No deja de ser curioso que casi cualquier aficionado a la segunda guerra mundial conozca la fecha del 7 de diciembre de 1941, o la de la noche del 11 al 12 de noviembre de 1940; y sin embargo, así, a bote pronto, pocos sabrían identificar que sucedió al atardecer del 2 de diciembre de 1943. Aquel día, en Bari, los aliados sufrieron el ataque a un puerto más devastador desde Pearl Harbor.

Bombardero alemán Junkers 88, fueron los protagonistas del raid.

                Todo había empezado hacía tiempo, cuando Kesselring empezó a interesarse por el puerto, que en aquel momento era la principal puerta de entrada de suministros y pertrechos para el 8º Ejército Británico. Aquella mañana, como muchas otras, un suave zumbido delató la presencia de un (otro) avión de reconocimiento alemán sobrevolando el lugar. Sin duda no era el primero, pero el hecho de que hubiera dos convoyes en puerto, uno descargando en los muelles y el otro a la espera, hubiera debido ser razón suficiente como para reforzar la vigilancia. No fue así.

                “A las 19:30 estaba en la oficina de cifrado [a bordo del HMS Vienna, un buque de apoyo de lanchas torpederas] con el subteniente Morris trabajando en un mensaje cifrado –recuerda el teniente B.G. Syrett- cuando repentinamente unos pocos cañones empezaron a disparar y Morris se precipitó a abrir la puerta para encontrarse con que el puerto estaba iluminado por varias bengalas descendiendo lentamente colgadas de sus paracaídas. Arrastré a Morris hacia el interior y cerré la puerta mientras ambos nos preguntábamos, durante uno o dos segundos, de que iba todo aquello”.

                Se trataba de un ataque aéreo alemán. Llegados a este punto, las fuentes divergen bastante en lo que al número de aviones se refiere pues pasan de 89 a 105, y Rick Atkinson, siempre fiable, se limita a indicar que la primera oleada fue de 20 Ju-88. Tampoco es pacífica la lista de escuadrillas que participaron en el ataque, que va desde las Kampfgeschwader (escuadrones de bombardeo) 30, 54 y  76, hasta incluir también la 26 y la 100, lo que implicaría la participación de todas las unidades de bombardeo alemanas presentes en Italia en ese momento. Donde las fuentes si son pacíficas es en la lista de pérdidas aliadas: 17 barcos hundidos, 8 dañados y más de un millar de bajas militares y otras tantas civiles.

Pieza antiaérea con el puerto de Bari, en llamas, al fondo. Los alemanes lograron la sorpresa total

                La sorpresa fue total. Los bombarderos alemanes habían llegado al atardecer, volando a muy baja altura -ciento siete pies, indica Atkinson, un poco más de treinta metros- para escapar del RADAR, y se plantaron en medio del puerto sorprendiendo a todas las unidades de defensa antiaérea tanto de tierra como a bordo de los barcos; la reacción, aunque ruidosa, fue tan escasa que solo consiguieron derribar un solitario Ju-88.

                Cuando los alemanes viraron para marchar hacia el norte dejaron detrás un escenario digno de Dante. Algunas bombas habían caído en la ciudad, derrumbando edificios y sembrando el pánico entre la población, que presa del pánico se arrolló a si misma en un desesperado intento por alcanzar los refugios antiaéreos; otras cayeron sobre el oleoducto del puerto, cuyo petróleo se derramó sobre el mar y se incendió; y otras impactaron en los propios barcos, hundiendo, ya lo hemos dicho, 17, y dañando ocho más. Uno de los barcos tocados fue el John Harvey.

                ¿Por qué singularizar esta barco entre otros? Porque llevaba un cargamento secreto. Tiempo atrás, durante la campaña de Túnez, había corrido el rumor de que los alemanes estaban pensando en emplear gases tóxicos en el frente y los aliados, ni cortos ni perezosos, decidieron tener a mano una reserva propia para reaccionar de modo fulminante si esto ocurría. Además de municiones y explosivos, el John Harvey transportaba gas mostaza. Fue una mala mezcla, cuando una de las bombas alemanas impactó contra el buque e hizo estallar las municiones, el gas se convirtió en una fina lluvia que se extendió por todas partes, cayó al agua, se mezcló con el petróleo y esperó.

                Los equipos de rescate se comportaron admirablemente. Los marineros de las flotillas torpederas 20ª y 24ª sacaron a mucha gente del agua, hombres aparentemente ilesos o con heridas leves que no se molestaron en cambiarse la ropa empapada o quitarse el gasoil que les impregnaba el cuerpo antes de partir al hospital. Los primeros síntomas, principalmente picor de ojos, se hicieron notar a las seis horas, las primeras muertes, a las 18.

Otra vista de Bari después del ataque. La foto no muestra el peligro mas insidioso.

                Volviendo, para terminar, a Atkinson, este nos narra, a modo de ejemplo, una de las muertes, la del marinero Philipp H. Stone: “Ingresado en el 98º Hospital General sin heridas visibles, pero empapado en agua mezclada con Petróleo, pocas horas después desarrolló ampollas y a las nueve en punto del sábado por la mañana estaba ya inconsciente, con <dificultades respiratorias>. A las tres y media de la tarde recuperó el sentido, pidió agua, y <repentinamente murió>. La autopsia reveló <oscurecimiento de la piel> y <epidermis fácilmente quebradiza>, gran hinchazón en el pene, labios negros y pulmones con una <peculiar consistencia gomosa>. El marinero Stone tenía 18 años”. Hay veces en que la realidad supera la ficción más delirante.

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  1. edumardo says:

    «[…]y otras impactaron en los propios barcos, hundiendo, ya lo hemos dicho, 187, y dañando ocho más. Uno de los barcos tocados fue el John Harvey.»

    Será una errata, ya que anteriormente se dice que son 17 barcos hundidos ;).

    Aún no he tenido el placer de leer el segundo libro de Atkinson, «El día de la batalla», pero si es como el primero, es una lectura muy recomendable.

    Un saludo.

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