El reciente número de Desperta Ferro Antigua y Medieval contiene un a mi parecer interesantísimo artículo sobre la evolución del primer “emperador” de Roma a través de su nombre, cuyos hilos fundamentales pasamos a exponer aquí, no sin recomendar vivamente su lectura.

Esta es la estatua, y la imagen, más conocida, de Octavio Augusto.

Cuando Cayo Octavio llegó a Italia desde Apolonia, en abril del año 44 a.C., poco después del asesinato de su tío Julio Cesar, no parecía un personaje demasiado importante. Puer (chaval), lo llama Cicerón en sus cartas. Sin embargo va a ejecutar un imparable ascenso al poder, que podemos ver reflejado en los diferentes nombres que va a adoptar durante los años siguientes. Ya en octubre, Cicerón, sin renunciar definitivamente a la denominación despectiva antes indicada, empieza también a referirse a él como Octaviano.

Sin embargo, ya anteriormente el chaval había decidido cambiar su nombre por el de Cayo Julio César, cosa a la que le daba derecho la adopción, cierto es que testamentaria y extraordinaria, efectuado por Julio César en sus últimas voluntades. Marco Antonio dirá de él que se lo debía todo a su nombre, y no es una afirmación irrelevante, ya que al adoptar el de su tío y causahabiente, va a heredar también parte de su fama, que el jurará igualar personalmente.

Otra estatua de nuestro personaje, esta vez caracterizado como Pontifex Máximus, otro de los cargos que llegó a acumular.

Los años siguientes van a ver el ascenso de Octaviano al poder, sea cual sea su nombre, y la llegada de nuevos hitos en su proceso de transformación. Uno de ellos tiene lugar el 1 de enero del año 42 a.C., cuando el senado acuerda la divinización de su tío y él pasa, lógicamente, a adoptar la denominación de Divi Filius (hijo de un dios). Sin embargo, tras la derrota y muerte de los asesinos este nombre, diseñado para remarcar no solo su condición de estirpe divina sino también su estatus de vengador del divinizado, empieza a perder valor. Octaviano necesita ser conocido de otro modo, y así, en el año 40 a.C. empiezan a aparecer, grabadas en los proyectiles de honda de sus soldados, las denominaciones César Imperator o Divum Iulium; mientras que sus enemigos graban, simplemente, Octavius.

Con el final de la guerra civil que marca el final del segundo triunvirato en la derrota de Marco Antonio en Accio, año 31 a.C., y el triunfo tres días que celebra en el año 29 a.C., la situación sociopolítica parece alcanzar cierta normalidad. Es entonces cuando añade un título nuevo a su panoplia. Princeps Senatus (príncipe, o primero, del senado), es nombrado ese mismo año.

Y, finalmente, una caracterización algo más moderna.

El escalón siguiente es encontrar un nombre mítico, algo que lo identifique como el primer personaje de la república, cosa que va a suceder en el año 27 a.C. Se había barajado Rómulo, como el primer fundador, sin embargo al final elige Augusto, cuyas reminiscencias son más religiosas que monárquicas, algo, esto último, que en Roma sigue chirriando enormemente.

Los años siguientes verán como adquiere nuevos títulos y honores: como la potestad tribunicia con carácter vitalicio, y como renuncia a otros, como el consulado; pero para entonces ya es la máxima figura del estado, y su nombre, que ha ido construyendo a lo largo de los años: Imperator Caesar Divi Filius Augustus. Está hecho.

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