Eran las 8.53 horas del 26 de octubre de 1942 cuando, no lejos de las islas Santa Cruz, la flotilla aérea del capitán de Corbeta Murata Shigeharu avistó el portaaviones norteamericano USS Hornet, navegando con su escolta. Estaba más cerca el USS Enterprise, pero, oculto bajo una borrasca, los japoneses no podían verlo. A esa misma hora, a bordo del portaaviones avistado, los aparatos japoneses aún son visibles, pero saben que están allí. El crucero Northampton ha indicado con claridad la existencia de una señal “bastante grande”, y el teniente de navío Fleming, director de caza del portaaviones, envía de inmediato dos divisiones de cazas (de cuatro aparatos cada una) hacia el objetivo.

Battle of the Santa Cruz Islands
Esta fotografía, tomada desde un avión del Hornet, nos muestra a toda la TF 17 virando bruscamente para evitar un ataque aéreo.

Maniobra tal vez acertada la del director de caza del Hornet, pero la responsabilidad de defender a la flota no es suya sino del capitán de fragata Griffin, su homólogo en el Enterprise, quien ya había enviado aviones hacia el enemigo, pero con instrucciones de no alejarse más de 24 km de la base y a una altitud de 3000 (recuérdese que era la altitud a la que se mantenían los Wildcat estadounidenses para no gastar oxígeno ni combustible en exceso). Cuando poco después, el teniente de navío Hessel, del Hornet, avistó 55 aviones japoneses, estos se hallaban a 5200 m. A más de 2000 m por encima de los norteamericanos, era casi como si se hallaran en la luna.  

Informado de la fuerza y la altitud del enemigo, Griffin envió de inmediato otras dos divisiones de caza, todo lo que le quedaba en el aire, eran la 8.58 horas de aquella mañana y el capitán de corbeta Murata se estaba frotando las manos. Había pillado al enemigo, al parecer desprevenido. Inmediatamente dio la orden de ataque general. Él, al frente de la escuadrilla del Shokaku (veinte torpederos Kate y cuatro cazas Zero) descendió en picado, ganando velocidad para esquivar a los ocho Wildcat que volaban hacia él, antes de dividir su fuerza en dos subagrupaciones. Una, con once torpederos y los cazas, se dirigió hacia el sur, mientras los otros nueve torpederos volaban hacia el norte.

Battle of the Santa Cruz Islands
El grupo del Enterprise, invisible bajo la borrasca

Tras el subgrupo de Murata llegaron los veintiún bombarderos en picado Val del Zuikaku dirigidos por Takahashi Sadamu, en tres columnas de siete aparatos, escoltados por los ocho cazas del teniente de navío Shirae Ayano, y los Wildcat decidieron enfrentarse con estos en vez de perseguir a los esquivos torpederos. ¿Fue un error? Dada la caótica situación en la que había caído la gestión de los cazas norteamericanos, sin duda más valía “pájaro en mano” que “ciento volando” y, mientras los torpederos maniobraban en busca del mejor ángulo de ataque, el peligro inminente eran estos bombarderos.

Eran las 9.10 horas cuando se abrió el baile. El Hornet había virado hacia el nordeste unos ocho minutos antes, con su escolta aprestada y con toda la artillería antiaérea lista para crear una barrera de fuego ante el enemigo, pero nada de ello evitó que los aviones nipones se les echaran encima. Cuando los Val iniciaron el picado, el Hornet viró de nuevo, violentamente, para esquivar las bombas. La primera tanda cayó sobre el mar, muy cerca del puente de mando, seguida por los valientes pilotos que la habían soltado, algunos de los cuales, en su entusiasmo, habían llegado demasiado abajo como para enderezar y se estrellaron. En la segunda tanda, un proyectil atravesó la cubierta de vuelo y llegó hasta la tercera cubierta antes de estallar, dos más lo siguieron, entre el ascensor central y el de popa, en un ángulo tan llano que uno de ellas abrió un boquete en el casco a la altura de la tercera cubierta y otro un agujero de 2,13 por 3,35 m justo a la altura de las baterías antiaéreas, donde mató a mucha gente. Mientras, la tercera columna de bombarderos también se desplomó sobre el blanco, una vez más con tanto entusiasmo que uno de los Val, cayendo en vertical, rebotó contra el mástil y se estrelló contra el puente de comunicaciones, que quedó rociado de combustible en llamas, y luego contra la cubierta de vuelo, hasta ir a parar a la cubierta de artillería, donde se inició un incendio.

La ordalía no había terminado. Mientras el Hornet sufría el acoso de los bombarderos, los torpederos, a unos 120 m de altitud, casi rozando las olas, se lanzaron sobre él por babor y estribor. Dos peces de acero impactaron contra el desgraciado portaaviones. El primero lo hizo a la altura de la sala de máquinas delantera, reventó los mamparos y abrió un boquete de más de un metro por el que se precipitaron agua y aceite. El segundo lo hizo a estribor, causando poco daño, pero suma y sigue. El ataque no terminaría con esto, pues uno de los bombarderos en picado, el típico rezagado, recorrió el buque longitudinalmente, de proa hacia popa, pasó sobre el puente, viró poniendo las alas en vertical y se estampó contra el buque, justo detrás del cañón delantero de babor, donde reventó todo lo que encontraba a su paso mientras la carcasa progresaba hacia el interior del barco, deteniéndose por fin cuando se estrelló contra el pozo del ascensor de proa.

Photo #: 80-G-33947  Battle of the Santa Cruz Islands, October 1942
El avión que podemos ver cae en picado en esta fotografía fue el que se estrelló contra el mástil del portaaviones. También se puede ver un torpedero, volando en horizontal sobre el portaaviones, y las salpicaduras de la munición antiaérea, disparada en un ángulo tan bajo que estalla contra el mar.

No les había faltado valor a los intrépidos pilotos japoneses. A las 9.25 horas, cuando iniciaron el regreso a casa, se habían perdido 38 de los 53 atacantes. Cinco Zero de doce, diecisiete Val de veintiuno y dieciséis Kate de veinte. Una tasa de bajas terrible, pero horas más tarde los nipones iban a recuperar las tripulaciones de dos cazas, cinco bombarderos y seis torpederos, lo que a efectos prácticos reduce las pérdidas a tres, doce y diez (respectivamente). A cambio, el Hornet, un inmenso y valiosísimo portaaviones, había quedado muerto sobre el agua, ardiendo de proa a popa, con 8º de inclinación hacia estribor y problemas graves en su sistema contraincendios principal. Sin propulsión, electricidad ni comunicaciones y con dos calderas de la sala de máquinas delantera inundadas, la situación era grave.

  1. Dani says:

    Vaya, no pensé que la tasa de bajas en un ataque exitoso fuera tan alta. A parte de los dos que se estrellaron por apurar el picado ¿que derribó al resto?

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