Los dos buques alemanes estallaron en una algarabía general. Los tripulantes se daban palmadas unos a otros y gritaban y cantaban. Habían hundido el buque de guerra más famoso del mundo, el orgullo de la Royal Navy.

Los oficiales tuvieron que chillar y amenazar para que cada uno volviera a su puesto. El Prince of Wales seguía allí. Sus andanadas sexta y séptima horquillaron al acorazado y tres de los proyectiles lo alcanzaron. El Bismarck y el Prinz Eugen giraron sus cañones hacia el nuevo blanco y dispararon casi al mismo tiempo.

Fallaron por poco. Un proyectil de 38 cm atravesó el puente de mando del Prince of Wales, matando a todos sus ocupantes excepto al Capitán y a un ayudante. Otros proyectiles destruyeron el giróscopo y la estación radar. Eso fue suficiente. A las 6:09 am, el Prince of Wales lanzó una cortina de humo y huyó en dirección sudeste. Lindemann y Lütjens discutieron sobre si debían perseguir al enemigo; Lindemann quería terminar el trabajo, pero Lütjens ordenó lo contrario. Había que seguir adelante.

Capitán de Navío Ernst Lindemann

En los buques de guerra alemanes, los dos oficiales de artillería fueron felicitados repetidas veces. Hubo un reparto especial de cigarrillos y chocolate. La victoria fue proclamada el regalo de cumpleaños del almirante Lütjens, que cumplía 52 al día siguiente. El alto mando naval no cabía de gozo, y la anoticia, pregonada por el ministerio de Propaganda de Goebbels, provocó celebraciones por toda Alemania.

Sin embargo, el imponente triunfo conseguido suponía un revés para el plan estratégico de Lütjens. Su misión consistía en adentrarse en el Atlántico sin ser visto y utilizar sus cañones para hundir buques mercantes. Pero la fuerza expedicionaria había sido descubierta y atacada antes incluso de alcanzar su área de operaciones. Dos cruceros británicos seguían tras la pista de Lütjens, pisándole los talones. Sin duda, todos los buques disponibles de la Royal Navy no tardarían en unirse a la cacería. La habilidad de Lütjens para atacar buques mercantes, en su caso,  para llegar a salvo a puerto  corría peligro.

El Bismarck estaba teniendo algunas dificultades. Uno de los proyectiles del Prince of Wales había abierto un boquete en la proa en la parte de babor, dañando un conducto del combustible y dejando entrar 2.000 toneladas de agua de agua de mar. La proa del barco se había hundido dos o tres grados, y su velocidad se había reducido a un máximo de 28 nudos. Otro proyectil habían entrado por debajo de la línea de flotación bajo el cinturón de blindaje, justo detrás de la torre de mando.

El Bismarck visto desde la cubierta del Prinz Eugen

Había estallado contra un mamparo, causando una inundación en una sala auxiliar de calderas y rompiendo varios depósitos de combustible. La explosión destruyó también unas cuantas válvulas de combustible. El Bismarck estaba dejando una estela de petróleo y, lo que es peor, no podía utilizar 1.000 toneladas de combustible de sus depósitos delanteros. La decisión de Lütjens de no repostar en Noruega estaba teniendo serias consecuencias.

A disgusto, el almirante alemán decidió que el Bismarck necesitaba parar en dique seco. El Prinz Eugen se dirigiría al Atlántico central e intentaría causar la mayor cantidad posible de daños. El Bismarck pondría rumbo sur, manteniéndose a distancia prudencial de la costa oeste de Irlanda, y luego viraría hacia la costa de Francia y los puertos de Saint-Nazaire o Brest. A las 6:14 pm del 24 de mayo, la lámpara de señales del Bismarck transmitió una palabra clave – “Hood” – al Prinz Eugen. Entonces, el Bismarck corrió a enfrentarse a los cruceros británicos que les seguían durante el tiempo suficiente para que el Prinz Eugen pudiera escapar hacia el sur.

A última hora de la tarde del 24 de mayo, casi todos los barcos británicos del Atlántico se habían sumado a la persecución, guiados por los informes de los cruceros Suffolk y Norfolk. Los más cercanos eran el Prince of Wales y su buque gemelo, el King George V, a 400 km. El portaaviones Victorious navegaba por el sur de Islandia a sólo 190 Km al este del acorazado alemán. Al sur estaba el viejo pero fuertemente armado acorazado Rodney. Y, lo que es aún más importante, la Fuerza H de Gibraltar de la Royal Navy, que incluía al portaaviones Ark Royal y al crucero de batalla Renown, había recibido órdenes de dirigirse a toda máquina hacia el norte con la posibilidad de cerrarle el paso al Bismarck.

El almirante Lütjens y el capitán Lindemann pronto obtuvieron evidencias de lo que más temían: un portaaviones. A esas latitudes, a mediados de mayo, no oscurecía del todo, y repentinamente, en el cielo aparecieron nueve aviones torpederos Swordfish (biplanos de madera y lona) volando a apenas 135 km por hora y de aspecto frágil. Tras despegar del Victorious, los pilotos habían sido guiados hasta el objetivo por los radares del Norfolk.

El Bismarck se convirtió en una nube de humo cuando sus más de 50 cañones empezaron a disparar contra los intrusos. Los Swordfish seguían acercándose, con las balas y proyectiles atravesando limpiamente sus alas forradas de tela. Todos los aviones lanzaron sus torpedos pero sólo uno dio en el blanco, matando a un marinero e hiriendo a otros cinco. El torpedo había alcanzado la zona más gruesa del blindaje, sin producir daños considerables.

Avistamiento del Bismarck por un avión de reconocimiento

Lütjens y sus oficiales estaban sumamente preocupados. Lo más probable era que los aviones torpederos lo volvieran a intentar por la mañana. Era indispensable deshacerse de los cruceros. A las 3:00 am de la mañana del 25 de mayo, Lütjens ordenó al timonel del Bismarck girar bruscamente a estribor, para ponerse fuera del curso de la persecución.

La treta dio resultado. Los operadores de radar del Suffolk estaban acostumbrados a perder contacto con su presa por breves periodos mientras zigzagueaban para evitar posibles ataques de submarinos alemanes. Pero empezaba a pasar el tiempo y no se recibía ninguna señal. A las 5:00 am transmitieron el siguiente mensaje: “Hemos perdido contacto con el enemigo”. Sin embargo, tras salir de la estela de los cruceros británicos el almirante Lütjens cometió un error garrafal. Sus oficiales de comunicaciones le informaron que estaba recibiendo emisiones de radar británicas, lo que le hizo concluir erróneamente que el Suffolk seguía pisándole los atolones.

Resignado, rompió el silencio radiofónico para enviar un par de mensajes a Berlín en los que describía el eficaz radar británico, el hundimiento del Hood y sus propias averías. Puestos de escucha en las Islas Británicas recogieron las transmisiones y calcularon la posición. En unos minutos, la derrota del Bismarck había sido fijada a bordo del King George V. Un primer cálculo resultó ser  incorrecto, enviando a los barcos del almirante Tovey en la dirección errónea. Pero un segundo cálculo reveló la posición del Bismarck sin margen de error, y un mensaje parcialmente descifrado indicó que el acorazado se dirigía al golfo de Vizcaya.

Tovey se encontraba mal posicionado, y todos los demás buques pesados de la Royal Navy estaban demasiado lejos para interceptar al acorazado alemán. A lo largo del 25 de mayo y hasta altas horas de la noche, el Bismarck navegó por aguas sumamente agitadas, que bandeaban violentamente la embarcación. La moral entre los hombres cayó a plomo a medianoche, cuando Lütjens les habló de la masiva persecución británica y los peligros que les aguardaban, concluyendo: “Para nosotros, se trata de vencer o morir”.

Esta actitud consternó a Lindemann, que una hora más tarde transmitió su propio mensaje a la tripulación: El Bismarck burlaría al enemigo y llegaría a salvo a puerto. Un marinero recordaría más tarde cómo las caras de los hombres se alegraron después del discurso del capitán. El ánimo mejoró aún más a la mañana siguiente cuando se oyó un anuncio por los altavoces del barco: “Hemos pasado tres cuartas partes de Irlanda y nos dirigimos a Saint-Nazaire. Hacia mediodía estaremos en el área de operaciones de nuestros submarinos y dentro del alance de la aviación alemana”.

Pero la alegría pronto se disipó. Poco antes de las 10:30 am, los vigías divisaron un gran hidroavión acechando entre las nubes. Era un Catalina del mando costero de la RAF. Había despegado a primeras horas de la mañana del norte de Irlanda sobrevolando el Atlántico con la débil esperanza de encontrar al Bismarck entre la niebla y las nubes. Contra todo pronóstico, la tripulación del avión lo conseguió. Acorazado a 240 grados, 8 km, curso 150 grados. Mi posición: 49,33 norte, 21,47 oeste. Hora de origen, 10:30 am, 26 de mayo”.

Hacia el mediodía, a medida que el Bismarck se acercaba a zona controlada por fuerzas amigas, un avión apareció a la distancia, vigilante. Era una clara señal de que no muy lejos había un portaaviones británico. Los vigías del Bismarck escrutaron el cielo en busca de apoyos de la Luftwaffe; no vieron nada. En la zona había al menos dos submarinos alemanes, pero ambos se hallaban sin torpedos y muy escasos de combustible. Todo lo que sus frustrados capitanes podían hacer era observar lo que iba a suceder.

Viene de RHEINÜBUNG Y EL BISMARCK (II) – Duelo de Acorazados

Sigue en RHEINÜBUNG Y EL BISMARCK (IV) – La Caza

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