tenía el ejército. Las banderas se numeraron. La que le tocó a la 150.ª División, Idriz, llevaba el número cinco”.

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El frente del Oder (crónicas de Subbotin III)

Habíamos dejado a Vassili Subbotin caminando detrás de su guía del Komsomol por la orilla, difícil, de un canal, allá abajo en el Oderbruch, la llanura pantanosa que se extendía entre el río Óder y los altos de Seelow. Si uno trata de imaginarse el vagabundeo de aquellos dos hombres en un territorio que, según escribe el periodista, parece deshabitado, no puede evitar acordarse de la película 1917, en la que asistimos a una odisea similar. Sin embargo, no muy lejos de la senda que recorren nuestros dos protagonistas se está librando una de las batallas más encarnizadas de la Segunda Guerra Mundial: el asalto a Berlín, la pugna por terminarla.

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Camaradería. Dos soldados de una misma localidad pero de distintas unidades se encuentran durante los combates por Berlín

“De repente, nos encontramos ante una barrera de alambre de espino que salía del agua y se extendía por la orilla. Teníamos que atravesarla quisiéramos o no. Encontramos un agujero en la barrera lo suficientemente grande como para que pudiera pasar un hombre. Los alambres de espino se balanceaban peligrosamente a merced del viento. Cerca del agujero había un soldado muerto, uno de los nuestros. Lo reconocimos por su guerrera acolchada”.

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