Kido Butai es un nombre que no deja de ser evocador. Para quienes no hayan pensado inmediatamente en los seis magníficos portaaviones que formaron la punta de lanza de la ofensiva japonesa en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, era el nombre de la fuerza aeronaval de la Flota Combinada, la mejor de su época, aunque esta solo duró aproximadamente seis meses, pues en Midway, con la pérdida de los portaaviones Akagi, Kaga, Hiryu y Soryu, se convirtió en una sombra de lo que había sido y la supremacía aeronaval pasó a sus enemigos.

Sin embargo, aun siendo los mejores de su época, los portaaviones japoneses tenían importantes defectos. Uno de ellos, magníficamente explicado por Jonathan Parshall y Anthony Tully en su libro Shattered Sword, que explica la batalla de Midway desde el punto de vista japonés, fue el manejo de los aviones a bordo de los navíos. Nos vamos a permitir explicar cómo era traduciendo y glosando las palabras de los autores antedichos, ya que su interés es extraordinario.

Como casi siempre solemos centrarnos en los pilotos, una de las cosas que solemos olvidar es que a bordo de los cuatro portaaviones del almirante Nagumo viajaban más de seiscientos mecánicos, de los que dependía que los aviones estuvieran en perfectas condiciones de combate y cuyo trabajo podía ser tan arriesgado como el de los primeros (muchos de ellos morirían en el hundimiento de los buques). Eran hombres que conocían a la perfección tanto su trabajo en general como su avión –cada uno de ellos tenía una sola máquina bajo su responsabilidad–, y que también fueron artífices de las victorias logradas por la aeronaval nipona.

El almirante Nagumo

Lo primero que hay que indicar con respecto a los aviones, es que a diferencia de los portaaviones estadounidenses, donde los aparatos solían almacenarse en cubierta, en los buques nipones no se contemplaba dicha posibilidad, y toda la flotilla aérea viajaba en el interior de los hangares, encajados como piezas de un “tetris” que se hubiera vuelto loco. Para poder meterlos y sacarlos con más eficacia, la posición de cada avión estaba marcada en el suelo con una serie de símbolos que lo identificaban, lo que también era determinante a la hora de decidir en qué orden debían de bajar las máquinas por los ascensores. En los hangares, además, cada uno de ellos estaba asegurado por cables a una rejilla colocada sobre la cubierta, y se colocaban calzos bajo las ruedas, ya que una tormenta violenta podía poner en peligro toda la flotilla, encajada como estaba dentro del leviatán.

Hangares del Akagi, donde se puede ver la colocación de los aviones.

En el caso de la 2.ª División de portaaviones (formada por el Soryu y el Hiryu), los aviones eran reabastecidos de combustible y armados antes de ser subidos a la cubierta de vuelo. Ambas maniobras podían ser fastidiosas en aquel ambiente saturado. Lo primero que se hacía era desenrollar las mangueras, de metal, y llevarlas hasta cada aparato para rellenar su depósito de combustible. Además, para cada Zero (el caza aeronaval) había que coger un depósito suplementario, que solía ir fijado a los mamparos, colocarlo bajo el avión y llenarlo también de combustible. En total, los aviones cargaban entre 680 y 890 litros, y hacían falta varios minutos para reabastecer cada uno de ellos. Para evitar que la gasolina evaporada fuera potencialmente peligrosa en el ambiente cerrado de los hangares, potentes ventiladores situados a babor aireaban el interior, cuyos humos nocivos eran extraídos por otros iguales situados a estribor, todo lo cual añadía un intenso ruido a la congestión reinante.

Reconstrucción actual del caza aeronaval japonés A6M5 Zero.

Mientras los aviones eran reabastecidos, los armeros se dedicaban a colocar las bombas, torpedos o proyectiles necesarios para cada misión. Es la historia que contaremos en la próxima entrada.

  1. Alberto says:

    Apasionante historia Se. Veramendi, ya se me hace larga la espera para leer la segunda parte.

    Una película que siempre me gustó sobre la flota imperial japonesa fue Tora, Tora, Tora!

    Nunca imaginé que los cazas Zero fuesen realmente tan aventajados con respecto a los cazas norteamericanos.

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