Hoy veremos tres historias de tres soldados españoles de aquella infantería invencible que enseñoreó los campos de Europa en el siglo XVI.

Dos vendrán de la mano de las famosas rodomontadas narradas por Pierre de Bourdeille y la última por el propio capitán Contreras en sus memorias. Aunque una de ellas es anterior a la formación oficial de las unidades conocidas como Tercios, bien vale incluirla en nuestra serie dedicada a esta infantería legendaria.

El Soldado Lobo

Nuestra primera historia tiene lugar en el contexto de la Guerra de Italia de 1521 a 1526, que enfrentó al rey de Francia, Francisco I con el recién entronizado Carlos I de España y V de Alemania por el dominio del Milanesado. En 1521 las tropas imperiales de Próspero Colonna se encontraban sitiando el castillo de Milán, cuando se presentaron de manera inesperada refuerzos franceses al mando del Vizconde de Lautrec (ambos se convertirían en vencedor y vencido un año después en la Batalla de Bicoca), plantando su campamento a retaguardia de los sitiadores y cavando rápidamente un sistema de trincheras.

La preocupación se apoderó del campamento imperial, en el que había un fuerte contingente de arcabuceros españoles. En cuestión de una tarde los sitiadores se habían quedado entre dos fuerzas enemigas en una situación bastante comprometida. Por casualidad, llegó a oídos de Colonna la existencia de un soldado español al que llamaban Lobo, que según decían era el más ágil y mejor corredor nunca visto, capaz de competir con los más rápidos cargando él un carnero a la espalda.

Inmediatamente Colonna hizo que lo llevaran a su presencia, y le habló de lo que deseaba que hiciera en servicio del emperador. Lobo le prometió hacer maravillas, y tomó consigo a un compañero arcabucero, también español y muy diestro en cargar el arma. Esa noche Lobo se acercó al campamento enemigo y allí dio con un centinela avanzado francés, que gritó “¿Quién va?”  Lobo se arrojó de pronto sobre él, lo cargó a hombros como si fuera un carnero, y volvió a su campamento, escoltado por su compañero, el cual efectuó tres disparos antes de llegar los tres sanos y salvos. Lobo había vuelto a ganar y Colonna tenía a un soldado enemigo al que interrogar.

Luis de la Seña

La siguiente historia también tiene lugar durante las Guerras de Italia en la zona de operaciones de Lombardía, aunque esta vez el Señor de Bramtome no nos da más claves para poder localizar la fecha o el hecho de armas en que tuvo lugar. En una batalla contra el francés fue herido de pelota el soldado español Luis de la Seña, cuando estaba en su puesto formando en su escuadrón de infantería. No siendo suficiente protección el coselete que llevaba en el pecho, el proyectil lo atravesó y penetró en el vientre del español a la altura de la barriga.

El animoso soldado, sabiendo que la pelota se le había alojado en las tripas, salió de su puesto con esfuerzo, se quitó la coraza o coselete y sacando un cuchillo, con arrestos, se hizo un corte en la barriga por donde metió sus dedos, hurgó y sacó la bala. Posteriormente se metió otra vez las tripas para adentro, se hizo dos agujeros en los extremos de la raja con la punta del cuchillo y se fue cosiendo con hilo y aguja la herida.

Una vez hubo terminado, se levantó se ajustó el coselete y volvió a su puesto de combate en el escuadrón. Poco después Luis de la Seña era herido de nuevo en la ceja y el ojo de otro arcabuzazo, con lo que hubo de ser retirado definitivamente del campo de batalla. El emperador Carlos I, al tener noticias de su hazaña lo recompensó con posterioridad con 100 ducados de renta vitalicia.

El capitán Alonso de Contreras

Estando el capitán Alonso de Contreras (cuyas memorias pueden descargarse gratuitamente en nuestra biblioteca GEHM) con su compañía de infantería española en uno de los núcleos urbanos de los alrededores de Capua, que recibía el nombre de Casale de Capua, en Italia, descubrió que las familias potentadas del lugar, para evitar tener que alojar a la tropa en sus casas, daban los primeros votos a un hijo y luego se lo donaban todo, porque según preveía la legislación del lugar, un hombre de la iglesia no estaba sometido a la obligación de alojar soldados.

Al capitán Contreras aquella triquiñuela le sentó muy mal, y se dedicó a ir casa por casa preguntando donde dormía el religioso, y entonces decía, “ahí nadie toque”. En las demás estancias, sin embargo, dejaba tres o cuatro soldados de su compañía. Los ricachos se quejaron al arzobispo del atropello cometido y éste, forzado a hacer algo por sus feligreses, le envió a decir al capitán que estaba excomulgado por el capítulo Quisquis pariente del diablo.

Según reza en sus propias memorias, el capitán Contreras le contestó de vuelta: “Yo le respondí que mirase lo que hacía, que yo no entendía el capítulo Quisquis, ni era pariente del diablo, y que para algo me había dado Dios diez dedos en las dos manos y ciento cincuenta españoles”. Lo que al parecer fue suficiente para que el osado arzobispo se olvidara de los cánones y se la “envainara”.

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