En las entradas anteriores asistimos a los primeros ataques aéreos, casi simultáneos, contra las flotas de ambos contendientes. Entre las 9.10 y las 9.25 de aquella mañana el portaaviones estadounidense USS Hornet había recibido varios impactos gravísimos. Más o menos a esta última hora, también el Shokaku recibió el impacto de al menos una bomba, que le produjo daños, pero por aquel entonces era sumamente improbable hundir un gran buque solo con este tipo de arma, y mientras que el portaaviones norteamericano había quedado muerto sobre el mar, el nipón había podido iniciar el camino de vuelta hacia la base de Truk a una velocidad de 23 nudos. La diferencia, fundamental, era que a los japoneses aún les quedaban aviones de ataque en el aire.

Battle of the Santa Cruz Islands
El Hornet, herido, con un destructor junto a su costado.

A las 9.49 horas de aquel día fatídico el vicealmirante Halsey envió un mensaje a Noumea: “Hornet herido”. Poco después, el contralmirante Murray, al mando del buque solicitó que este, en llamas y escorado sobre el mar, fuera remolcado. La buena noticia, por otro lado, era que gracias al apoyo de los destructores Morris, Russell y Mustin, cuyas mangueras estaban rociando el portaaviones de agua, los fuegos estaban bajo control.

Las cosas estaban a punto de empeorar.

A las 10.00 horas, el radar del Enterprise localizó algo a 37 km. Es imposible que los operadores, que ya debían estar al tanto de lo que sucedía, no sintieran un escalofrío. Se trataba de la escuadrilla de bombarderos en picado Val de la segunda oleada (diecinueve o veinte aparatos). No tardaron los nipones en localizar al Hornet, que seguía parado sobre el mar, y en iniciar la búsqueda del Enterprise, cuyo director de cazas se estaba enfrentando, de nuevo, a sus demonios: falta de precisión en el contacto radar, doctrina incierta a la hora de enfrentarse a diferentes ataques, un equipo de oficiales novato empezando por su jefe, el capitán de fragata Griffin. Todos estos motivos se aliaron para que los veintiún Wildcat de la TF 16 solo consiguieran derribar a dos de los bombarderos en picado. El problema fundamental era, otra vez, la falta de información sobre la altitud a la que venía el enemigo. La batalla aérea es tridimensional, y de muy poco valía, en un contexto como aquel, conocer solo el rumbo y distancia.

Cuando por fin fue avistado por los japoneses, el Enterprise navegaba en el centro de un anillo de buques de escolta formado por seis destructores dirigidos por el crucero Portland, a babor hacia proa, y el crucero San Juan, a estribor y hacia popa, ambos armados con dieciséis piezas antiaéreas de 127 mm. Además, hay que tener en cuenta la presencia del acorazado South Dakota, que al igual que el propio Enterprise, disponía de 16 cañones Bofors de 40 mm. No cabe duda que esta vez los atacantes se iban a enfrentar a un poderoso fuego antiaéreo.

Battle of the Santa Cruz Islands
La fuerza del Enterprise manibrando bajo el ataque. El buque que está efectuando un gran viraje es el South Dakota.

A las 10.15 horas, los Val entraron en aquel anillo destructor. Según los testimonios, parece que los pilotos se lanzaron sobre su blanco en un ángulo de entre 45 y 50º, mucho menor del habitual para un bombardeo en picado, una forma de operar que tal vez denotara la falta de experiencia de los aviadores que, aun así, consiguieron hacer blanco en su presa. Una bomba atravesó la parte de la cubierta de vuelo que, a proa, sobresalía sobre el casco, atravesando después el castillo de proa hasta salir del buque por el otro costado y estallar sobre el agua. Había faltado muy poco pues, si bien los fragmentos perforaron el casco y la superestructura en 160 sitios distintos y mataron a un marinero e hirieron a varios más, de haber estallado la bomba en el interior del buque bien hubiera podido quedar el Enterprise como el Hornet.

Poco después, una segunda bomba atravesó la cubierta de vuelo justo a popa del ascensor delantero y, una vez dentro del buque, se partió en dos. Uno de los trozos estalló en el hangar, destruyendo cinco aviones y acribillando dos más con fragmentos; mientras que el segundo siguió penetrando en el interior del barco hasta la tercera cubierta, donde provocó cuarenta bajas entre muertos y heridos. Una vez más, sería interesante saber qué hubiera pasado de haber permanecido el proyectil de una sola pieza.

Finalmente, una tercera bomba falló por tres metros. Dicho esto, se trataba de artefactos muy potentes y la explosión sacudió el barco de tal modo que lo hizo oscilar casi medio metro, los aviones posicionados sobre cubierta chocaron unos contra otros y un SBD cayó al mar por un costado. No era el primero, otro lo había hecho al estallar la primera bomba, y uno más había sido arrojado por los propios marinos tras incendiarse su depósito de combustible.

Photo #: 80-G-20989  Battle of the Santa Cruz Islands, October 1942
Fuego antiaéreo sobre el Enterprise, perfectamente visible en esta fotografía.

Cuando acabó el ataque el Enterprise estaba herido, pero ya hemos dicho que poco se podía hacer solo con bombas. Los pilotos de los Val supervivientes –doce habían caído a manos del fuego antiaéreo, lo que sumados a los dos derribados por los cazas suma la escalofriante cifra de catorce de entre diecinueve y veinte aparatos– informaran de haber alcanzado al enemigo con seis bombas. Así, con los dos portaaviones enemigos tocados, presumiblemente de gravedad. ¿Qué iban a hacer ahora los japoneses?

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