Según ha contado el as de caza japonés Saburo Sakai, el capitán Kanzo Miura, que mandaba el Ala Aérea de Sakai en Iwo Jima, ordenó a 17 de sus pilotos que llevasen a cabo un ataque suicida contra la flota norteamericana de invasión el 4 de julio de 1944.

Flanqueado por estandartes samurái y eslóganes patrióticos, Miura dio un emocionante discurso a sus hombres, exhortándolos a estrellarse contra los portaaviones norteamericanos. Sakai, aunque aceptaba que estrellarse contra una unidad enemiga era una acción apropiada para un piloto cuyo avión hubiese sufrido daños que le impidiesen volver a su base, encontró el histrionismo de Miura de mal gusto, «una señal de debilidad… recurriendo a artes cercanas a la pura brujería»; sin embargo, recordaría como la mayoría de sus camaradas quedaron imbuidos de ese nuevo espíritu combativo.

Antes de despegar, los pilotos escogidos se deshicieron en una ceremonia de los paracaídas, que solo habían sido obligatorios para los aviadores japoneses a partir de 1942. (No eran muy del gusto de éstos porque ocupaban mucho espacio, molestando la actividad del piloto en la cabina, y porque de ser empleados en territorio enemigo podían llevar al deshonroso final del cautiverio).

La misión no obtuvo ningún éxito. La formación de Zeros fue desorganizada por los interceptores norteamericanos a mucha distancia de su objetivo. Enfrentados a una superioridad abrumadora, Sakai llevó a un puñado de supervivientes de vuelta a la base. Regresar en tales circunstancias no se consideraba deshonroso. A los kamikaze se les advertía de no desperdiciar sus vidas en vano.

El último empujón a la aceptación de las tácticas suicidas a gran escala vino de manos del contralmirante Masafumi Arima, comandante de la 26.ª Flotilla Aérea basada en Manila. El 15 de octubre de 1944, los aparatos de su unidad se preparaban para atacar a una agrupación operativa de portaaviones frente a las costas de Luzón. Cuando la segunda oleada de ataque –13 bombarderos Mitsubishi G4M2 «Betty», con una escolta de 16 Zeros y 70 cazas del Ejército- se preparaba para despegar desde el aeródromo de Nichols, Arima hizo saber que él mismo dirigiría el ataque en persona.

Arima

Como la mayoría de los kamikaze  que seguirían su estela, Arima no era un fanático. Era un solado de 50 años, taciturno, reputado e intelectual, conocido por su estilo de vida frugal según dicta la disciplina Zen del verdadero Samurai. Se había quitado todas las insignias militares y distintivos de graduación de su mono de vuelo. Esto se interpretó como un símbolo de su determinación a morir en la batalla.

A pesar de las protestas de su estado mayor, Arima despegó a los mandos de su Zero. La versión japonesa, aceptada por algunos autores occidentales, es que el propio almirante logró estrellarse contra el portaaviones de ataque USS Franklin. En realidad, los únicos daños producidos en el Franklin durante el ataque de los hombres de Arima fue causado por un Betty derribado por la antiaérea. El bombardero se estrelló contra el mar a unos 25 metros del portaaviones y un fragmento del ala rebotó en la cubierta de vuelo.

Bombarderos Betty

Veinte aviones del ataque no regresaron y el de Arima estaba entre ellos. Según un comunicado japonés, Arima había «encendido la mecha de los deseos ardientes de sus hombres». Con independencia de que esta operación contara con las bendiciones del alto mando, o incluso pudiese llegar a sugerirla, el sacrificio de Arima dejó el camino expedito a Onishi que, dos días más tarde, se hizo con el mando de la 1.ª Flota Aérea en las Filipinas.

Apenas si contaba con 200 aparatos (menos de 100 según otras fuentes) con los que ofrecer cobertura aérea a la flota combinada del vicealmirante Takeo Kurita en la decisiva batalla de las Filipinas. En la próxima entrada hablaremos del padre genuino de los kamikaze: Takijiro Onishi.

Viene de Viento Divino – El fenómeno Kamikaze japonés (III)

Sigue en Viento Divino – El fenómeno Kamikaze japonés (V). Takajiro Onishi, el padre de los Kamikaze.

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