Al final de la primera entrada de esta serie dejamos a nuestros escorpiones del desierto embarcando en dos lanchas motoras para lanzar un asalto anfibio contra la isla de Levitha, en el Dodecaneso. Al principio todo fue bien. La travesía se realizó sin encontrar naves enemigas, el desembarco se llevó a cabo en los dos puntos previstos de la costa, utilizando botes de asalto que luego fueron enterrados junto con los morteros de dos pulgadas (que en principio no pensaban utilizar), munición extra y suministros; todo ello con la intención de recuperarlos después si era necesario. Podemos añadir que, ventaja extra, ninguna de las dos secciones, la de Olivey y la de Sutherland, encontró oposición. Hasta ahora todo había ido, como quien dice, como la seda.

El puerto de Castellorizo. Esta isla, situada al este de Rodas, junto a la costa turca, fue la más oriental del Dodecaneso, y una vez conquistada, la única base aliada con comunicaciones seguras hacia Chipre.

                Ahora los hombres de ambas secciones tenían que ascender a las alturas que dominaban la isla, esperar al amanecer y entrar en contacto, pues habían tomado tierra en puntos distintos. Sin embargo, también las dos lanchas motoras que los habían traído tenían una misión que cumplir: bombardear las posiciones terrestres de los alemanes. A oscuras, desde el mar, y sin haber localizado sus objetivos con anterioridad, el bombardeo, que llevaron a cabo concienzudamente, siguiendo el plan, solo iba servir, desgraciadamente, para que la guarnición supiera que estaba sucediendo algo.

                Una vez ocultado su material, la sección de 24 hombres del capitán Olivey se adentró en la isla, ascendiendo primero las empinadas laderas del monte Vardia, para después seguir hasta Segnale, donde había una estación meteorológica italiana abandonado. Allí se establecieron, preparando la defensa del edificio y de sus alrededores. Luego, como aún no habían sido detectados, el capitán decidió que era mejor adelantarse al horario previsto y conquistar el resto de sus objetivos antes de que amaneciera. Para ello destacó al sargento Harris y al cabo Bradfield, con sendas patrullas, para que ocuparan las alturas contiguas. No iban a tardar en encontrarse con problemas.

Junkers 88. Gracias a la cercanía de las bases propias y a la lejanía de las de los aliados, la campaña del Dodecaneso del otoño de 1943 fue una de las pocas en las que la Luftwaffe pudo disfrutar de superioridad aérea.

                “Justo antes del amanecer, doce alemanes aparecieron en la colina llevando consigo a un soldado con uniforme británico, quien comenzó a hacer señales hacia nosotros. Al principio fuimos capaces de interpretarlas, pero poco a poco se volvieron erráticas, incomprensibles. Es evidente que Jerry estaba intentando pedir que nos rindiéramos… mi respuesta fueron unos cuantos disparos de fusil hacia los alemanes y su prisionero, que se dispersaron y se metieron en sus trincheras”.

Embarcaciones, en este caso alemanas, atacadas por un Beaufighter. La guerra naval en estas aguas se llevó a cabo casi siempre con embarcaciones pequeñas como las que podemos ver aquí; aunque en ocasiones los británicos enviaron a sus destructores.

  La sección del teniente Sutherland, sin embargo, no había tenido tanta suerte, pues se toparon con el enemigo, tal vez alertado por el inoportuno pero planificado bombardeo naval, muy poco después de iniciar la marcha hacia sus objetivos. Tampoco tardaron en sufrir su primera baja, un neozelandés, que fue herido en la cara por una granada. No cabe duda, por otro lado, que la guarnición alemana estaba compuesta por soldados de peor calidad que aquellos veteranos del desierto, pues la sección, que solo contaba con 25 hombres, no tardó en progresar a través de las trincheras enemigas, capturando de paso a 35 prisioneros a cambio de la pérdida de un único soldado más.

                Pero entonces llegó el amanecer de una jornada que prometía ser larga. Encaramados a las alturas de aquella isla medio vacía, los británicos eran perfectamente visibles desde el aire, blancos ideales para Luftwaffe, que empezó a hacer acto de presencia muy pronto. Además, la situación de los hombres de Olivey empeoró rápidamente. Primero regresó, herido, el cabo Bradfield, jefe de una de las patrullas; luego empezaron a recibir obuses de mortero, un arma contra la que, no teniendo los suyos, no podían defenderse, hasta que Olivey ordenó a dos soldados que volvieran a la playa para recuperarlos. Sorprendentemente, la maniobra tuvo éxito, y pronto se igualó el combate. Además, entretanto los británicos obtuvieron un subidón de moral gracias a que sus disparos consiguieron averiar un hidroavión Arado, obligándolo a hacer un amerizaje de emergencia.

El Arado 196 no fue un avión ni elegante, ni ágil, ni con características sobresalientes, pero resultó muy útil en el Dodecaneso para misiones de reconocimiento, lanzamiento de bombas o comunicación.

                Eran las 12.30.

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