Comenzamos hoy una Serie GEHM con la intención de recopilar las anécdotas y andanzas de Hans Ulrich Rudel, el as de Stukas alemán.

 

Hans Rudel

Tras el desastre de Stalingrado, la escuadrilla de Rudel se encuentra en el aeródromo de Gorlovka, en la ciudad de Stalino, centro de la cuenca industrial del Donetz e importante nudo de comunicaciones de retaguardia. Por esta época llega un piloto bisoño en sustitución de un compañero derribado recientemente. Se trata del alférez Schwirblatt.

Según Rudel, un buen muchacho, aunque un  poco ingenuo. Al día siguiente sale, acompañando a Rudel, en una misión a la región de Artemovsk, que estaba ya en manos del enemigo. A partir de aquí, dejemos que sea el propio Rudel el que cuente la peripecia:

» Despego y me alejo meintras que él lucha aún en la pista contra la nieve que se pega a las ruedas de su tren de aterrizaje. Cuando por fin despega su cacharro, me sigue, pero no cortando por lo más corto, como hubiera hecho cualquier otro piloto; por lo visto, no se considera autorizado para modificar así el intinerario, ya que se aplica a hacer exactamente el mismo trayecto, de forma que la distnacia entre nosotros no disminuye.

Al cabo de media hora, varios Lag 5, que estaban al acecho detrás de una montaña de nubes, se divierten haciendo de él un blanco. Por extraordinario que parezca, no es derribado, a pesar de que continúa en línea recta sin intentar evitar las ráfagas; quizás interpreta en su sentido más literal mi orden de seguirme.

La 5

Viro sobre el ala, hago una imperial, y después de un pleaneo en semicírculo, consigo colocarme detrás de él para cubrirle. Disgustados, los Lags se alejan. De regreso a nuestro campo, el pequeño alférez descubre en su fuselaje y en su timón de profunididad numerosas desgarraduras. Con una sonrisa tímida se vuelve hacia mí:

– La antiaérea rusa me ha obsequiado de lo lindo. En fin, supongo que ha sido la antiaérea, puesto que no he visto ni un solo caza ruso.

No me puedo contener la risa.

– Me complazco, sobre todo, en felicitarle por la elección de su ametrallador. No cabe duda qeu vuela con sus ojos cerrados: sin esto hubiera podido ver cómo varios cazas rusos se aprovechaban de su paso para ejercitarse en el tiro al blanco móvil.

El valiente rapaz abre desmesuradamente sus ojos. Aún no ha comprendido nada y me veo casi obligado a hacerle un dibujo para explicarle que acaba de escapar de la muerte. En lo sucesivo , sin embargo, Schwirblatt se revela como un excelente piloto: tenaz, inteligente, valeroso, yno de los mejores d ela escuadrilla.

Y así fue, porque posteriormente Schwirblatt recibiría la Cruz de Caballero y permanecería en la unidad de Rudel durante el resto de la guerra.

Extraido de las memorias de Rudel Piloto de Stukas.

Sigue en Historias de Rudel (II) – T-34s en la pista de despegue

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