Escrito por Ignacio Gonzalez-Posada[1]

He trabajado en una empresa japonesa durante 4 años,  durante este tiempo tuve la oportunidad de visitar el templo Yasukuni y su museo adyacente, que alberga los espíritus de los soldados japoneses caídos en guerras exteriores.

Descarga aquí el 1º Capítulo

Allí aprendí que en la II Guerra Mundial no se llama así en Japón,  sino que se denomina «La Gran Guerra Asiática»; que el ataque a Pearl Harbor fue una trampa del presidente Roosevelt; que la derrota del Japón fue un sacrificio necesario para liberar a los pueblos de Asia y demostrar el indomable espíritu japonés al mundo… Fruto de estas experiencias escribí uno de los capítulos de mi libro «Cómo Ganar una Guerra[2]» ,la parte dedicada a la guerra en el Pacífico. He aquí un extracto que espero que os guste, ahora que las relaciones entre China y Japón están al rojo vivo por las islas Senkaku (aunque esta vez los Estados Unidos apoyan a Japón…).

“Japón es un país asombroso que descoloca a los occidentales. Por mucho que sepamos de la cultura japonesa, nos sigue pareciendo un lugar lleno de contrastes y contradicciones. De hecho, cualquiera que haya trabajado con japoneses experimenta siempre sentimientos encontrados y, normalmente, pasa de la admiración a la estupefacción más absoluta en cuestión de minutos.

Los mandos americanos desplegados en el Pacífico tampoco escapaban a este desconcierto y no eran capaces de alcanzar a entender el comportamiento de sus enemigos, que en ocasiones les parecía sencillamente desquiciado. Su incomprensión era tal que, en 1944, es decir, en plena guerra, encargaron a la antropóloga Ruth Benedict un estudio sobre las normas y los valores de la cultura japonesa (que después se plasmaría en el gran libro «El crisantemo y la espada»).

Santuario de Yasukuni

De la misma forma que cuando hacemos negocios con culturas diametralmente distintas a la nuestra, los aliados se dieron cuenta de que «éramos incapaces de ponernos en su piel. Su modo de tomar decisiones se nos hacía irracional y, en consecuencia, difícil de predecir»[3]Pero vayamos al principio… ¿Qué había desencadenado que las potencias occidentales se hubiesen visto involucradas en una guerra con Japón cuándo todo parecía indicar que el escenario de la guerra era Europa (donde se jugaban el todo por el todo contra Alemania)?

Japón llevaba décadas buscando su sitio en el mundo en un continente ocupado y dividido por los imperios coloniales occidentales. Así surgió, a principios de la década de 1930, una corriente política mayoritaria que defendía que la forma de conseguir esta posición preeminente era a través de una «esfera de co-prosperidad de la Gran Asia oriental japonesa».

Tan rimbombante expresión no quería decir otra cosa que una suerte de confederación de naciones que estuviese bajo la tutela japonesa que serviría para liberar a Asia de las potencias occidentales y que llevaría al desarrollo de sociedades prósperas como lo era el propio Japón. A cambio, lo único que tenían que hacer estos pueblos era someterse a los designios del emperador nipón, al orden japonés, a su jerarquía y a su espíritu. Un espíritu orgulloso y organizado que había hecho que el país no hubiera sido nunca conquistado ni colonizado, capaz de salir de pobreza y el feudalismo en una generación.

Someterse a los designios del Emperador, más allá de lo político, garantizaba a Japón la obtención de las materias primas necesarias para poder romper toda dependencia de las potencias occidentales. Y es que, a pesar de ser país muy industrializado, el mayor problema que tenía era su carencia de recursos naturales significativos.

A finales de 1940, con las principales potencias coloniales de la zona en serios problemas (Francia y Holanda ocupadas por los alemanes, y Gran Bretaña en lucha por su supervivencia), el momento parecía perfecto para llevar a buen término el proyecto de esfera de co-prosperidad de la Gran Asia oriental japonesa.

De hecho, Estados Unidos (dueño de Filipinas, Hawái, la isla de Guam y el atolón de Midway), era el único contrapeso del Japón en la zona. Esta rivalidad tenía su reflejo en la opinión pública norteamericana, que conmovida por las novelas de Pearl S. Buck y el relato de periodistas y misioneros, había desarrollado un sentimiento antijaponés como reacción a la  brutal invasión de China y la posterior represión impuesta por los nipones. Cuando a mediados de 1941 la ocupación se extiende hasta la Indochina francesa (Vietnam, Laos y Camboya, colonias francesas desde 1854), el clamor popular llega a la Casa Blanca. El mensaje de firmeza a los japoneses debe ser claro y rotundo.

Los americanos dictan un embargo muy duro que restringe drásticamente el suministro de petróleo y chatarra al Japón. De llevarse a cabo en toda su extensión, Japón se verá condenado a la inactividad económica y militar. Así que el gobierno imperial japonés, tras un acalorado debate, decide que no se plegará a las demandas americanas, máxime cuando estas condenan al país al colapso absoluto.

La amenaza del embargo se entiende como el detonante perfecto para poner en práctica sus planes y ocupar su esfera de influencia en Asia. De una vez por todas, Japón se hará con los recursos naturales necesarios que le hagan autosuficiente (petróleo, caucho, minerales…). El único obstáculo de entidad está en el puerto de Pearl Harbor (Hawái) donde fondea la flota de los Estados Unidos en el Pacífico.

Los japoneses sabían que sus enemigos eran a la larga más fuertes que ellos, y que si bien tanto británicos como norteamericanos podrían atacar directamente Japón, lo contrario era prácticamente impensable. En consecuencia, sus expectativas únicamente pasaban por una victoria limitada.

La situación no era nueva. En sus dos anteriores grandes guerras (con China en 1894 y con Rusia en 1904) se había enfrentado a un problema similar. Y en ambos casos habían salido victoriosos. ¿Cómo habían conseguido derrotar a países cuya capacidad superaba de largo el potencial nipón? Su éxito se sostenía en el principio de su habilidad para utilizar su poderío naval de tal manera que evitase un conflicto prolongado. Su supremacía permitía apoderarse de objetivos territoriales limitados y luego desafiar a su enemigo a reconquistarlos, sabiéndole incapaz de ello porque su potencia naval sería inferior tras derrotar a su flota en una batalla decisiva[4].

Maqueta japonesa de Pearl Harbor

Pero esta vez la lucha no era por un territorio en el radio de alcance de la costa japonesa. (Pearl Harbor estaba a más de 3.000 kilómetros). La tecnología jugó un papel fundamental, al permitir lanzar un ataque desde cientos de kilómetros en un punto en el medio del mar y el avión embarcado en portaaviones se convirtió en el arma decisiva de la guerra del Pacífico desde el primer día.

Al frente de la marina japonesa estaba un adalid de los portaaviones, un innovador llamado Isoroku Yamamoto. Innovador que tuvo que enfrentarse a los expertos (partidarios de una guerra naval más convencional, a base de cañonazos y acorazados). Yamamoto tuvo claro desde el principio que el éxito de la armada japonesa sólo podía pasar por la aviación embarcada. Para ello entrenó larga y concienzudamente pilotos navales mientras la industria japonesa desarrollaba los mejores aviones embarcados del mundo.

Yamamoto había vivido en EE.UU. durante algunos años y conocía su fortaleza. Sabedor de que las victorias frente a tan formidable rival tendrían una vigencia temporal limitada pensó que si el daño inflingido era suficiente tal vez en ese tiempo Japón podría obtener una paz ventajosa. Posiblemente era de los pocos en Japón que conocía verdaderamente la envergadura del enemigo al que se enfrentaban y, en consecuencia, de los pocos que pensaban que una derrota era de algún modo posible.

Almirante Isoroku Yamamoto

En general, los expertos japoneses consideraban que, por encima de cualquier prerrogativa técnica o armamentística, su principal ventaja frente al enemigo era el espíritu japonés [Nihon Seishin], algo que además tenía el valor añadido de que no se podía copiar.

La imagen de los americanos en Japón era la caricatura de un pueblo opulento, corrupto, decadente y falto de espíritu, una imagen que infravaloraba su potencial militar, industrial y moral[5]. En general, el japonés medio despreciaba a los occidentales y les atribuía falta de carácter, de disciplina, de coraje y sobre todo de espíritu de lucha.

Por el contrario, los japoneses eran extremadamente disciplinados y celosos de las jerarquías. Les costaba mucho hacer cualquier crítica a quien estuviera por encima en el escalafón, aunque ésta fuese constructiva[6]. Su forma de actuar se basaba en la elaboración de planes complejos y rebuscados, llenos de trampas, que una vez comenzados no podían detenerse ni alterarse.

Así, cuando algo salía mal o cuando surgía un imprevisto, cosa que pasa tan a menudo en la guerra como en la empresa, su reacción consistía en dos reacciones extremas, impensables como primera opción para el occidental. La más común era continuar con los planes pese a todo obviando las consecuencias (aunque éstas fuesen nefastas). Por el contrario, la otra opción era venirse abajo por entero, abrumados por la responsabilidad de haber sido incapaces de cumplir con su obligación.

Con todo, la estrategia ahora era sencilla. A finales de 1941, era básico eliminar a la única competencia presente en la zona. Para ello asestarían un golpe maestro en una batalla decisiva a la flota norteamericana. Tomando ventaja del factor sorpresa, sin declaración de guerra y mientras siguen las negociaciones en relación al embargo con los americanos, bombardearán con sus aviones embarcados el puerto de Pearl Harbor. Aniquilada la flota estadounidense, las fuerzas armadas japonesas ocuparán la totalidad de la esfera de influencia en Asia y desafiarán a las potencias occidentales a recuperarla. La misma estrategia que tan bien les había funcionado con los chinos y los rusos.

Pero los Estados Unidos no eran la Rusia zarista ni la China imperial…”

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[1] Veterano de la Armada,  gerente de negocio en Air Miles y profesor del IE Business School.

[2] Libro que analiza las similitudes entre nuestro día a día profesional y la Segunda Guerra Mundial.

[3] “Mar de Tormenta”, Evan Thomas, página 119

[4] “Batallas decisivas del mundo occidental”, LFC Fuller, tomo III, página 519

[5] Momento decisivo en el Pacífico, Mark Healy, página 14, Osprey Publishing

[6] “Mar de Tormenta”, Evan Thomas, página 11

  1. Febo says:

    Muy buena nota, realmente nos reafirma en nuestro convencimiento de cuán diferentes pueden llegar a ser las culturas. Aún a día de hoy desde los ojos de un Europeo las cultura japonesa nos resulta rara, llamativa y temible. Supongo que es agradable saber que en las décadas de los ’30 y ’40 nos miraban con los mismos aires de superioridad. Estos detalles hacen que seamos realmente iguales.
    En fin, ya que vuestra página es de Historia Militar me gustaría hacer algunos comentarios. Creo que aún no había visto las similitudes entre Rusia, China y EEUU en el sentido de enemigos de Japón. Me explico, países gigantescos.
    Sin embargo, Rusia y China se parecieron mucho más entre ellos que a EEUU. Ambos eran países muy grandes, superpoblados, gobernados por un Emperador Absoluto. Ambos entrarían en los cánones clásicos de “país atrasado”, pues no tenían un ejército ciudadano como los Europeos, eran imperios territoriales poco industrializados y con una economía basada en la agricultura. Japón sólo debía derrotar a un ejército convocado para alcanzar la victoria. De hecho destruir a ese ejército convocado suponía destruir cualquier contragolpe que pudiera provenir de ambas naciones. Lo cual explica la victoria sobre ambos. Rusia movilizó a la flota del Báltico, que fue destruida. Eran países débiles porque seguían el antiguo modelo de capital que capta tributos.
    Por contra EEUU era una nación con un sentimiento nacionalista muy marcado, hoy claramente visible, y la primera potencia industrial del mundo. Los japoneses plantearon destruir al “ejército convocado” de EEUU, pero este no existía y la destrucción de una flota en Pearl no suponía ningún golpe.
    En este sentido, hace relativamente poco tiempo, se desclasificaron documentos que efectivamente revelan que EEUU forzó a Japón a ir a la guerra, lo cual tenía claros objetivos como ahora expondré. EEUU estranguló a Japón con los recursos, miremos el ejemplo de Irán. Y finalmente les colocó una flota amenazante en Pearl. La flota que destruyeron los japoneses se componía de barcos provenientes de la I Guerra Mundial, mientras que los buenos buques de guerra se encontraban convenientemente de maniobras lejos del fuego japonés.
    EEUU no podía declarar abiertamente la guerra al Japón por la hostilidad que ello motivaba entre la población estadounidense, no obstante, un ataque extranjero supuso la capacidad de mover a esas población en la consecución de un objetivo nacional, la tan mentada “Seguridad Nacional” tan pregonada por EEUU.
    Finalmente quisiera hacer mención a la Esfera de Co-Prosperidad, una ideología orientada a atraer colaboradores de territorios ocupados, como Corea, Manchuria, Mengjian, Vietam etc. Mientras que al mismo tiempo masacraban a las poblaciones de estos lugares, como la mencionada masacre-genocidio de Nanking o los monstruosos experimentos del temido regimiento 731, en Manchuria y Corea. A muchos de los criminales de guerra de estos regimientos, que masacraron poblaciones se les rinde homenaje en el templo de Yasukuni. Cada vez que un ministro japonés lo visita los países de Asia lo entienden como un insulto. Corea y China aún esperan las disculpas oficiales por las masacres.

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