Hoy veremos de la mano del diario divisionario de Dionisio Ridruejo, la maña que se daban los españoles para confraternizar con las poblaciones ocupadas, intercambiando comestibles por las innumerables piezas de sus equipos, de las que se fueron deshaciendo en su marcha de 1000 kilómetros.

En septiembre de 1941 en la localidad bielorusa de Radun un informador soviético camuflado como chófer holandés de la organización Todt preguntó a una campesina si los españoles habían estado por allí. La respuesta fue: «Sí estuvieron aquí. Gesticulaban con las manos en lenguaje de signos, preguntando por «Kikiriki» y «Oink-oink» a cambio de camisas, bufandas y calcetines.

Transcribimos un pasaje de dicho diario, fechado el 4 de septiembre de 1941: La abundancia de bienes es producto del ingenioso comercio con los nativos del país. Primero se intentó practicar con moneda, pero -salvo algún caso de sumisión por temor- no dio resultado. La miseria de las aldeas parecía corresponder a su pobre aspecto. pero de pronto algún campsesino más osado se decidió  a sugerir el  trueque de productos, el cambio de cosas por cosas. El dinero ¿de qué serviría aquí? ¿Quién sabe si valdría mañna para algo?

En cambio había una realidad cierta: nosotros estábamos más o menos hambrientos -o el rancho alemán, que supongo científicamente calculado, es probre de por sí o nuestra intendencia lo envilece; en cualquier caso, conformarse con él es triste cosa-. Ellos, los campesinos estaban más o menos desnudos. Sacrificar algo de nuestro equipo -una previsión al fin ay al cabo- por sus apetecibles productos comestibles- un ciertísimo presente -era cosa cuerda y razonable. Así se hizo. De pronto han aparecido en abundancia pollos y gallinas y por lo tanto huevos, carne de cabra o de cordero, lechones de cerda, matnequeilla, leche y patatas.

Por nuestra parte, quien más y quien menos todos traíamos en nuestros macutos -aparte del equipo oficial -botas de repuesto, camisas, jerséis y camisetas, calecetines, bufandas y pasamontañas, platos y cubiertos, cuhillos y otras mil cosas sin las que nos podremos pasar perfectamente. De «ellos», muchos van descalzos o mal calzados y todos harapientos, con prendas de vestir en las que ya no se conoce ni el color ni la forma, ni el país ni la época.

Sus casas están también pobres de utensilios. El resultado ha sido que ya ni siquiera hay que ir a las casas en busca de sus productos. Ellos mismos vienen a la linde del campamento -cargados con lo que quieren vender -y esperan que nos acerquemos. Hoy ha aparecido allí un poste y un letrero en castellano que decía MERCADO. Las cotizaciones van variando por día -hondos, legítimos campesinos estos- según la realidad de las necesidades recíprocas. Nosotros hemos de comer a diario, pero ellos con una vez que compren botas o camisa tienen bastante.

El primer día una camisa llegó a valer un lechón completo, media docena de huevos y una marmita (de las que usamos para tomar el rancho) llena de leche. Hoy a mí, por unas botas espléndidas, claveteadas y de buen cuero español, no me han dado más que un desayuno de huevos con torreznos para cuatro y dos marmitas de leche con una pequeña propina de mantequilla. Cierto que las botas no eran bastante grandes para el bhombre de la casa que ya tenía las suyas -un mocetón de cuarenta años rojo y jovial -y sólo eran buenas para la mujer. Y las cosas de la mujer no merechen la pena (no he visto nada semajnate a los gestos de indiferencia y desestimación del hombre al someter la cosa a considearción).

En fin, el campamento está lleno de aves que gritan o pretenden escaparse o que -cerca de las tiendas- esperan el sacrificio. Éste se hace casi siempre por el método bárbaro y expeditivo de la decaptiación a golpe de hacha. Así, el campamento está materialmente sembrado de cabezas -tristes, insignificantes cabezas muertas- de gallina o de pollo. En la atmósfera pesa a mediodía -y a cualquier hora- con el olor del humo un vago perfume de huevos fritos y lechón asado.

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  1. Antonio Vallejo Sánchez says:

    Muchas anecdotas de estas, me contaba, mi difunto padre; e incluso que se llevaban mejor y contemporizaban mejor con los Rusos, que con sus Camaradas Alemanaes; me contaba que los rusos, cuando el pueblo era tomado por los españoles de la División Azul, lo celebraban, como si hubieran sido liberados y con una fiesta.-La población rusa, los mayores (los jovenes estaban todos en el frente), señalizaban, con señales secretas convenidas con los Franco-Tiradores Partisanos, que en ese pueblo estaban los españoles de la División Azul, para que se abstuvieran de tirar, ya que el comportamiento de los españoles era muy correcto y a los que tenian que hostigar era a los alemanes.-En el frente de Volchov,el Comte Angel Ramirez de Cartagena; ordeno a mi padre y a otro divisionario, recoger a un herido muy grave, trasladandolo hasta el puesto de Socorro; que de no haber sido evacuado entre las dos lineas de fuego, hubiera muerto.- HONOR Y CLARIA A LA DIVISIÓN AZUL 250 DE VOLUNTARIOS ESPAÑOLES

  2. Álvaro says:

    Buenos días,
    Me gustaría saber donde ha conseguido la segunda foto utilizada para ilustrar el artículo, ya que estamos trabajando en un documental sobre un antiguo soldado de la División Azul, quien tomó originalmente esa foto, y nos sería muy útil seguir la pista de las imágenes.
    Gracias!

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