A últimas horas de la tarde llegaron los biplanos Swordfish enemigos. Los aviones procedían del Ark Royal, que había llegado de Gibraltar.

El portaaviones se encontraba a apenas 160 km, distancia asequible incluso para los venerables Swordfish. Esta vez se presentaron 15 atacantes, volando a ras de las olas y avanzando tan lentamente que parecían estáticos. El Bismarck, en palabras de uno de sus marineros, se convirtió en “una montaña que vomitaba fuego”:

grandes arcos de balas trazadoras rojas, verdes, naranja y blancas buscaban a los Swordfish. Los cañones más grandes disparaban hacia el curso de los aviones, esperando que los proyectiles crearan una pared de agua y astillas. El barco se escoraba peligrosamente a uno y otro lado intentando desesperadamente esquivar la trayectoria de los torpedos. Luego, en rápida sucesión, dos poryectiles penetraron con ruido seco en el casco del Bismarck.

Swordfish a ras de las olas

Milagrosamente, como antes, todos los Swordfish regresaron a su portaaviones. Habían asestado al Bismarck un golpe fatal. El primer torpedo había alcanzado la zona central de la embarcación, en el cinturón de blindaje pesado. Había abierto una vía de agua , pero sin mayores consecuencias. El segundo había estallado en la popa, penetrando en los compartimentos del timón y trabando los dos grandes timones gemelos del barco. Los timones quedaron obstruidos a 12 grados a babor. El Bismarck ejecutó un giro incontrolado, mientras se defendía del tenaz Suffolk cuando se acercaba.

Luego el navío redujo su velocidad. Unos buzos bajaron al semi inundado compartimento de popa para reparar la maquinaria atascada, pero centenares de toneladas de agua de mar se lo impidieron. La vía de agua estaba causando una ligera inclinación a babor mientras Lindemann intentaba gobernar el buque con sus hélices, ordenando a toda máquina hacia adelante en una turbina, todo a popa con la otra. Pero no daba resultados.

Cuando un buzo logró por fin abrirse paso hasta el acoplamiento del timón des estribor, lo encontró inevitablemente obstruido. Un oficial sugirió liberar los timones con explosivos, pero la idea fue rechazada por temor a dañar las hélices triples, que dejarían al Bismarck completamente al garete. La navegación en alta mar hacía imposible cualquier reparación in situ. El Bismarck giró con los vientos de dirección noroeste y redujo su marcha a paso de tortuga.

Se esfumaron las esperanzas de llegar a Francia. Los más vetarnos recibieron la noticia del timón obstruido como una sentencia de muerte para el acorazado y la tripulación. Un hombre resumió los sentimientos de la mayoría: “Hoy mi mujer se convertirá en viuda”, dijo, “pero no lo sabe”. El capitán Lindemann había estado considerando una condecoración para su jefe de artillería, Schneider, desde que sus hombres destruyeran el Hood. Tendría que hacerse cuanto antes. Explicó al almirante Lütjens que Schneider era merecedor de la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, y Lütjens envió un mensaje radiofónico a Berlín. Cuando el ayudante de Hitler le transmitió el mensaje, el Führer se limitó a asentir con un gesto. La condecoración tenía un aire póstumo.

Los acorazados británicos no atacaron esa noche. Tovey sabía, por informes del reconocimiento aéreo, que el Bismarck estaba seriamente averiado, de modo que optó por esperar, limitándose a enviar algunos destructores para disparar torpedos contra el barco alemán. Ninguno dio en el blanco. Pero al amanecer del 27 de mayo, tanto el King George V como el Rodney avanzaban sobre el buque enemigo. A las 8:47 am, desde una distancia de 20 km, el Rodney lanzó una andanada desde sus cañones de 40 cm. Un minuto después el King George V disparó sus cañones. Pronto los cruceros Norfolk y Dorsetshire, del lado de babor del Bismarck, se unieron a la refriega con sus cañones de 20.

Bismarck acosado por los cañones de 40 cm del Rodney

El Bismarck respondió en la medida que permitía su estado. A las 9:00 am, los barcos británicos alcanzaron al acorazado alemán. Un proyectil alcanzó el castillo de proa del Bismarck; otro produjo un incendio en la superestructura; y otro más, del Norfolk, destruyó el control de tiro de proa. El Rodney, acercándose peligrosamente a 6 km y medio, empezó a destruir metódicamente la superestructura del Bismarck, acertando entre tres y cuatro tiros por andanada.

La parte trasera de una de las torretas fue destruida, matando a los hombres en posiciones comprometidas en el puente de mando. Los proyectiles atravesaron las cubiertas acorazadas y entraron hasta la sala de máquinas, y pronto la mitad delantera del navío ardía de manera descontrolada. Cuando las torteas de popa y la estación de control de tiro fueron destruidas, el Bismarck quedó indefenso. Los supervivientes se movían desesperados por corredores y escaleras. Alcanzando la cubierta, dos hombres corrieron a popa en medio de la humareda, pero no vieron un enorme boquete abierto por un proyectil y cayeron al horno de abajo. Muchos de los heridos permanecían sentados en la cubierta, desangrándose y esperando a que otro proyectil acabara con ellos.

A las 10:16 am, luego de 40 minutos de fuego a quemarropa, los británicos cesaron los disparos. El Bismarck era un infierno, alcanzado por 300 proyectiles o más. Pero seguía a flote; el grueso blindaje del centro del navío había aguantado hasta el final. Pero aún quedaba una acción por realizar. El almirante Lütjens ya había muerto. Sin embargo, el capitán Lindemann seguía vivo. Ordenó que inundaran el barco y el Bismarck se fue a pique. Mientras el buque se sumergía, los hombres en le agua vieron a su capitán de pie sobre el castillo de proa. Se llevó la mano a la gorra blanca en saludo naval y se hundió con su barco.

Fotograma de El hundimiento del Bismarck

El crucero Dorsetshire y el destructor Maori se acercaron para recoger supervivientes. Había cientos de hombres en el agua, pero sólo 110 fueron rescatados antes de que la súbita aparición de un submarino alemán pusiera en desbandada a las embarcaciones británicas. Más tarde, el U-74 salvó a otros tres hombres mientras un arrastrero alemán salvaba a dos más. Fueron los únicos supervivientes de una tripulación de 2206 miembros.

Salvamento de los náufragos alemanes

El hundimiento del Bismarck paralizó a la Flota de Alta Mar. Hitler, furioso de que el símbolo del orgullo nacional hubiese sido destruido, ordenó al almirante Raeder que no arriesgase más buques de superficie en el Atlántico. Por lo pronto, la única línea de acción de Raeder era mantener al Scharnhorst y al Gneisenau en Brest, junto con el Prinz Eugen, que había recalado allí con problemas mecánicos, poco después de separarse del Bismarck.

Con estos tres poderosos buques ocultos en el puerto francés, Raeder podía obligar a los británicos a retener algunos de sus propios buques de guerra de gran tamaño en los puertos nacionales. Pero ese era el único papel inmediato que estos navíos podían desempeñar. “La perdida del Bismarck”, dijo mas tarde el almirante, “tuvo un efecto decisivo en la guerra naval.

Pecio del Bismarck

Viene de RHEINÜBUNG Y EL BISMARCK (III) – La Huida

Si te gustó, te puede interesar la serie Operación Cerbero (I) – El Plan

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.