El siguiente relato está extraído del libro Sky Men – Historia de las Tropas Aerotransportadas de Robert Kershaw (Ediciones Salamina): Ocho aviones despegaron entre las 17:40 y las 18:17; seis cargados con incursores, explosivos y contenedores de armas, y dos con bombas para un ataque de diversión en Foggia.

«Llegamos sobre el objetivo sin incidentes», recordó Arthur Lawley, «y comenzamos a saltar a eso de las 9:30 pm». Seis hombres y algunos contenedores descendieron en varios intervalos desde los seis aparatos. «A través del agujero situado a mis pies algunas casas y luego un río destellaron a la luz de la luna», observó Anthony Deane-Drummond. «¡Luz verde! Una repentina sacudida a la realidad». Saltó el número 5, un turno después de los contenedores lanzados en medio del grupo.

«Tras el incesante zumbido de los motores lo primero que experimenté fue el silencio», interrumpido por la leve sacudida de la apertura de su paracaídas. «habíamos sido lanzados más bien bajo, desde no más de 152 metros, lo que nos daba unos 15 segundos antes de llegar al suelo». Iluminado por la luz de la luna, encontró el paisaje circundante «mucho más salvaje y pronunciado de lo que hubiéramos esperado». Lawley «se encontró flotando gentilmente a la bonita luz de la luna, y todo estaba en un silencio sepulcral».

Ambos cayeron en un campo arado en la ladera de una colina, unos 100 metros por encima del acueducto. «Durante unos instantes escuché atentamente», recordó Lawley, «pero solo podía oír el distante zumbido de los aeroplanos y el bombardeo que efectuaban los otros dos valle arriba para distraer la atención». El salto se ejecutó con cuenta gotas porque los aviones habían sido dispersados por la flak sobre Sicilia. El avión de Deane-Drummond y Lawley realizó los lanzamientos a las 9:42 pm, mientras que los otros no aparecieron hasta las 10:15 pm. Cinco lanzaron con precisión razonable pero un avión lanzó con una hora y media de retraso a 3 kilómetros en el siguiente valle, hacia el noreste.

Una vez más, esperar siempre lo inesperado, al tiempo que se sucedían los contratiempos. El lieutenant Paterson, el oficial de mayor graduación de los Royal Engineer en alcanzar el objetivo, quedó perplejo al descubrir que los pilares del acueducto estaban construidos con cemento y no con ladrillos. Los explosivos habían sido preparados y transportados para emplearse contra estos últimos.

Algunos contenedores se habían perdido y otros no podían ser encontrados en la oscuridad. Se obligó a los habitantes locales a prestar servicio como porteadores llevando los explosivos desde donde habían caído hasta los pilares, aunque solo pudieron encontrarse 363 kg de los 1.016 kg previstos para el trabajo. Paterson improvisó: en vez de volar tres pilares, agrupó lo que tenía alrededor del pilar situado más al oeste, dedicando 72 kg al pilar contiguo.

A las 12:30 la carga principal explotó, seguida 30 segundos después por una más endeble bajo un pequeño puente cercano que llevaba al acueducto. Fue un momento de tensión. «¡Whoomf! Nuestro puente voló entre una nube de cemento, barrotes de hierro y trozos de mampostería», recordó el teniente Deane-Drummond. «Nunca me hubiera esperado tanto escombro, nos llovieron bloques de hormigón y trozos de hierro». Lawley escuchó atentamente. «Oír el agua derramándose por la ladera de la colina como un furioso torrente era música para nuestros oídos». Lo habían conseguido.

La fuerza incursora se dividió posteriormente en tres grupos para reunirse en la costa con el submarino HMS Triumph, pero todos fueron capturados por los italianos. En cualquier caso, el submarino se había visto en peligro y no se hallaba en el lugar convenido. Uno de los aviones incursores, alcanzado por la flak, comunicó por radio que iba a amerizar en la misma bahía. Los paracaidistas emplearon cinco noches en cubrir 96 km con la intención de evitar al enemigo. Murió un hombre, otro resultó herido y se perdió toda la fuerza en aras de un resultado de escaso valor militar.

En el lapso de dos días y medio el acueducto había sido reparado. Solo el lieutenant Deane-Drummond logró escapar con su historia, volviendo a Inglaterra en agosto de 1942. Parecía que Gran Bretaña disponía ya de una fuerza paracaidista. Pero en ausencia de supervivientes había dudas sobre si la incursión había tenido éxito. Llevó diez días y la presión de los medios para que la War Office emitiera un breve y conservador informe sobre la acción, mientras la alarma y la consternación reinaban en Italia. Se aprendieron lecciones: el reconocimiento aéreo fotográfico se estimó insuficiente y los procedimientos de salto nocturno habían llevado más tiempo y eran más complejos de lo esperado.

Los mosquetones de apertura de los contenedores y el concepto de salto por separado de armas y tropas necesitaban ser revisados con urgencia. A pesar del desastroso ensayo que tuvo lugar con anterioridad a la incursión, se reivindicó el entrenamiento efectuado por el 11th SAS Battalion. La de terminación, la resistencia y la iniciativa mostrada por la fuerza a su llegada, ignorando o teniendo que hacer frente a contratiempos inesperados, era exactamente la respuesta agresiva que se suponía que su entrenamiento debía imbuirles.

Siempre estarían en inferioridad numérica, siempre habría sorpresas y reveses, pero ellos no debían abandonar nunca. Saltaron sabiendo que era improbable que regresaran. Fortunato Picchi, el intérprete del SOE12 nacido en Italia que saltó con el grupo, fue fusilado por espía.

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