La flota submarina italiana nunca fue demasiado buena, y en cuanto a su flota de superficie, debido a errores de mando y de concepción operacional, nunca llegó a rendir todo su potencial. Sin embargo, donde si tuvo más éxito la marina italiana fue en el uso de armas de ataque no convencionales, como las lanchas explosivas.

Estas eran muy parecidas a lo que es actualmente una lancha deportiva. De fondo plano, unos cinco metros de eslora y muy poco calado, estaban hechas para la velocidad; con un motor muy potente, pero con escasa autonomía. Las tripulaba por un solo hombre, cuyo puesto de pilotaje era minúsculo ya que toda la sección de proa estaba llena de explosivos, con sus correspondientes espoletas.

El destructor italiano «Sella», fue uno de los buques modificados para transportar lanchas explosivas hacia su objetivo.

La táctica de empleo de estas unidades, que ya habían dado buenos resultados durante la Primera Guerra Mundial, era relativamente simple, y muy parecida a la de un torpedo, solo que tripulado durante la mayor parte de su recorrido. Para poder emplearlas hacía falta que la mar estuviera en calma total. Entonces, eran trasladadas hasta su punto de partida por una nave de mayor tamaño, un destructor, por ejemplo, y largadas sobre el mar a pocas millas de su objetivo. Desde allí se acercaban disimuladamente para, en el último instante, acelerar con toda la potencia de sus motores y lanzarse directamente hacia sus blancos para impactar contra ellos. Por supuesto no eran armas suicidas, y los pilotos tenían que trincar el timón y saltar antes de que se produjera el impacto, lo que delegaba gran parte de la eficacia del ataque en el cuajo de quienes tripulaban las lanchas, ya que cuanto más tarde las abandonaran más fácil era que acertaran a su objetivo. Una vez que la lancha impactaba, solía destrozarse contra el casto del barco atacado, de modo que la carga se hundía hasta que las espoletas de profundidad la detonaban, destrozando la obra viva del buque atacado.

En aquella ocasión fueron los destructores “Crispi” y “Sella” los encargados de trasladar seis de estas lanchas hasta la bahía de Suda. Zarparon de la isla de Astypalaia, que se hallaba a unas 120 millas al noreste de Creta, poco después de que los servicios de reconocimiento detectaran un crucero, dos destructores y varios buques mercantes anclados en la base británica; y de que los meteorólogos informaran de que en la noche al 26, una noche de luna nueva, las condiciones de la mar iban a ser óptimas.

A las 23:30, en medio de la oscuridad y con ambos destructores parados a unas diez millas de la costa cretense, se inició la maniobra de arriado de las seis lanchas explosivas que iban a efectuar el ataque. Es imposible no comprender la angustia que debieron sentir los seis pilotos, entre ellos el Teniente de Navío Luigi Faggione, comandante de la expedición, cuando vieron que los dos buques nodrizas volvían a poner sus máquinas en marcha y los dejaban flotando sobre el agua. A partir de entonces su destino iba a ser, en el mejor de los casos, pasar el resto de la guerra en un campo de prisioneros. En el peor, la muerte.

El Crucero HMS York, antes de la guerra.

Las seis lanchas se pusieron en marcha a velocidad de crucero, para llegar a la entrada de la bahía hora y media después. Eran, aproximadamente, la 01:00 del día 26. Allí les sonrió la suerte, o la desidia británica, pues las defensas que encontraron eran escasas: tan solo dos redes antisubmarinas cerraban el acceso, y aunque el interior lo vigilaban varios focos, no había ningún barco patrullando la zona.

Las lanchas explosivas empleadas para el ataque eran capaces de sacar la hélice fuera del agua, como un fueraborda, para deslizarse por encima delos cables que sostenían las redes antisubmarinas; y además, para facilitar aún la maniobra, Faggione dirigió la penetración de su grupo pasando muy cerca de las rocas de la costa, donde la profundidad era menor y la vigilancia aún más escasa.

Una vez dentro tuvieron que sortear los focos que barrían el mar, y un tiempo después se plantaron ante los barcos que estaban anclados al fondo de la bahía. Allí parado en medio de la oscuridad, Faggione tomó una decisión increíble: esperar. Tan solo faltaban veinte minutos para el alba y la posibilidad de que la incipiente luz del día iluminara los objetivos y facilitara el ataque era algo que no podía dejar de tener en cuenta. La espera duró unos veinte minutos, durante los cuales el jefe de la flotilla italiana hizo pasar sus prismáticos de uno a otro de los pilotos de las lanchas, indicándoles a cada uno su objetivo.

Lancha explosiva italiana, como las que se utilizaron en la bahía de Suda. El piloto iba a tras, lo que facilitaba el abandono del barco.

El horizonte se tiñó de luz y el Teniente de Navío dio a sus dos primeras lanchas la orden de atacar. Su objetivo era el crucero “York”. Los motores rugieron, las dos diminutas armas se lanzaron a toda velocidad hacia su blanco, llegaron hasta una distancia de cien metros, los tripulantes trincaron los timones, saltaron al mar y, poco después, ambas lanchas se estrellaban contra el navío y se hundieron. La explosión fue sin duda un duro despertar para los marinos británicos de la base.

Sin embargo su reacción fue errónea pues, confundiendo el ruido de los motores de las lanchas con los de una flotilla aérea, concentraron su atención y desataron su fuego hacia el aire, olvidándose de la superficie y otorgando a Faggione todo el tiempo del mundo para orquestar los ataques de las cuatro lanchas restantes.

Las dos siguientes erraron sus blancos. Tal vez fue por falta de suerte, tal vez porque no estaban bien arrumbadas o tal vez porque sus pilotos saltaron antes de tiempo. Ambos se salvaron, en todo caso. Las dos últimas, en cambio, tuvieron más éxito, hundiendo un mercante y dañando un petrolero, el “Pericles”, de 8.000 toneladas.

El HMS York después del ataque. No volvió a entrar en servicio.

El resultado del ataque fue sin duda muy positivo para los italianos. Consiguieron inutilizar el “York”, que era el único crucero con cañones de 203mm que había en la región, por completo; y además hundieron un transporte y dañaron un petrolero. Ellos, por su parte, habían perdido las lanchas, pero ninguno de los tripulantes pereció. Eso sí, todos iban a terminar la guerra en un campo de prisioneros. Se llamaban: Luigi Faggioni, Alessio de Vito, Emilio Barberi, Angelo Cabrini, Tullio Tedeschi y Lino Beccati

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