Solo hay cuatro caminos terrestres para entrar en Crimea. Los menos evidentes, los más difíciles, son el Sivash, una gran extensión pantanosa que no es ni mar ni tierra pero que, a veces, si se conjuran las mareas y los vientos, puede ser vadeable; la estrecha península del Chongar y la larga lengua de arena del Arabat. El camino más evidente es el istmo de Perekop, donde los tártaros erigieron su muro.

Los accesos terrestres a Crimea.

                A finales del siglo XVI el Kanato de Crimea era una potencia cuyos jinetes asolaban la estepa rusa para luego refugiarse en su península de origen. Apoyados por mar por el imperio otomano, los tártaros decidieron cerrar el acceso terrestre a su territorio construyendo un imponente baluarte defensivo a través del istmo. Su punto focal fue el gran fuerte de Perekop, unido por un muro a otros fuertes de menor tamaño. El conjunto estaba protegido por un foso de 22 metros de ancho y 12 de hondo y defendido por diversas baterías de artillería.

                Por supuesto no hay fortificación que no pueda ser tomada y en el siglo XVIII el naciente imperio ruso acabaría penetrando el muro para hacerse con Crimea, pero la memoria de la fortificación pervivió y siglos después iban a ser los rusos quienes se posicionaran detrás del muro tártaro. Una de estas ocasiones empezó el 17 de septiembre de 1941, cuando el General Erich von Manstein tomó el mando del 11º Ejército que tenía, entre otras misiones, la de ocupar Crimea.

Una visión romántica y decimonónica del muro tártaro. Al fondo puede verse la ciudad de Perekop. Cromolitografía de Carlo Bossoli

                La tarea de entrar iba a recaer sobre el LIV Cuerpo de Ejército del General Hansen, formado fundamentalmente por la 46 y la 73 divisiones de infantería; mientras que el XXX Cuerpo de Ejército lo apoyaba vigilando las salidas de Crimea por la península de Chongar y la lengua de arena de Arabat. El gran inconveniente al que tenían que enfrentarse los alemanes era la voladura de los puentes sobre el Dniepr, que complicaba extraordinariamente la llegada de suministros; el de los rusos era la falta de capacidad, la improvisación y la debacle que se habían hecho dueños de su ejército durante aquellos meses de derrota, pero al principio parecía que no iba a ser así.

                La división encargada de defender el istmo de Perekop fue la 156ª de fusileros, comandada por el Coronel Aleksandr I. Danilin. Para ayudarla los ingenieros habían preparado tres líneas defensivas, de las que la más adelantada (al norte) era una simple serie de puestos avanzados con una dotación total de dos batallones de infantería apoyados por otros tantos de artillería. Tras ella cruzaba el istmo una larguísima zanja antitanque de 1,80 metros de profundidad, acompañada cuatro hileras de defensas de alambre de espino. La tercera línea (al sur) era la principal. Allí había búnkeres y casamatas diseñados para alojar diversos tipos de piezas de artillería de campaña y contracarro pero, sobre todo, estaba el muro tártaro. El foso había sido mejorado, pues aunque su profundidad seguía siendo la misma ahora tenía un ancho de casi 32 metros y tras él se alzaba un terraplén de cuatro metros y medio de altura, sobre el que se hallaba el muro propiamente dicho, desde donde se dominaba y se observaba perfectamente la extensa llanura pelada que servía de acceso a las defensas: el camino que iban a tener que recorrer los alemanes. Además de acometer estas obras los soviéticos sembraron la región de minas de todo tipo, incluso bombas aéreas y minas navales acabaron en la línea defensiva.

El foso tártaro en la actualidad.

                Informado de lo que le esperaba por la Luftwaffe, Manstein trató de encontrar un camino alternativo, pero no lo había de modo que tuvo que asumir que el asalto sería duro y costoso. Para facilitar las cosas a la infantería decidió poner todas las bazas a su favor concentrando todos los medios de apoyo disponibles. Así, no tardaron en llegar tanto los cañones de asalto del 190 Sturmgeschutz Abteilung como una impresionante colección de batallones de artillería pesada, en la que se incluyeron cuatro inmensos morteros checos de 305 mm. Las 152 bocas de fuego reunidas fueron distribuidas en dos mandos: el HArko (mando de artillería) 110 para las piezas medias y ligeras, y el HArko 20 para las pesadas. Ambos quedaron bajo el control supremo del Generalleutnant Johannes Zuckertort.

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