<<Nuestra salvación dependía de abandonar las líneas unionistas antes del amanecer. Nos topamos con el camino a unas cuatro millas de Centreville. En ese momento, el peligro que me preocupaba era que nos persiguiera la caballería que estaba acampada detrás de nosotros. Cuando llegamos cerca del camino detuve a la columna para concentrarla. Algunos de mis hombres montaban a retaguardia y otros en los flancos, para evitar que los prisioneros se escaparan. Dejé al Sargento Hunter al mando y me adelanté para reconocer el terreno. Como no había enemigos ante nosotros, llamé a Hunter y le indiqué que avanzara al trote, manteniendo las riendas de Stoughton [el general enemigo que habían capturado] en la mano, sin soltarlas, bajo ninguna circunstancia. Sin duda el General apreció mi interés por su persona.
Otra visión romántica del ataque, esta vez sobre la nieve.
Lo que hemos narrado hasta aquí no pasa de ser una acción de commandos, precursora de los que organizarían los Boer durante la guerra de Sudáfrica y de las que posteriormente se llevarían a cabo en las guerras mundiales, sobre todo en la segunda; era lo que entonces se llamaba «Guerrilla». Sin embargo a partir de este momento las cosas van a ponerse vergonzantemente ridículas. Nuevamente en palabras de Mosby, lo que sucedió fue lo siguiente.
Si la anterior era una imagen real, aunque posada, esta es la imagen idílica. En realidad aquellas cabalgatas debieron ser mucho más tensas, sucias y desagradables.
<<Rápidamente encendimos una luz, y vimos al General durmiendo, en su cama, tan profundamente como el turco cuando lo despertó Marco Bozzaris [un héroe de la guerra de la independencia griega]. No había tiempo para ceremonias, así que levanté la ropa de cama, tiré de su camisa y le di un palmetazo en su espalda desnuda diciéndole que se levantara. Como su oficial de estado mayor estaba en pie junto a mí, Stoughton no se dio cuenta de la situación y pensó que alguien se estaba tomando familiaridades con él. Preguntó, con tono indignado, qué significaba todo aquello. Le contesté que era un prisionero, y que debía levantarse rápidamente y vestirse.
Entonces le pregunté si había oído alguna vez hablar de “Mosby”, y contestó que sí.
Soy “Mosby”, le dije. “La caballería de Stuart ha tomado posesión del lugar; dese prisa y vístase”.
Entonces preguntó si estaba con nosotros Fitz Lee [uno de los oficiales de Stuart]. Le dije que sí y me pidió que lo llevara hasta él –habían estado juntos en West Point-. Dos días después le entregue a Fitz Lee en Culpeper.
Mi razón para engañar a Stoughton fue tratar de privarlo de cualquier esperanza de escapar y convencerlo para que se vistiera rápidamente. Estábamos en una situación crítica, rodeados por los campamentos de varios miles de tropas y había varios cientos de enemigos dentro de la localidad. De haberse coordinado, habrían podido expulsarnos de allí fácilmente; pero a pesar de que estuvimos allí más de una hora, no se disparó un solo tiro. En cuando supieron que estábamos allí, todos y cada uno de ellos se escondieron y se preocuparon solo de si mismos.
Stoughton tenía la reputación de ser un soldado valiente, pero también un vanidoso. Se vistió ante un espejo, tan cuidadosamente como el mismísimo Sardanapalo antes de entrar en batalla. Olvidó su reloj sobre el buró, pero uno de mis hombres, Frank Williams, la cogió y se la dio. Cuando entramos en la casa habíamos dejado a dos hombres vigilando nuestros caballos. En el patio había varias tiendas de campaña para los correos, y cuando salimos de la casa con el general Stoughton y su estado mayor, tanto estos correos como sus caballos estaban listos para seguirnos.
Cuando llegamos al punto de encuentro en el patio del Juzgado me encontré con que ya estaban allí todos los destacamentos, con sus prisioneros y los caballos capturados. Había tres veces más prisioneros que hombres tenía, y cada uno de ellos estaba montado, y llevaba un caballo extra.
Para confundir al enemigo y despistar a nuestros perseguidores, la cabalgata partió en una dirección y poco después de salir del pueblo giró hacia otra. Pasamos junto a los campamentos de caballería, y pronto estábamos en el camino entre ellos y Centreville. Como allí había varios miles de soldados enemigos, nadie pensó que iríamos en esa dirección para salir de sus líneas, y nos persiguieron en dirección opuesta. El Teniente Prentiss y muchos prisioneros que habían partido con nosotros escaparon en la oscuridad, y perdimos bastantes caballos.
Esta imagen testimonia que el de Fairfax no fue el único éxito de Mosby. Se trata del ataque a una caravana de suministros en el valle de Shenandoah, 1864.
Cuando estábamos abandonando Fairfax tuvo lugar un incidente ridículo. Se abrió una ventana y una voz preguntó, con tono autoritario, qué estaba haciendo la caballería en la calle. Unas fuertes risotadas de mis hombres fueron la respuesta, lo que le indicó que no éramos sus amigos. Ordené a algunos de mis hombres que desmontaran y lo capturaran. Entraron violentamente por la puerta principal, pero su mujer se enfrentó a ellos en la entrada y mantuvo su posición como una leona, dando a su marido tiempo para escapar. Era el Coronel Johnstone, quien estaba al mando de la brigada de caballería en ausencia de Wyndham. Salió por la puerta trasera en camisa de noche y descalzo, y se escondió en el jardín. Pasó allí cierto tiempo, porque no supo cuando nos habíamos ido, y su mujer tardó un rato en encontrarlo>>.
Iniciamos hoy una nueva serie de entradas en las que en vez de explicar nosotros los acontecimientos, vamos a ceder la palabra a los protagonistas. Los textos que expondremos en esta serie vienen de las memorias de John Singleton Mosby, el «Fantasma Gris» de la confederación, cuya guerrilla, muy cercana a Washington, daría gravísimos quebraderos de cabeza al ejército de la unión.
John Singleton Mosby, el «Fantasma Gris» de la confederación.
El ataque a Fairfax fue su hazaña más famosa. Veamos por qué:
Al final de la jornada del 8 de marzo de 1863, obedeciendo las órdenes recibidas, veintinueve hombres se encontraron conmigo en Dover, en el condado de Loudon. Ninguno conocía el lugar que era mi objetivo, pero nada más partir, se lo dije a Ames. Recuerdo que aquel día cené con el Coronel Chancellor, que vivía cerca de Dover. Justo cuando estaba a punto de montar en mi caballo, mientras procedía a marcharme, le dije: “esta noche alcanzaré las estrellas o me hundiré más que nunca”. No me alcé tan alto como las estrellas, pero tampoco me hundí. Entonces no tenía una reputación que perder, aunque fracasara, y recordé el lema “Aventuras para los aventureros”.
Las condiciones climáticas favorecieron mi éxito. Había nieve derritiéndose en el suelo, niebla y, al oscurecer, lloviznaba. Nuestro punto de partida estaba a unas veinticinco millas de Fairfax Court House. Era noche oscura cuando llegamos hasta los piquetes de caballería, cerca de Chantilly –a cinco o seis millas de nuestro destino-. En Centreville, a tres millas más allá por la carretera de Warrenton, y a siete millas de Fairfax, había varios miles de soldados. Nuestro problema era pasar entre ellos y la caballería de Wyndham sin dar la alarma.
Ames sabía dónde había un hueco en la línea de piquetes que se extendía de entre Chantilly y Centreville, y nos guio a través de ella sin que un solo vigilante nos apercibiera. Una vez pasados estos destacamentos, se había conseguido lo más importante. Creo que con la excepción de Ames, ningún otro, aparte de mí, sabía que estábamos dentro de las líneas enemigas. Era peligroso, pero el enemigo se sentía seguro y sabía tan poco de nuestra presencia como mis propios hombres.
Sir Percy Wyndham, de origen inglés, fue uno de los generales más peculiares del ejército de la unión.
El plan había sido alcanzar Fairfax a media noche, para salir de las líneas enemigas antes del amanecer, pero la columna se dividió a causa de la oscuridad, y las dos partes tuvieron que desplazarse en círculos durante una hora, buscándose. Una que vez que nos hubimos encontrado, partimos de nuevo, y alcanzamos la carretera entre Centreville y nuestro destino; pero nos metimos de nuevo en los bosques cuando llegamos a dos o tres millas del pueblo, porque los campamentos de la caballería de Wyndham estaban junto a la carretera.
Entramos en el pueblo desde la dirección en la que se encontraba la estación de ferrocarril. Había unos pocos centinelas junto a la localidad, pero estaba tan oscuro que no podían distinguirnos de su propia gente.
Se destacaron grupos que fueran a los alojamientos de los oficiales y a los establos a por los caballos. El patio del Juzgado era el punto de encuentro donde todos tenían que venir a informar después. Como nuestro mayor deseo era capturar a Wynndham [oficial al mando de una brigada cuya misión era, precisamente, atrapar a Mosby], Ames fue enviado, con un grupo de gente, a la casa donde sabía que se hallaba su alojamiento. Pero en aquella ocasión la suerte estaba a favor de Wyndham, porque aquella noche se había ido a Washington en tren; pero Ames capturó a sus dos oficiales de estado mayor, y se hizo con sus caballos y su uniforme. Uno de los oficiales, el Capitán Barker, había sido el Capitán de Ames [Ames era un desertor del ejército unionista]. Ames me lo trajo, y pareció muy orgulloso de presentármelo como su antiguo oficial al mando.
El Juzgado de Fairfax, que aún se mantiene en pie, fue el lugar en que se reunieron los atacantes.
Cuando los grupos estaban dispersándose para hacerse con prisioneros y caballos, Joe Nelson me trajo un soldado que dijo que era uno de los guardias del Cuartel General del General Stoughton. Joe también había sacado de su tienda de campaña al operador del telégrafo; los hilos habían sido cortados. Con cinco o seis hombres cabalgué hasta la casa, actualmente una rectoría episcopaliana, donde estaba el general. Desmontamos y llamamos con fuerza a la puerta. Pronto se abrió una de las ventanas superiores, y alguien preguntó quién estaba ahí. Contesté “quinto de caballería de Nueva York, con un despacho para el General Stoughton”. La puerta se abrió y un oficial de estado mayor, el Teniente Prentiss, se personó ante mí. Lo cogí por su camisón, le susurré mi nombre al oído y le dije que me llevara hasta la habitación del General Stoughton. Era inútil resistirse, y me obedeció.
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