En medio de las complejidades de la campaña de Normandía, mientras los aliados golpeaban repetida e intensamente el frente alemán que, como hemos ido viendo por sus propios informes, Rommel trataba de mantener entero, tuvo lugar en el alto mando uno de esos bailes de jefes tan propios del Tercer Reich, y de cualquier ejército en tiempos de crisis. Von Rundstedt, que había abogado por algún tipo de negociación con los aliados, fue relevado al mando del frente del oeste por el mariscal de campo Gunther von Kluge, quien a raíz del accidente de Rommel se convirtió también en el comandante en jefe del Heeresgruppe B. Pasamos a transcribir a continuación el primer informe del nuevo jefe, quien había llegado a Normandía convencido de que sería capaz de restablecer la situación.

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21 de julio de 1944

¡Mi Führer!

Aquí le reenvío un informe del mariscal de campo Rommel [el del día 15, transcrito en la entrada anterior], que me fue entregado por él antes de su accidente, y que ya debatió conmigo en su momento.

Ya llevo aquí catorce días, y tras largas conversaciones con los mandos responsables de varios frentes, especialmente los de las SS, he llegado a la conclusión de que, desafortunadamente, el mariscal de campo [Rommel] tenía razón. Ha sido, especialmente, mi reunión de ayer con los mandos de la zona de Caen, que ha tenido lugar justo después de una intensa batalla, la que me ha obligado a llegar a la conclusión de que en el momento presente –considerando los medios a nuestra disposición– no hay modo alguno en que podamos enfrentarnos a las todopoderosas fuerzas aéreas enemigas, ni contrarrestar sus actividades destructivas actuales, sin vernos obligados a ceder territorio [una expresión que Rommel nunca utilizó]. Unidades acorazadas enteras han sido enviadas a contraatacar, pero han sido atacadas por cantidades terroríficas de aviones, que han lanzado alfombras de bombas, de modo que los nuestros tuvieron que salir de la tierra machacada con la mayor dificultad, a veces incluso con la ayuda de tractores [que remolquen los vehículos]. De modo que, al final, cuando llegaron al enemigo, ya era demasiado tarde.

El efecto psicológico en las tropas, especialmente la infantería, de semejante masa de bombas cayendo sobre ellas con toda la fuerza de la naturaleza, es un factor que debemos considerar seriamente. Lo más importante no es si semejante manta de bombas cae sobre tropas de buena o mala calidad, sino que estas son, más o menos, aniquiladas por completo, y todo su equipo queda destrozado. Basta con que esto suceda unas pocas veces para que la capacidad de resistencia de estas tropas haya sido severamente puesta a prueba. Se paralizan, mueren, lo que queda no es capaz de cumplir con lo que requiere la situación. La consecuencia es que las tropas tienen la sensación de combatir contra un enemigo que se lo lleva todo por delante.

Vine aquí con la intención firme de hacer efectiva su orden de resistir a cualquier precio. Pero cuando uno se da cuenta de que el precio a pagar es la lenta pero segura destrucción de nuestras unidades –estoy pensando en la división Hitlerjugend [12.ª acorazada de las SS, citar a la niña bonita de Hitler en estas circunstancias fue todo un golpe bajo], que se ha ganado todos los elogios–, cuando uno ve que todos los refuerzos y reemplazos enviados a los distintos sitios son casi siempre desesperantemente inadecuados, y que el armamento, especialmente las piezas contracarro, de artillería y las municiones enviadas para ambos tipos, no son suficientes para cubrir las necesidades de los soldados, de modo que al final el arma principal de nuestra batalla defensiva es el espíritu positivo de nuestros valientes combatientes, entonces, la ansiedad ante el futuro inmediato de este frente está totalmente justificada.

Puedo informar de que el frente ha sido mantenido íntegro hasta ahora gracias a la gloriosa valentía de nuestras tropas y a la determinación de todos los mandos, especialmente los más jóvenes, aunque se haya perdido terreno día a día.

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Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, se acerca con rapidez el momento en que esta sobrecargada línea se romperá. Y una vez que el enemigo alcance terreno abierto será imposible ejercer un mando debidamente coordinado a causa de la insuficiente movilidad de nuestras tropas. Considero pues mi deber como mando responsable de este frente informarle de estas circunstancias a tiempo, mi Führer.

Mis últimas palabras en la conferencia de mandos al sur de Caen fueron: “Debemos defender nuestras posiciones, y si no sucede nada que mejore la situación, entonces debemos morir honorablemente en el campo de batalla”.

Firmado: Von Kluge, mariscal de campo.

El 17 de agosto Kluge sería reemplazado por Model y llamado de vuelta a Berlín, pero dos días después, temeroso de que se le asociara con el intento de asesinato del 20 de julio, se suicidó.

 

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