Desde que el ser humano se ha agrupado en tribus y, después, en sociedades civilizadas ha existido la guerra. Ésta ha traído consigo muertes, pobreza, nuevas disputas….

Pero un término que es tan antiguo como la guerra es el de los prisioneros de guerra. Según la RAE, un prisionero de guerra es una persona que se entrega al vencedor precediendo capitulación. Sin duda, el tema de los prisioneros de guerra siempre ha sido un quebradero de cabeza para ambos bandos, pero sobre todo con el desarrollo de la guerra moderna. Muchos son los personajes que han intervenido en favor de estos y han buscado la mejora de sus condiciones de vida o su liberación. Uno de los casos más destacados, y olvidados, de la Gran Guerra fue la intervención española en favor de los mismos. 

Nuestro país se mantuvo neutral, aunque las posturas fueron muy variadas. Mientras que la Iglesia y la nobleza eran amigos de Alemania, los intelectuales y pensadores eran amigos de los aliados. El tercer grupo lo forman aquellos que apoyaron a ambos para lucrarse con la venta de materiales y pertrechos.

Por otro lado, Alfonso XIII, uniforme prusiano y esposa inglesa, seguía atento las noticias. Uno de esos días, mientras ojeaba el periódico, su secretario le notifica la llegada de una carta procedente de Francia. En ella, una humilde lavandera llamada Silviane, solicita su intercesión para que localice a su esposo desaparecido en la batalla de Charleroi (Bélgica). Compadeciéndose de la señora, el monarca convocó a su secretario y se pone en contacto con el embajador español en Bélgica, Rodrigo de Saavedra y Vinent, para buscar al reo. El resultado fue satisfactorio. 

Ante el buen resultado de esta carta, la noticia corre como la pólvora y a Madrid llegan miles de misivas. Esto hace que el rey decida crear la Oficina de los Cautivos Pro Captivis como iniciativa humanitaria. Para llevar a cabo la misma, el monarca aportará el total de unos seiscientos mil euros actuales de su bolsillo aparte de fiestas benéficas organizadas por el embajador ya citado para recaudar fondos.  

Los resultados humanitarios de esta Oficina fueron muy buenos: ayudó a 122.000 prisioneros franceses y belgas, 7.950 ingleses, 6.350 italianos, 400 portugueses, 350 americanos y 250 rusos. Logró que se repatriaran a 21.000 prisioneros que estaban enfermos, así como a 70.000 civiles. A su vez, los Agregados Militares españoles realizaron 4.000 visitas a campos de concentración y averiguaron cuál era el trato que se daba a los prisioneros de guerra. Incluso el rey Alfonso XIII consiguió un acuerdo de las naciones beligerantes en el que se comprometían a no atacar a buques hospitales.

En 1933, ya exiliado Alfonso, el francés Albert de la Pradelle y el español Yanguas Messía, miembros del Instituto de Derecho Internacional de París, presentaron la candidatura al Premio Nobel de la Paz al ex rey de España, por la creación de la Oficina .Sin conseguirlo. Mientras, en España, nueve mil ayuntamientos le habían propuesto para la Gran Cruz de Beneficencia. Alfonso XIII manifestó que “No soy yo quien debe lucir esta Cruz, sino España”, y pidió que fuera impuesta a la bandera española y, en concreto, al Regimiento de Cazadores a Caballo Alfonso XIII, con el que estaba muy ligado.

La labor de la Cruz Roja y de Alfonso XIII fueron claves para reconocer a los prisioneros y sentaron un precedente para el Convenio de Ginebra relativo a los Prisioneros de Guerra en 1929.

  1. BGR says:

    Interesante. De todas formas, la labor no fue tan olvidada, ya que, en su exilio, Alfonso XIII fue recibido por verdaderas multitudes en Francia y Reino Unido en agradecimiento por su labor.

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