Hagamos un viaje a las islas Salomón. En algún momento entre las dos y las cuatro de la tarde, los carros de combate avanzan a orillas del amenazado río Tenaru en Guadalcanal. Es 21 de agosto de 1942, pocos días después del desembarco de los Marines. Durante toda la mañana había habido fuertes enfrentamientos.

Eran en concreto cuatro blindados. No había armamento efectivo con el que enfrentarse a ellos. Sin embargo, uno de los carros pareció detenerse averiado. Tras una pausa, los otros tres continuaron la marcha. A medida que se acercaban, sus trayectorias divergían ligeramente. Los que parecía que parecían dirigirse al lugar donde se hallaba escondido el sargento japonés Okada eran dos. Continuaban la marcha y Okada se hizo el muerto. El primer carro se dirigía lentamente hacia él.

Okada diría: «Mi cuerpo se clavó la arena y sentí presión en dos o tres puntos de mi espalda. ¡Había pasado por encima de mí! No me lo podía creer, ¡todavía estaba vivo! Puede que la raíz protuberante de una palmera cercana hubiese protegido su cuerpo. Pero no había tiempo de pensar en ello porque llegaba el segundo carro. Misteriosamente, se detuvo cerca de Okada. La tripulación buscaba señales de presencia enemiga. En silencio, se llevó la mano a una de sus granadas por si lo veían, pero no, momentos más tarde el carro reinició la marcha. Pasó tan cerca que las cadenas le arrojaron arena encima.

En cuestión de minutos los carros norteamericanos habían pasado. El campo de batalla había quedado en silencio. No se oía ni el gemir de los heridos. En la posición de Okada casi todos estaban muertos. Como recordaría, «solo quedamos dos hombres vivos, el sargento Kuragane y yo». Kuragane estaba en un profundo pozo de tirador a unos metros de Okada. El segundo carro había pasado por encima de él. Poco después se reunieron ambos. Hablaron del modo de escapar de su apuro. Tendrían que esperar a que anocheciese y luego tratar de abrirse camino hasta sus propias líneas.

De repente, llegaron otros tres carros de combate y unos cientos de soldados que avanzaban hacia la posición de los dos japoneses disparando aleatoriamente. El ruido de los motores era ensordecedor y Okada podía oír las voces de los marines norteamericanos. Continuó haciéndose el muerto mientras los hombres del 1.er Batallón de la primera de Marines pasaban y se detenían junto a los carros cien metros más allá. Por alguna razón no lo examinaron, no lo vieron, o lo dieron por muerto.

Una vez anochecido, Okada y Kuragane se hallaban en territorio enemigo. Decidieron ponerse en marcha pasada la medianoche, con la esperanza de que la mayoría de los soldados norteamericanos estuviesen durmiendo. Entre tanto, se echaron a descansar un poco. La noche se presentó con una luna imponente que lo iluminaba todo. Okada recordaba que los marines estaban disparando sobre algún lugar, lo que a esas horas de la madrugada lo dejó algo desconcertado.

El primero de los dos en salir fue Kuragane, que salió «corriendo como un gato». Minutos más tarde, Okada oyó el estruendo de una ráfaga de ametralladora. Sin duda, le habían dado a Kuragane. Ya no se podrían reunir, como habían planeado en la orilla de otro río que había a unos 1.600 metros de distancia hacia el este.

Le llegó el turno a Okada y, en vez de ir por donde Kuragane, trató de seguir la ruta del mar, pues estaba cerca de la desembocadura del río. Si lograse nadar unos doscientos metros hacia el este estaría a salvo en sus propias líneas. Asediado por la sed, se arrastró unos treinta y cinco metros en la oscuridad y llegó a la orilla, donde bebió agua dulce mezclada con salada. A continuación, se metió en el agua hasta que le llegó al cuello y se puso a nadar. Sin embargo, la fuerza de la marea y el viento le impedían avanzar hacia el este. Okada recordaría, «todavía llevaba mi casco puesto y mi espada colgada. Me deshice de los dos. Quería regresar a la playa, pero era muy peligroso. Así que me acerqué a unos veinte metros y desde allí pude avanzar hacia el este. Caminé por el agua unos trescientos metros desde la desembocadura del Tenaru».

No había ni rastro de los marines cuando Okada llegó a la primera línea de matorral al final de la playa. Sin pensarlo, se metió en la jungla y corrió a toda velocidad al lugar donde había quedado con Kuragane. No estaba allí. Okada pensó que lo habían matado. No obstante, decidió retroceder hacia el oeste, hacia el enemigo. Según diría, «sería una desgracia para mí escapar antes que él. Me arrastré de nuevo hacia las líneas enemigas, pero fue en vano».

Pasó el resto de la noche junto a la orilla del riachuelo. Al amanecer, un avión sobrevolaba la zona ametrallando aquí y allá. Okada se quedó todo el día donde estaba. Dos días más tarde, el 23 de agosto, Okada salió finalmente de la jungla de Guadalcanal y se reunió con sus fuerzas en Taivu. Allí encontró a otros diez supervivientes de su unidad. También allí estaba Kuragane, sano y salvo. Según le contó, había pasado fácilmente las líneas norteamericanas y había llegado pronto al punto de encuentro. Esperó alrededor de una hora. Luego oyó disparos y creyó que había sido el fin de Okada.

El sargento Okada fue evacuado el 5 de octubre de 1942 gravemente enfermo y no volvió a participar en la guerra.

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