Uno de los mayores admiradores de Howe fue John Jervis, Earl de Saint Vincent (Conde de San Vicente), y el alumno más destacado e ilustre de Saint Vincent era Horacio Nelson. Howe había servido a las órdenes de Hawke, éste a las de Anson, y Anson recordaba a oficiales que habían luchado en la última de las viejas guerras contra los holandeses. La cadena de la tradición naval no se había interrumpido.

Batalla del Nilo, 1798. Explosiónd el buque insignia francés L’Orient.

Nelson zarpó por primera vez abordo de un navío a los doce años como joven guardia marina. Nacido en 1758, había servido de joven en las Indias Orientales a las órdenes de Hughes contra el líder rebelde indio Hyder Alí. Había luchado por tierra y por mar. Por tierra contra los españoles en Nicaragua y contra los franceses en Córcega, donde perdió su ojo derecho. Por mar en las Indias Occidentales, en Norte América, en el Atlántico y en el Mediterráneo, también contra españoles y franceses, perdiendo su brazo derecho en el fracasado intento de invasión de Tenerife.

Su primera gran oportunidad le sobrevino siendo comodoro, cuando participó en la batalla del Cabo de San Vicente. Tuvo lugar en 1797 y fue la causa de la concesión del título nobiliario de conde a Jarvis. Nelson había abandonado la línea sin órdenes y por propia iniciativa logró la rendición de dos navíos. Se trató de unamaniobra que su comandante en jefe no olvidaría, y cuando en la primavera de 1798 volvió Nelson a la flota con el grado de contraalmirante, recuperado de sus heridas, Jervis le ofreció otra oportunidad en la que distinguirse, dotándolo con los medios necesarios para la empresa.

Para Gran Bretaña aquellos tiempos parecían tan aciagos como los que había padecido durante la Guerra de Independencia Norteamericana. Por tierra los franceses estaban conquistándolo todo, después de haber descubierto en Napoleón Bonaparte a un prodigio cuya brillantez competía con su ambición. La flota de Jervis había tenido que abandonar el Mediterráneo, y aunque el éxito de la batalla del Cabo San Vicente había supuesto un pequeño alivio, sus efectos no perduraron. Pronto fueron olvidados tras el horror que desencadenó la noticia de que  primero los barcos del Canal y luego los de Spithead se habían amotinado.

Para más inri, estaba claro a primeros de 1798 que los franceses estaban planeando algo muy grande y en secreto. Napoleón había visitado la costa del norte de Francia y de Flandes y había escrito: «Todavía tardaremos unos años en ganar la supremacía naval. Invadir Inglaterra sin  esa supremacía es la tarea más audaz y difícil nunca acometida«. Debían encontrarase alternativas para debilitar a Inglaterra. Se consideraron y descartaron sucesivamente varias posibilidades. Finalmente Napoleón barajó la idea de que «una expedición a oriente amenazaría el comercio inglés con las Indias«. Francia no había olvidado sus esperanzas de recuperar sus viejas aspiraciones en la India. Napoleón pretendía recuperarlas y se puso de inmediato manos a la obra.

Una expedición a Oriente no solo era posible, sino deseable, y a menos que los británicos regresaran con una gran fuerza al Mediterráneo, no habría manera de evitarlo. En cuestión de semanas una vez tomada la decisión, todos los puertos principales franceses e italianos de la riviera comenzaron la frenética labor de los preparativos para un proyecto cuyo objetivo era conocido únicamente por un puñado de personas. Ambos contendientes apresuraron sus preparativos por diferentes razones. Nelson solo pasó dos días en compañía del Earl de Saint Vincent antes de partir para una misión que consistía en  descubrir lo que estaba sucediendo en el Mediterráneo, y para hostigar y de ser posible destruir a la armada francesa antes de que consiguiera su propósito cualquiera que éste fuera.

John Jervis, Earl de Saint Vincent

Nelson atravesó el estrecho de Gibraltar el 8 de mayo con tres navíos de línea, dos fragatas y una corbeta. Fue un día antes de que Napoleón llegara a Toulon. Menos de una quincena más tarde el Vanguard quedó desarbolado y casi destruido en una tormenta en el golfo de Lyon. Las fragatas de Nelson se habían dispersado y los franceses se habían esfumado con rumbo incierto. Las nuevas órdenes de Nelson decían: «Por medio de la presente está autorizado y se le ordena a proceder con su escuadrón para averiguar, por todos los medios a su alcance, el destino de las considerables fuerzas que se encuentran en Toulon, Marsella y Génova«.

Las conjeturas apuntaban a Sicilia, Malta o Corfú por un lado, y Portugal o Irlanda por el otro. Saint Vincent, dividiendo y debilitando su flota, se lo había jugado todo a que Bonaparte se dirigiría al este en vez del oeste. Para Nelson sería un pecado imperdonable dejar marchar a los franceses hacia el oeste y cruzar el estrecho del Gibraltar sin advertirlo; y no era difícil pues la galerna lo había desviado de su posición de vigilancia y se contemplaban seriamente la posibilidad de que el enemigo estuviera haciendo esto último.

Horacio Nelson – 1800

Aunque las cosas no pintaban muy bien, no eran tan serias como aparentaban. Nelson había reparado su buque insignia con la ayuda de los otros dos navíos de línea, y cuando se le unieron los otros diez navíos que debían completar su fuerza tuvo certeza al menos que lo peor no habia sucedido, pero entonces, si no iba hacia el oeste ¿dónde estaba Napoleón?

Pues estaba en Malta, donde llegó con su gran armada el día 9 de junio. Los Caballeros de San Juan llevaban décadas sumidos en una gran decadencia y los miembros franceses habían renunciado a luchar contra sus compatriotas. El Gran Maestre capituló sin mostrar apenas resistencia. En cuestión de unos días Napoleón había saqueado el tesoro de la isla, dejado las cosas en orden, puesta una guarnición en la isla y zarpado de nuevo.

Napoleón embarcado

Los capitanes de Nelson eran todos gente de mar experimentada, y cuando el almirante vio que no había ni rastro de noticias de los franceses, ni siquiera de Nápoles, que generalmente era una mina de información, formó consejo con sus oficiales. Sir James Saumarez del Orion, Troubridge del Culloden y Darby del Bellerophon. Todos estuvieron de acuerdo en que Egipto constituiría el destino más probable del ataque francés, y hacia allá se dirigió Nelson con toda rapidez.

¿Qué había de encontrarse Nelson en las costas del delta del Nilo? Lo vermos el próximo día. Sigue en Batallas Navales – 1798 La Batalla del Nilo (II)

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