Los escuadrones suicidas japoneses se conocen universalmente como kamikaze (“viento divino”; en tiempos el tifón que destruyó una flota mogola de invasión en el siglo XIII).

Este término es raramente empleado en Japón: se trata de una representación, con matices peyorativos de comportamiento insensato o imprudente, de los caracteres sino-japoneses con el mismo significado pero de transcripción más digna de shimpu (sucede lo mismo con los términos hara-kiri y seppuku, que tienen los mismos caracteres pero en distinto orden de lectura, y donde el seppuku es parte del bushido, el primer término es considerado vulgar).

Las primeras unidades suicidas “oficiales” de la Marina Imperial japonesa  fueron conocidas como Shimpu Tokubetsu Kogekitai (“Fuerza Especial de Ataque Viento Divino”), que acabó abreviándose en la mayoría de las ocasiones a Tokko-Tai (Fuerza Especial [de ataque]). En realidad tokko o toku (“especial”) no era más que un eufemismo para operaciones suicidas. Otros eufemismos de la misma especie eran tai-atari (estrellarse con el cuerpo) y jibaku (autodestrucción).

A las unidades suicidas del Ejército Imperial japonés se las denominó a menudo Thimbu Tokubetsu Kogekitai. Thimbu puede traducirse como “blandir la espada” o “reunión de guerreros heroicos”. Se ha sugerido que el término kamikaze podría haberse popularizado por los Nisei o norteamericanos de ascendencia japonesa que sirvieron en funciones no combatientes en el teatro del Pacífico, que emplearon el término para referirse a los escuadrones especiales de ataque con el mismo espíritu con el que menospreciaron la amenaza de las bombas volantes tripuladas ohka (flor de cerezo) al referirse a ellas como bombas baka (tonta o estúpida).

El hombre al que se relaciona más estrechamente con los escuadrones kamikaze es el vicealmirante Takajiro Onishi. Sin embargo, la creación de una unidad suicida “oficial” por su parte en octubre de 1944 ya había sido precedida por oficiales tanto de la marina como del ejército japonés. Tampoco pillaron a los norteamericanos de improviso con este tipo de tácticas aéreas suicidas.

En fecha tan temprana como octubre de 1940, el capitán Ellis Zacharias, jefe de la Sección del Lejano Oriente de la Oficina Naval de Inteligencia estadounidense, informó de un supuesto plan japonés para una incursión aérea por sorpresa en una base principal de la Flota del Pacífico en el que, al menos, cuatro aviones cargados de bombas tratarían de picar contra los buques de guerra que estuviesen anclados.

El almirante James O. Richardson se tomó en serio este informe y alertó a la base de San Diego, pero su sucesor, el almirante Husband E. Kimmel, le dio menos crédito cuando Zacharias volvió a advertir en marzo de 1941. No obstante, cuando se produjo el primer gran ataque en Pearl Habor no se produjeron ataques de esa naturaleza.

¿Cuál fue entonces el primer “kamikaze”? Aunque los pilotos suicidas japoneses han sido tildados por ciertos autores occidentales como “fanáticos inhumanos” y “bárbaros”, merece la pena recordar uno de los mitos de la guerra. En Norteamérica se propagó la creencia de que  el capitán piloto Colin P. Nelly, había sido condecorado póstumamente con la Medalla de Honor del Congreso por estrellarse deliberadamente con su B-17 D contra el acorazado Harina durante el desembarco japonés en Aparri, al norte de la isla de Luzón, el 10 de diciembre de 1941.

En realidad, el bombardero de este bravo oficial resultó gravemente dañado por una escuadrilla de cazas Zero mandada por Saburo Sakai cuando el B-17 regresaba de un ataque a los transportes japoneses. En realidad, Kelly sacrificó su vida al permanecer a los mandos de su Fortaleza Volante en llamas para mantener el bombardero estable y permitir que su tripulación pudiese saltar en paracaídas.

Kelly fue condecorado con la Medalla de Servicio Distinguido. La máquina propagandística norteamericana reclamó otra serie de supuestos ataques “kamikaze” por parte de algunos de sus pilotos. Y no fue solo el caso de Estados Unidos donde se dieron casos de pilotos en aparatos condenados o fatalmente heridos que sabían que iban a morir decidían hacerlo con una última embestida, si bien este tipo de actos no pueden describirse como ataques suicidas.

Seguiremos desarrollando el tema en la próxima entrada.

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