Vamos a cerrar esta serie de testimonios con ración doble, dos historias, protagonizadas por los hombres que conquistaron el monasterio, los polacos del Cuerpo de Ejército de Anders. El primero es el de un oficial cadete de la 3.ª Compañía del 1.er Batallón de la 3.ª División “Cárpatos”.

Esperando el asalto o la retirada, convertidos en piedras minúsculas bajo grandes rocas.

Sabíamos que Cassino iba a ser una batalla muy importante y no queríamos perdérnosla. Nuestra misión era tomar la garganta; mi compañía debía alcanzar la cuesta que dominaba aquel barranco y proteger el avance y el asalto que llevaría a cabo la compañía que nos seguía. Íbamos muy cargados y hacía ya mucho calor. En realidad no teníamos miedo –solo cierta aprensión-. A partir de la caída de la noche progresamos lentamente entre las rocas, por en medio de la maleza. Repentinamente un obús pasó silbando sobre nuestras cabezas, y luego otro, y otro… Tenía la impresión de que estaban tendiendo un puente de hierro por encima de nosotros y me pregunté como hacían los proyectiles para no chocar unos con otros en vuelo. Más de mil cañones estaban disparando a la vez y el ruido retumbaba por las montañas. Delante de nosotros, la colina del fantasma se incendió de repente: ¡una explosión cada fracción de segundo! ¡Toda la montaña temblaba!

                Con el sudor metiéndosenos en los ojos, la ropa de combate mojada, los pulmones sin aliento, seguimos ascendiendo. Los obuses empezaron a estallar en medio de nuestra formación. Primero pensamos que era nuestra propia artillería, que disparaba demasiado corto. La palabra en código para estos casos era “naranja”, y la enviamos por radio, pero era la artillería alemana. Entonces pedí un deseo imposible: convertirme en una de las piedrecitas más pequeñas que había allí, y quedarme bajo la roca más grande.

                Mi compañía tuvo suerte. El fuego de barrera solo atrapó nuestra retaguardia. Las compañías que nos seguían no la tuvieron. Resultado de estos bombardeos: 1.er Batallón perdió casi la mitad de sus efectivos; muertos, heridos o en estado de shock. Atacamos algunos puestos avanzados alemanes y nos posicionamos por encima de la garganta para esperar que pasara la compañía siguiente.

El ascenso por las montañas era una operación tan delicada como extenuante.

                Durante la tarde del 12 de mayo se tomó la decisión de anular el ataque y se evacuó el terreno ganado. A mí y a unos pocos nos tocó llevar a cabo la última acción. Por alguna razón nuestra sección y el comandante de la compañía no recibieron la orden de replegarse y se quedaron allí, puestos sobre la garganta, toda la noche y toda la jornada siguiente. Mirándome a los ojos mi segundo me dijo que hacían falta voluntarios que fueran a buscarlos.

                Se formó un pequeño grupo, con un teniente [y con el narrador]. “Vais a buscar una cruz” [condecoración], preguntó alguien. “Si, tal vez de madera”, contesté yo. Partimos y recuperamos a los hombres que faltaban, pero en el camino de vuelta resultó muerto el teniente, y heridos algunos de los hombres.

                Hoy en día los nombres de los soldados muertos de la 3.ª Compañía se hallan inscritos sobre la colina del Calvario, en placas de mármol. ¡1045 caídos frente a la abadía!

Paracaidistas alemanes combatiendo entre las ruinas del destrozado monasterio.

El segundo testimonio de hoy, y último de esta serie, es especialmente interesante, pues se trata del de Kazimircz Gurbiel, de la 4.ª Sección del 1.er Escuadrón del 12.º de Lanceros “Podolski”, también de la 3.ª División. Es el hombre que lideró a los primeros polacos que entraron en la abadía, y el mismo que cita el paracaidista Robert Frettlohr en nuestro testimonio del pasado lunes.

La cota 593 fue tomada el 18 de mayo en torno a las 7.00 o las 7.30 horas. Aproximadamente una hora más tarde fue enviado a patrullar con trece hombres. Dejé algunos como centinelas al pie del monasterio y, junto con la otra media docena, subimos hacia las ruinas. No disparaban, y oímos decir que los alemanes se habían ido. Por todas partes, entre las rocas, podíamos ver amapolas, amapolas rojo sangre.

La bandera polaca alzándose en las ruinas del codiciado objetivo (fotografía coloreada).

                Debían ser las 9.30 cuando penetramos en las ruinas de la abadía. Venía conmigo un silesio que hablaba muy bien en alemán. Le dije que gritara que no teníamos la intención de matar a nadie. El jefe de los alemanes, un oficial cadete, salió y nos pidió media hora de tiempo para poder preparase dignamente para el cautiverio. Un minuto antes de que se cumpliera el plazo vino hasta mí y me dijo que ya era la hora. Uno de mis lanceros me dijo: “teniente, ahí hay un agujero”. Junto con seis o siete hombres bajé hasta la cripta de San Benito. Allí había tres heridos, tendidos en el suelo. En sus ojos se veía el miedo. Gracias a la interpretación de mi silesio les dije que no se preocuparan, que no les pasaría nada. En total había diecisiete o dieciocho alemanes, y bastantes víveres como para alimentar a todo un ejército. Alzamos nuestra bandera en torno a las 10.00. Tras tantos combates, y tantos meses, el monasterio había sido conquistado.

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