Si el periodo que transcurrió entre enero de 1933 y primeros de 1934 fue, como hemos visto, de incertidumbre para la futura Kriegsmarine, en cuanto Hitler se hubo asentado en el poder y empezó a implementar su idea de orientar completamente la economía alemana hacia el rearme, la construcción de buques de guerra se aceleró. En enero de 1934 se otorgaron los contratos para la construcción de dos acorazados de bolsillo y cuatro destructores cuyo tonelaje eral el doble del permitido por el Tratado de Versalles.

Vista lateral del Admiral Hipper, uno de los cruceros pesados contratados en 1934.

No contentos con esto, en marzo se empezó a preparar un plan de construcción naval en el que se preveía la botadura de ocho acorazados de bolsillo, tres portaviones, 18 cruceros, 48 destructores y un total de 72 submarinos, y tenía que completarse para el año 1949. Como se puede ver, se trataba de una fuerza considerable, y que dejaba completamente de lado las restricciones de Versalles. ¿Qué objetivo había tras este plan?

Oficialmente, la idea, que había sido elaborada a mediados de febrero, estaba basada en tres principios básicos: tener los mismos derechos a poseer una flota que las demás naciones, obtener una igualdad cuantitativa con respecto a las flotas francesa e italiana, y que el periodo hasta llegar a dicha igualdad fuera lo más corto posible. Sin embargo, el principio fundamental era lograr la paridad con Francia, que era el enemigo previsible del futuro, ya que en ese momento la política internacional de la Alemania nazi pretendía lograr cierto nivel de consenso, si no de alianza, con el Reino Unido, y en consecuencia resultaba arriesgado hablar de la construcción de una flota que pudiera competir con la Royal Navy.

El casco del Graf Zeppelin, tras su botadura. Fue lo más cerca que estuvo Alemania de poseer un portaaviones.

Sin embargo, las cosas no tardaron en evolucionar. Entre finales de mayo y primeros de junio, el almirante Raeder empezó a instruir a sus subordinados para que ampliaran el proyecto de flota hasta un tonelaje total de un tercio del británico, porcentaje que poco después aumentó hasta el 35%, y hasta el 50% en lo que a cruceros, destructores y submarinos se refería. Empezaba a abandonarse la idea de paridad con Francia para mirar hacia la mayor potencia naval europea del momento. Sin embargo, estas miradas seguían siendo pacíficas, e incluso extrañamente alejadas de la realidad: “puedo imaginar que… una flota alemana de cierto tamaño, tal vez un escuadrón de grandes buques, podría ser muy útil para Gran Bretaña, dado el equilibrio cuantitativo existente entre la flota británica y la estadounidense. Semejante escuadrón podría ser una ventaja política para la Gran Bretaña, asumiendo que las relaciones entre esta y Alemania fueran buenas” ya había indicado Hitler al agregado naval británico en noviembre de 1933.

Sin embargo, ya por entonces el clima político internacional empezaba a enrarecerse y la posibilidad de una alianza con Gran Bretaña era muy tenue, por no decir inexistente. En estas condiciones, no deja de ser llamativo que mientras el Ejército de Tierra y la futura Luftwaffe se preparaban para los peores escenarios: guerra en dos frentes y contra toda Europa, acelerando todo lo posible sus programas de armamento, la marina siguiera pensando en el mejor de los escenarios, una guerra naval solo contra Francia. Precisamente a causa de este enrarecimiento, hubo varias iniciativas tendentes a crear grandes acuerdos internacionales que propugnaran una paz garantizada por todas las potencias, una idea que, a grandes rasgos, no interesaba a Hitler, que prefería firmar acuerdos bilaterales (exclusivamente entre dos naciones) que no le obligaran a nada, antes que comprometerse en multitudinarios foros internacionales. Así, cuando se empezó a hablar de una conferencia naval para 1935, Hitler se reunió con Neurath, Blomberg (ambos del Ministerio de Asuntos Exteriores) y Raeder, para preparar su respuesta: negarse a participar en la conferencia internacional, pero tratar de llegar a un acuerdo bilateral con Gran Bretaña.

El crucero pesado Blücher, de la misma serie que el Hipper, y también encargado en 1934.

Antes de referirnos a estos acontecimientos de 1935, intentemos cerrar el año de 1934 con una última cuestión: los vaivenes que sufrió la política de construcciones navales alemana. En una entrevista Hitler-Raeder de junio de este año, el segundo trató de que se ampliara el tonelaje de los dos acorazados de bolsillo recién encargados, lo que llevó a la paralización de las obras, cambiándose las especificaciones previstas al aumentarse su futuro desplazamiento a las 30 000 toneladas y su artillería principal a piezas de 280mm. Además, se previó la construcción de un gran acorazado, cuyos planos debían estar listos para abril de 1936, y se otorgaron contratos para la construcción de dos grandes cruceros, que serían el Blucher y el Admiral Hipper.

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