“Filipo no es un griego……..Es un sucio canalla de Macedonia, un lugar donde es imposible comprar un esclavo decente.”
Demóstenes. Tercera Filípica. 341 a de C.

Filipo reinó como un autócrata. Las instituciones políticas de macedonia eran sencillas y rudimentarias, y un rey fuerte tenía pocas restricciones en la práctica. Filipo probablemente consultaba a un consejo interno formado por amigos íntimos en relación con los temas de Estado más importantes, pero nada sugiere que el consejo tuviera otra función que la consultiva. El Procedimiento era aparentemente fluido e informal y, sin duda, en Macedonia no existía nada parecido al derecho escrito. El rey actuaba en el marco de la tradición.

Ése es el lamento de Demóstenes: Las poleis griegas, que tenían procesos públicos de toma de decisiones, no podían competir con un autócrata inmensamente astuto que ocultaba sus actos y sus políticas. Quizá lo que mejor ilustra las ventajas de su posición es el destino de la desventurada embajada ateniense que viajó a Macedonia en el verano del año 346 para ratificar la Paz de Filócrates. La ratificación exigía la presencia física de Filipo, y los embajadores se vieron forzados a esperar con impaciencia en Pella mientras el rey terminaba sus campañas en tracia, incrementando las posesiones territoriales que la paz confirmaría. Finalmente, ésta se aceptó en Feras, la víspera de que Filipo atacara las Termópilas, cuando ya era demasiado tarde apara que los atenienses pudieran oponerse de manera eficaz.


Esta considerable libertad de acción estaba sostenida por los enormes recursos económicos de Macedonia. Las reservas minerales del reino se ampliaron considerablemente cuando Filipo ocupó el emplazamiento de Crenides en el año 356 y explotó las ricas vetas de oro del monte Pangeo. Igualmente importante era la intriga diplomática. Filipo atrajo a Pella a las figuras más destacadas del mundo griego, donde acogía magníficamente y gastaba enormes cantidades en regalos, siguiendo la tradicional hospitalidad Homérica. Filipo podía comprar voluntades e incluso financiar disidentes para que éstos se hicieran con el poder en sus ciudades de origen.

A finales de los 340 a de C, Macedonia se había convertido en una gran potencia. Pocos se daban cuenta de ello y, desde luego, no lo hicieron los ciudadanos de las ciudades estado griegas que podrían haber sido consideradas las principales rivales de Filipo. Ya en el año 346, el orador ateniense Isócrates escribió una carta abierta al rey macedonio instándolo a unir los cuatro principales poderes de Grecia (Atenas, Argos, Esparta y Tebas) y ponerse al frente de ellos en una campaña contra Persia. Sin embargo, ya en la época de Isócrates podía considerarse que dos de los cuatro grandes poderes mencionados por él habían pasado a la historia. Argos no podía considerarse una potencia militar significativa desde su catastrófica derrota a manos de Cleómenes de Espata en el año 494.

Algo parecido podría decirse de Esparta. La derrota de Lectura (371) y, más aún, la liberación de Mesenia (370/369) habían reducido las ambiciones de Esparta y los recursos espartanos. El número de ciudadanos varones no llegaba a mil y a nadie se le ocurría resolver la situación concediéndole más derechos a las clases subordinadas.  Los tebanos se encontraban en una posición similar. Su época gloriosa de al década de los 360 fue breve y terminó bruscamente con la desagradable y ruinosa Guerra Sagrada contra la Fócide.

Dónde quería llegar Filipo era claro, si los griegos hubieran tenido el valor de reconocerlo. Pero, otra vez más, en lugar de unirse contra la amenaza común, prefirieron pelear entre ellos. Por una cuestión de dinero, atenienses y espartanos se habían coligado contra la Liga anfictónica de Beocia y Tesalia, que, derrotada, llamó a Filipo. Este acudió, en Delfos fue aclamado protector del templo de Apolo, patrono de la Liga, y graciosamente aceptó la presidencia honoraria de las Olimpiadas siguientes, lo que era un poco la candidatura a la soberanía sobre toda Grecia.

Finalmente Atenas despertó. Al final, la confrontación militar era casi inevitable. Llegó a finales del año 340, cuando Filipo atacó Bizancio y, en el curso del asedio, capturó todos los cereales embarcados en dirección a Atenas. La campaña final se retrasó un poco pero una vez iniciada, fue rápida y decisiva. Filipo no se proponía en serio acosar a la flota ateniense en la propóntide, porque su propia flota era rudimentaria e inexperta. En lugar de ello, dedicó la campaña del año 339 a asegurar sus fronteras septentrionales. A finales de año, se trasladó al sur dirigiendo, sin embargo, otras fuerzas anfictiónicas en teoría, para atacar la Lócride. Esto le trajo conflictos inmediatos con los tebanos, que habían empezado a sentirse molestos por el dominio de Filipo sobre la Beocia central, y aprovecharon su ausencia en el norte para expulsar a una guarnición macedonia en la entrada de las Termópilas.

FILIPO de Macedonia (IV) – El Reinado

FILIPO de Macedonia (II) – La Regencia

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