Es en abril de 1942 cuando la experiencia en operaciones anfibias, cada vez mas lejos de las bases y cada vez con efectivos mas importantes, hace pensar en que sería bueno disponer de una lancha mas grande, capaz de transportar mayores efectivos a la playa desde mas lejos y en un solo viaje.
Aquí pueden verse perfectamente las dos pasarelas laterales de una LCI (L), y parte de la tropa que podían cargar.
Siendo una idea británica, su industria no alcanza a diseñar y producir el nuevo modelo a la vez que cumple las nuevas exigencias de guerra, por eso el trabajo se hará en Estados Unidos. El resultado va a ser la LCI (L), siglas de Landing Craft Infantry (Large). En castellano Lancha de Desembarco de Infantería (Grande). Estarán listas a finales de 1942.
La lancha básica de transporte de personal de los británicos fue la LCA (Landing Craft Assault, en castellano Lancha de Desembarco de Asalto).
Empezó su desarrollo en 1938, justo después de la crisis de Munich, cuando la situación en Europa empieza a apuntar directamente hacia una guerra que exigirá a la marina el traslado de tropas a diferentes escenarios continentales. En las especificaciones que se requirieron debía ser capaz de transportar 32 infantes y 5 ingenieros, todo ello con un calado inferior a 50cm.
El modelo que aceptará el almirantazgo será el fabricado por Thornycroft, aunque mejorado por el propio almirantazgo. Una nave baja y silenciosa que sin embargo aguantará muy mal la mar picada, naufragando unas cuantas por este motivo el día D.
La nave, fabricada en madera, ofrece poca protección a sus pasajeros, tan sólo unas láminas de chapa colocadas en los costados, puertas blindadas en popa y un techado sobre las cabezas de los pasajeros, que se sientan a ambos lados. El puesto de pilotaje se hallaba a proa y a estribor.
Esta lancha participará en todos los desembarcos de la guerra, empezando por Narvik en 1940. También, curiosamente, participarán a reembarques, como el de Dunquerke.
La LCA servirá de base a algunas modificaciones curiosas, como una panadería, una lancha limpiadora de obstáculos o una lancha lanzallamas.
LCA de maniobras antes del desembarco de Normandía.
Recuperamos un viejo proyecto cuya difusión no deja de tener interés en este artículo en varios tramos sobre este tipo de naves, cuya importancia fue inmensa. Hoy haremos una presentación general, y a lo largo de las próximas jornadas iremos desgranando los diversos tipos de naves que fueron empleadas por los ejércitos aliados el 6 de junio de 1944.
Esperamos que lo disfrutéis.
El equipo de Gehm.
El control del mar en la guerra ha tenido, principalmente, dos grandes finalidades en la historia del conflicto bélico: el asalto anfibio y el bloqueo. Los grandes combates navales han sido tan sólo un medio para obtener el control de una zona marítima y asegurar el cumplimiento de estas misiones sin la interferencia de la flota contraria; o impedir que la flota contraria pueda llevar a cabo este tipo de misiones.
Dentro de este tipo de misiones, la que tuvo lugar el día D fue, obviamente, un desembarco anfibio.
Los asaltos anfibios no son cosa del siglo XX, sino que son muy antiguos. Uno de los primeros de los que se tiene noticia lo protagonizaron las legiones de Julio César, cuando desembarcaron en Britania.
A lo largo de la historia los desembarcos anfibios fueron operaciones complejas: había que localizar un punto de desembarco, llegar hasta el, llevar las tropas a tierra y establecer una base estable en dicho punto o en otro cercano mejor equipado conquistado posteriormente.
Vamos a cerrar esta serie de testimonios con ración doble, dos historias, protagonizadas por los hombres que conquistaron el monasterio, los polacos del Cuerpo de Ejército de Anders. El primero es el de un oficial cadete de la 3.ª Compañía del 1.er Batallón de la 3.ª División “Cárpatos”.
Esperando el asalto o la retirada, convertidos en piedras minúsculas bajo grandes rocas.
Sabíamos que Cassino iba a ser una batalla muy importante y no queríamos perdérnosla. Nuestra misión era tomar la garganta; mi compañía debía alcanzar la cuesta que dominaba aquel barranco y proteger el avance y el asalto que llevaría a cabo la compañía que nos seguía. Íbamos muy cargados y hacía ya mucho calor. En realidad no teníamos miedo –solo cierta aprensión-. A partir de la caída de la noche progresamos lentamente entre las rocas, por en medio de la maleza. Repentinamente un obús pasó silbando sobre nuestras cabezas, y luego otro, y otro… Tenía la impresión de que estaban tendiendo un puente de hierro por encima de nosotros y me pregunté como hacían los proyectiles para no chocar unos con otros en vuelo. Más de mil cañones estaban disparando a la vez y el ruido retumbaba por las montañas. Delante de nosotros, la colina del fantasma se incendió de repente: ¡una explosión cada fracción de segundo! ¡Toda la montaña temblaba!
¿Se vieron privados los alemanes de su puesto de observación a raíz del bombardeo de la abadía de Cassino? Independientemente de si lo habían ocupado antes o no, lo cierto es que posteriormente si se instalaron en las ruinas. El Paracaidista Robert Frettlöhr, de la 15.ª Compañía del 4.º Regimiento de la 1.ª División de paracaidistas, narra su experiencia de los combates posteriores al bombardeo.
Robert Frettlöhr, durante la guerra.
El 4.º Regimiento estaba en reserva cuando, en febrero, fue bombardeado el monasterio. Y luego, el 15 de marzo, le tocó el turno a Cassino: 775 bombarderos soltaron 1.376 toneladas de bombas; recuerdo haberlos visto pasar, oleada tras oleada. Había cientos. Era la primera vez que un bombardeo semejante caía sobre el frente.
Ya hemos hablado dos veces del bombardeo, y posteriormente nos referiremos a los soldados que combatieron en las ruinas, pero hoy vamos a publicar el interesante punto de vista del teniente coronel Bradford A. Evans, piloto del avión que dirigió el ataque de bombardeo contra la abadía.
Según la leyenda, este avión sería el de Evans, cuando era mayor, aterrizando con una avería en el motor.
El monasterio de Monte Cassino se alza directamente ante nosotros. A unos 1500 pies (450 m) por encima del fondo del valle y la ciudad de Cassino, la abadía es bienvenida, en la medida en que ahora el piloto, el navegante y el bombardero pueden tener la seguridad de que han localizado el objetivo correcto.
Dentro de unos segundos el 96.º [escuadrón], los “Diablos Rojos”, va a desencadenar el bombardeo más formidable que se haya dirigido jamás contra un edificio aislado.
La semana pasada transcribimos el testimonio del artillero Douglas Lyne, que fue testigo del bombardeo de la abadía de Cassino. Hoy vamos a cambiar de bando y, aunque Cassino sigue siendo el centro de atención, vamos a reproducir el testimonio de Guido Varlese, a la sazón un muchacho de 19 años, habitante de Cassino. Sus peripecias, aunque un tanto deslavazadas, son un ejemplo interesante de lo que tuvo que vivir la población italiana.
Las primeras bombas cayeron a las nueve de la mañana. No nos lo esperábamos en absoluto porque ya había entrado en vigor el armisticio. Pensábamos que la guerra casi había terminado. Estaba en la plaza con un amigo cuando vimos las fortalezas volantes, que iban en dirección a Roma, soltar sus bombas sobre los arrabales de la ciudad. Estábamos alucinando por ver estas maravillosas máquinas voladoras, hasta que de repente nos dimos cuenta de lo que sucedía.
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