Como comentábamos en el artículo anterior [1], una de las opiniones “negras” que más pesan sobre la historia naval española y muy seguida por diversos divulgadores hispanos, es la superioridad armamentística de la flota inglesa sobre la armada española, esa cantidad ingente de cañones pesados y de largo alcance, supuestamente pulverizó a las naos y galeones hispanos. ¡Cómo era de esperar la incapacidad española y su atraso intelectual cortapisaban cualquier innovación en este sentido!

Todo esto nace a raíz de dos trabajos elaborados en distintas épocas por la historiografía inglesa. El primero el confeccionado por el profesor Lewis, y el segundo, posterior, del historiador Thompson [2]; de aquí parte la idea que la gran masa de artillería pesada por la inexistente española llevó a la “derrota” en Gravelinas el 8 de agosto de 1588. Pero la tesis de este último puede tener una distinta interpretación según cómo se realice su lectura. Y a ello nos disponemos.

El análisis de Thompson mantiene la premisa de Lewis de descontar las armas de menos de 4 libras de bala, sencillamente porque por encima de este ratio se consideran que son “los efectivos cañones anti-buque de calibre de 4 libras o más” [2]; este criterio es totalmente cuestionable, pues no existía ningún arma que tirando bolas macizas pudiese destruir un barco en aquella época; las bajas velocidades de los proyectiles, y más en los tramos de pesos ligeros, no aseguraba la perforación de un casco a menos que diese entre “claras”, ni la destrucción total de un mástil.

Para poder calibrar el poder de destrucción de estos proyectiles se debe comparar con un patrón [3]. Esa comparativa nos indica que una pieza de 4 libras requería realizar 272 impactos en un mismo punto para obtener la misma capacidad que una pieza de 35 libras, para lo que su ratio determina una necesidad de 20 impactos, es decir, una relación de 13’6:1; si avanzamos por la escala de pesos, un cinco libras presenta una relación de 9’2:1 (son necesarios 184 impactos); para un 14 libras, 1’9:1, es decir el doble que el de 35; es curiosa esta última relación, pues si progresamos en el tiempo y observamos los navíos de línea y fragatas del XVIII (el extraordinario siglo del combate naval al cañón), la batería mínima era de a 12 libras para un 60 cañones, al igual que para una fragata de 40 piezas, en sus segundas batería (según reglamento de armada de 1766). Podemos ver la coincidencia de la práctica, evolucionando a un calibre mínimo eficiente -12 libras-, con el estudio realizado sobre la capacidad de la artillería del XVI -14 libras- [3].

Hecho este inciso, seguiremos analizando la tesis inglesa.

En 1588 ninguna de las dos flotas estaban capacitadas para destruirse por la acción exclusiva de la artillería, considerando sólo los galeones de la reina y los “galeones de armada” de Thompson, las piezas pesadas (≥ 29 libras) representaban el 6 % del total (3’9 % para ingleses y 2’1 % para españoles), las piezas medias, entre 27 y 22 libras, el 3’2 % (2’7 y 0’5 % respectivamente), las ligeras del tramo superior entre 15 y 21 libras el 14’8 % con un reparto del 9’2 y 5’6 %.

Cañón de 24 libras

Esto indica que la capacidad de generar daños considerables en las estructuras se concentraba en el 24 % de la dotación artillera, con 15’8 % para los ingleses y 8’2 % para los hispanos; una superioridad en potencia de fuego de estos rangos del 1’87 para los primeros, que sin embargo no fue aprovechada, entre otros motivos, por la ineficaz logística y escasez de municiones en dotación para el sostenimiento de un combate prolongado por parte inglesa.

En el resto de los tramos, en el ligero medio (de 8 a 14 libras) y en el ligero inferior (de 4 a 7’5 libras), que representan el 76 % de las piezas, la tendencia se invierte y los españoles dotaban a sus naves con el 43’5 % y los ingleses con un 32’4 %; es precisamente en estos tramos donde la Armada hace el mayor gasto de munición, pues Medina Sidonia en su carta despachada el 5 de agosto solicitaba a de Parma reposición de munición de 4, 6 y 10 libras; algo que evidencia el consumo continuo de proyectiles y la capacidad española para sostener un combate a distancia.

En cuanto al uso de esa escasa artillería pesada por parte inglesa, nos remitimos a las propias palabras de Raleigh, nada sospechoso en escribir su parcialidad en los encuentros de 1588: “esos grandes cañones, faltos de pólvora y balas, se irguieron sólo como ceros y espantapájaros” [4].

Que en esto mismo los españoles debieron hacer poco uso de las pesadas, también es evidente, en primer lugar por el menor número de ellas trasportadas y en segundo lugar por lo lentas y engorrosas que eran de manejar tanto para unos como para los otros.

Todo lo expuesto anteriormente (y otras leyendas) quedan avaladas y justificadas en la tesis “La Invencible y su leyenda negra. Del fracaso inglés en la derrota de la Armada Española” publicada por la editorial ARIN 2013 EDICIONES.

www.laarmadainvencible.es

[1].      Apuntes para la “Armada Invencible” – HistoCast 32.

[2].      Thompson, I. A. A., Spanish Armada guns. The Mariner’s Mirror. Vol 61 nº 4, noviembre 1975.

[3].      PARTE IV. De la aplicación de la técnica. “La Invencible y su leyenda negra. Del fracaso inglés en la derrota de la Armada Española”.

[4].      W. Raleigh, 1650. Judicious and select observations.

Si te gustó, te puede interesar Apuntes para la “Armada Invencible” – HistoCast 32

  1. dani says:

    No se si la comparación con cañones de principios del S.XIX es adecuada ya que para esos años los materiales de los que estaban hechos habían mejorado muchísimo, así como las pólvoras.

  2. ALGB says:

    Creo que hay un lapsus en su comentario, la comparación es con los cañones de la primera mitad del siglo XVIII. Es cierto que el conocimiento y la aleación del hierro habían mejorado por esta época, pero no es menos cierto que la fundición de bronce seguía siendo superior y sus productos de mejor calidad, su inconveniente el precio. Durante el XVIII se desarrollaron pólvoras a base de modificar su composición y granulometría, que con menor cantidad generaban mayor energía y por tanto mayores velocidades en “boca”, por eso el cañón mínimo se establece en 12 libras en el XVIII y para el XVI se determina en 14.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.