La primera batalla del siglo XX, librada por las marinas rusa y japonesa, supuso un desastre total para la primera de ellas, aunque las causas había que buscarlas, más que en los marinos rusos en la alta política y en la ineptitud estratégica.

Cuando finalizó la guerra entre Japón y China en 1895, Japón, un poder insular con tradición marinera, puso los pies en territorio continental y se quedó con la península de Corea, la península de Liao-Tung y otros dominios más pequeños. Cuando se dieron a conocer los términos del tratado de paz, el vecino del norte, Rusia, protestó por la cesión de Puerto Arturo, argumentando que su ocupación permanente por una potencia extranjera sería una amenaza para el gobierno de Pekín.

Alemania y Francia se unieron a la protesta, y las tres potencias enviaron escuadras al Lejano Oriente. Ante dicha amenaza, Japón accedió a revisar los términos del tratado y devolvió Puerto Arturo a China. Apenas si se había secado la tinta del nuevo tratado cuando Rusia buscó y obtuvo el derecho a construir un ferrocarril a través de Manchuria hasta el puerto de Niu-Chwang, y a hacer uso de Puerto Arturo como una base naval, dotándolo de una guarnición. Los estadistas europeos resoplaron ante un cinismo tan descarado, pero en lugar de protestar enérgicamente, se unieron a la fiesta apropiándose de territorios chinos y se limitaron a observar la continua provocación a Japón por parte de Rusia desconocedores del programa de construcciones naval japonés.

En febrero de 1904, Japón se sintió preparado para actuar. Sin una declaración formal de guerra, sus escuadrones navales se abalanzaron sobre los barcos rusos fondeados ante Puerto Arturo y sembraron el caos. Los rusos quedaron estupefactos. Ni siquiera los campos de minas defensivos sirvieron de gran cosa. Eso sí, cuando el almirante Makarov, posiblemente el mejor oficial de la marina rusa, salió a dar la batalla a la flota japonesa de Togo, su buque insignia chocó con una de sus propias minas y Makarov se fue a pique con él el 13 de abril.

Makarov

Los japoneses se aprovecharon de su ventaja y ocuparon las alturas que rodeaban a la base rusa y comenzaron a bombardear a los navíos rusos fondeados. Y cuando el almirante Witjeft sacó a la escuadra rusa de puerto por segunda vez en el mes de agosto con la pretensión de unir fuerzas con el escuadrón de Vladivostock, también él fue derrotado y muerto. La Flota del Lejano Oriente rusa había dejado de existir y si el zar no quería verse obligado a aceptar una paz humillante, debía enviar a sus navíos del Báltico a la otra parte del mundo en un intento de restablecer la situación.

La historia que siguió de retrasos, falsas alarmas y complicaciones que siguió a la decisión rusa fue una tragicomedia que todo el mundo siguió con atención. Se le entregó el mando al almirante Rozhéstvenski, un oficial de gran temperamento y con una excelente hoja de servicios, que se había distinguido años antes contra los turcos. El nervio de su flota eran los cuatro nuevos navíos de línea Borodino, Orel, Alejandro III y Swaroff (el buque insignia). Estas poderosas unidades, cada una armada con cuatro cañones de 305 mm y doce cañones de tiro rápido de 152 mm, con una velocidad nominal de 18 nudos, que en realidad no llegaban a alcanzar, iban acompañadas por una heterogénea colección de viejos navíos de línea y cruceros, lanchas torpederas y otra serie de barcos que incluían desde transportes a buques hospital.

Rozhéstvenski

El zar inspeccionó los barcos en Reval el 9 de octubre. Una semana más tarde, Rozhéstvenski estaba ya en camino. Se mostró extrañamente nervioso desde el principio, teniendo en cuenta su carácter. Los informes hablaban de lanchas torpederas japonesas que los estarían esperando para atacarlos en los accesos al mar Báltico y en el Atlántico norte. Rozhéstvenski llegó a ordenar disparar contra un transporte noruego y un pesquero alemán poco después de zarpar, y posteriormente haría otro tanto contra una flota de pesqueros ingleses en Dogger Bank, cuyos tripulantes quedaron estupefactos de quedar sometidos a todo el poder naval de la Rusia del zar. Nunca se había visto un enfrentamiento de esta naturaleza. El resultado fue un arrastrero hundido y la pérdida de vidas inocentes.

Cuando el almirante ruso llegó a Tánger, vigilado de cerca por un escuadrón británico al mando de Lord Charles Beresford, dividió su fuerza. Él procedió a circunvalar el continente africano y envió al almirante Felkersham al Mediterráneo con órdenes de proseguir la ruta por el canal de Suez. Rozhéstvenski rebasó el cabo de Buena Esperanza el 19 de diciembre y puso rumbo a Madagascar. El día de año nuevo de 1905 fondeó frente a Tamatave, donde le llegaron noticias de que Puerto Arturo había capitulado. Las fuerzas de Rozhéstvenski y Felkersham volvieron a reunirse, pero no parecía que los almirantes tuviesen ninguna prisa por cumplir la misión. Su base más cercana estaba ahora en manos enemigas: a todo lo que podían aspirar era a burlar la flota del almirante Togo y llegar Vladivostock.

El 8 de abril la flota rusa se hallaba a la altura de Singapur. El mes de abril y la primera quincena de mayo transcurrieron en puertos franceses de Indochina, donde Rozhéstvenski recibió un último refuerzo. Luego, el 14 de mayo zarpó en busca de su destino. Utilizó el canal de Bashee entre Formosa y las Filipinas y se dirigió a Shanghai. Allí, el 25 de mayo, los navíos de guerra se separaron de sus auxiliares, que quedaron anclados en la boca del río Yang-tse. Ese mismo día por la tarde, el almirante ruso se dirigió a los estrechos de Tsushimam que separaban la isla del mismo nombre de Honshiu, la principal isla de Japón.

Continuará en la próxima entrada…

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