Para abrir este més de septiembre, queremos recalcar hasta qué punto podían ser distintas las vivencias de los bombardeos durante la primera guerra mundial. Para ello aportamos tres testimonios, todos ellos pertenecientes a la batalla de Verdun:

– El primero son las anotaciones hechas por un simple soldado francés, pillado bajo un diluvio de obuses. Estas anotaciones fueron hechas, supuestamente, bajo el bombardeo. Sin embargo, la tranquilidad con la que escribe el soldado nos llevan a pensar que, o bien se hallaba en un refugio muy seguro, o bien en realidad las redactó después de la batalla.

Resultados de los bombardeos en el sector de Verdún. No quedó nada por destruir.

– El segundo testimonio es el del observador de un globo de observación alemán «Drachen». Uno no puede dejar de notar el tono de euforia de la narración. Este testimonio llegó a manos francesas cuando el globo fue derribado por un avión de caza en territorio propio y el observador que iba a bordo fue capturado. Así son las cosas.

– El tercer testimonio narra el bombardeo dentro de la trinchera, y fue dado por un oficial francés con ocasión de una entrevista posterior.

Notas del soldado Ch. Cautain, de uno de los batallones del 95º RI, sito 4km a la derecha de la “Côte du Poivre”. 25 de febrero de 1916.

Sobre toda la extensión ocupada por nuestro sector, las explosiones nos sacuden hasta las entrañas. Perforantes y explosivos parecen caer del cielo, haciendo un ruido infernal. Nos han localizado perfectamente, todo explota en torno a nosotros. Una nube de humo surcada de relámpagos nos rodea. Es un redoble continuo, un estrépito abominable; motas de tierra y piedras nos golpean la espalda; las esquirlas de los obuses silban sin parar. Estoicos, esperamos bajo este diluvio de acero.

Fumo cigarrillo tras cigarrillo. Mis nervios están a flor de piel. Me gustaría levantarme, correr hacia cualquier otro lugar. Quedarme allí inmóvil, sin combatir, me exaspera. ¿Qué están esperando los alemanes para atacar? ¿Cuántas horas dura ya este bombardeo? No podría decirlo. Sigue, aún con más furia, pero no nos movemos. Como un bizcocho para distraerme, porque en realidad no tango hambre. Tengo la garganta seca, chupo un canto rodado. ¿Tenemos muertes? ¿Heridos? Me resulta imposible darme cuenta. Ni veo nada ni oigo nada en medio de este estrépito.

Un globo de observación alemán «Drachen». Eran muy fáciles de derribar por los aviones de caza, pero rindieron un gran servicio.

Feldwebel Otto Schmitt, observador de un Drachen, abatido en las líneas francesas un 22 de junio.

¡Viva!… ¡Viva!… ¡Viva!… y tres veces más. ¡Viva!… ¡Viva! Por nuestros artilleros.

Qué bonito trabajo han realizado durante esta prodigiosa jornada. ¡Y como saltan, los pobres <<franzozen>>, bajo nuestro estruendoso bombardeo! Si sigue siendo el 39º de Infantería el que está ahí, ante nosotros, no debe quedar gran cosa de él.

Espectáculo colosal y digno de admiración, que me hizo olvidar el frío, allá en mi barquilla, donde he permanecido desde las cinco hasta las diecinueve horas. Esta mañana comenzó el bombardeo sobre la primera y la segunda líneas. Calculado desde hace varios días, no hubo dificultad alguna para descubrir los rincones más efectivos que atacar, y fue un placer ver a nuestros 150 enviar volando, a gran altura por los aires las vigas de madera de los refugios.

Pieza alemana de 210mm, uno de los muchos modelos utilizados en verdún, donde la artillería alemana comenzó siendo muy superior, cualitativa y cuantitativamente, a la francesa.

Los 210 y los 380 también se pusieron a trabajar, en una palabra, toda nuestra excelente artillería, y ni un solo metro cuadrado de mi sector de observación se libró.

Era espléndido. Inmensas columnas de tierra y de humo surgían de todas partes. En medio de aquellos chorros ascendentes podía distinguir sacos de tierra, postes de las alambradas, restos varios y, también, creo, soldados, que no debían de estar pasándolo nada bien. Siempre del mismo modo, sin pausa, hasta la noche, duró esta situación. Nuestros valientes artilleros debieron pasar calor; pero también los franceses debieron de sudar, en mucha mayor medida.

Si queda alguno de este 39º regimiento digno de compasión, guardarán un buen recuerdo de la soberbia y excesiva artillería alemana.

Los cráteres de los obuses siguen allí en la actualidad, a pesar de que la vegetación ha crecido de nuevo.

Aspirant Bourdillac, oficial del 2º BCP (Batallón de Cazadores a Pie), hablando del bombardeo citado en nuestro primer extracto.

Minuto a minuto, en nuestra trinchera, el diluvio de fuego aumenta. Los árboles son arrancados, la tierra vuela hacia todas partes. Un humo agrio nos agarra la garganta. Con cada ráfaga que pasa el cuerpo se encoge, los nervios se contraen y la respiración se hace más corta, más agitada… A mi lado, el teniente Fleury se levanta: <<Bourdillat –me dice- voy a ver lo que está pasando; tengo los nervios tan tensos que prefiero moverme. >> ¡Es una imprudencia increíble!… <<No abandone su agujero, mi teniente –le digo-. Los obuses nos pasan tan cerca que es una locura. >> <<Es igual –me contesta-, prefiero andar un rato…>> Apenas se ha alzado sobre el borde de la trinchera que un obús le arranca la cabeza… Me quedo mirando estúpidamente el trozo de mandíbula inferior, que es la única parte de su cabeza que sigue unida al cuerpo, mientras que su cuello abierto arroja en la trinchera una mezcla de sangre, de médula… Es espantoso.

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