Esta es una historia de geoestrategia, que debería dar pie a narrar algunas historias más de la Segunda Guerra Mundial. La campaña de Libia, comenzada en el verano de 1940 con la entrada en guerra de Italia, había dado al Reino Unido las alegrías que necesitaba tras el contundente revés en Francia. La ofensiva iniciada en diciembre de 1940 acabó con la derrota cuasi completa de los ejércitos italianos en el norte de África, y con Trípoli haciendo las veces de la manzana madura del huerto, lista para ser recogida, hasta que se inmiscuyeron la aventura griega y la llegada de tropas alemanas al escenario libioegipcio.

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Buque británico de la clase Dido en el canal de Suez

A partir de aquel momento se inició una confusa aventura en la que tanto británicos como germanos dieron una importancia capital al canal de Suez, pero este no era más que una excusa, un punto de paso –norte sur para los suministros británicos que llegaban a Alejandría y otros puertos de Egipto; este oeste para los alemanes, que pretendían llegar a los territorios del Levante– hacia objetivos mucho más relevantes.

Es llamativo que, mientras la lucha en el desierto adquiría, a lo largo de 1941 y casi todo 1942, una importancia mediática excepcional, la verdadera guerra era una mera cuestión de retaguardia. Desde que Rommel lanzara sus primeros asaltos contra las posiciones británicas hasta el bloqueo en torno a Tobruk en 1941, y desde la ruptura de la línea Gazala en mayo-junio de 1942 hasta un nuevo parón de las operaciones frente a el-Alamein, Alejandría solo fue una base naval principal, El Cairo un centro político y de mando de singular importancia y el canal de Suez, ya lo hemos dicho antes, un objetivo intermedio.

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Tropas australianas en Tobruk

El gran plan alemán de crear una pinza por el norte de África que fuera a encontrarse con otra que descendiera desde el Cáucaso o por Turquía no tenía Suez como objetivo, sino otro mucho más al este: Irán. La guerra llegó a los países de oriente, fundamentalmente Irak e Irán, en 1941. A los británicos, dirigidos entonces por Winston Churchill, se les pueden criticar sin duda muchas cosas, pero no la falta de previsión. Desde el momento en que llegaron tropas germanas a África, su Gobierno y sus altos mandos militares previeron la posibilidad de perder Egipto, y decidieron implementar medios para defender lo que realmente importaba: el petróleo que se obtenía en los dos países indicados.

Para ello, y aunque supuso una merma en los medios militares del general Wavel primero, y de Auchinleck, su sucesor en El Cairo, después, el Ejército británico empezó a desviar tropas y medios a Irak, más concretamente al puerto de Basora. La idea era que si se perdía Suez no quedara cerrado el frente de combate en Palestina, Jordania, Líbano y Siria, sino que este pudiera ser suministrado y reforzado a través del golfo Pérsico y del puerto antes citado. A él tendrían que llegar todos los medios militares para, a través de una serie de rutas que cruzarían el desierto Iraquí, mantener a las tropas en acción y detener a los alemanes antes de que llegaran al petróleo.

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Si uno echa un vistazo al mapa verá que defender este nuevo escenario no iba a ser fácil. El estrecho frente norafricano se ampliaba enormemente en un escenario al este del canal, y la neutralidad de Turquía adquiría una importancia crucial, pues una eventual entrada en guerra junto al Eje, o la mera permisividad a la hora de enviar tropas y suministros a través de su territorio, podía dar al traste con la defensa mejor planteada. Entonces, los británicos tendrían que retroceder más hacia el este, acercándose a Basora. Esto, durante el primer semestre de 1941.

Fue durante estos meses cuando se alzó en Irak un gobierno pro-eje dirigido por Rashid Ali el-Gailani. Este trató de entorpecer el crecimiento de la presencia Inglesa, tanto ingenieril como militar, en Basora, esgrimiendo el tratado anglo-iraquí de 1930, el cual, básicamente, permitía a los británicos establecer una serie de bases aéreas y una presencia militar en el país, pero esta solo podía incrementarse por mutuo acuerdo entre las partes, y los británicos habían iniciado la escalada a pesar de la oposición del nuevo Gobierno iraquí. Sin embargo, no cabe duda de que para Londres lo que había en juego era demasiado como para plegarse a las exigencias de un Gobierno pro-eje, cuya presencia no era, además, del todo legítima. El conflicto acabaría por estallar en la guerra anglo-iraquí de mayo de 1941, a la que sin duda nos referiremos en el futuro.

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Tropas británicas a las puertas de Bagdad

Acabada esta contienda, la situación estaba como sigue: Rommel en torno a Tobruk, los británicos incrementando su presencia en Irak para seguir defendiéndose en caso de derrota en Egipto y el Ostheer en la frontera soviética, dispuesto a iniciar el Armagedón. Y en Irán, quien sabe si alguien sospechaba algo.

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